OCEAN VUONG

TELÉMACO

Como cualquier buen hijo, saco a mi padre

del agua, arrastrándolo por el pelo

 

a través de la blanca arena, sus nudillos labrando un sendero

que las olas se apresuran a borrar. Porque la ciudad

 

más allá de la costa no es más extensa

que donde lo dejamos. Porque la catedral

 

bombardeada es ahora una catedral

de árboles. Me arrodillo a su lado para ver a qué distancia

 

podría hundirme. ¿Sabes quién soy?

¿Un licenciado? Pero nunca respondes. La respuesta

 

es el agujero de una bala en la espalda,

relleno de agua de mar. Está tan tranquilo que pienso

 

que podría ser el padre de cualquiera, encontrado

de la misma forma en que una botella verde

 

que contiene un año  que nunca ha palpado

aparece a los pies de un niño. Toco

 

sus orejas. Es inútil. Le doy

la vuelta. Lo pongo de cara. La catedral

 

en sus negros ojos marinos. No mi

cara, pero sí la que me pondré

 

para dar un beso de buenas noches a todas mis amantes:

la forma en que sellé los labios de mi padre

 

con los míos y comenzar

el fiel trabajo del ahogamiento.

 

Versión de Carlos Alcorta

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