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JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. ARQUEOLOGÍA DE UN MILAGRO. RULETA RUSA EDICIONES, 2017

La de Jesús Aparicio (Brihuega, 1961) es de esas trayectorias que se han ido forjando a fuego lento y esa lentitud confiere al metal, a sus versos, una solidez que el apresuramiento jamás puede ofrecer. La palabra necesita que la fragua alcance la suficiente temperatura emocional como para que sea precisa y cortante por ambos filos, como una espada, por el filo de la forma y por el del significado. Aparicio, como decimos, lo ha tenido siempre en cuenta, por eso, desde su ya lejano primer libro, Poemas como pasos (1981), ha venido publicando regularmente, pero sin exhibiciones ni afectaciones innecesarias, una serie de libros (La papelera de Pessoa y La paciencia de Sísifo son los más recientes) que, a tenor de los que hemos tenido la oportunidad de leer, mantienen un sostenido tono celebratorio, un tono sosegado y ensimismado en ocasiones, en el que, a veces, cierta morbidez se cuela de soslayo, porque, por más que cerremos los ojos a las iniquidades de la cotidianidad, «Cuanto/ más/ arriba/ miramos// mejor vemos/ nuestro centro». El milagro de la vida es cantado sin reservas, con frenesí aunque sin estridencias, con la voz de alguien que está acostumbrado a disfrutar de los más mínimos detalles que nos regala la existencia, como, por otra parte, expresa de forma admirable el poema titulado «Algo normal»: «Despiertas./ Fruta, leche y cereales./ Te abrigas y dejas en la casa/ otra hoja arrancada al calendario.// En la oficina/ ni la rutina/ te derriba.// Y está ese verso,/ como germen de trigo, que te llena/ de su milagro». La naturaleza es una parte importante del ser en el mundo que es Jesús Aparicio. Quien nos habla no es un mero espectador, es alguien integrado en ese proceso natural de drenaje y erosión, alguien que contempla, por ejemplo, el paso de las nubes no como un fenómeno meteorológico sino como un correlato de su transcurso vital. Pocas concesiones hay en estos poemas a la descripción de la realidad por sí misma; el poeta busca siempre un colofón trascendente a ese inicial rimero de evidencias que tienen como fin, únicamente, testificar que quien da cuenta del milagro de la existencia no realiza ninguna heroicidad por el hecho de hacerlo porque intenta solo dejar constancia de una necesidad, la de mirar sin anteojeras, como lo hace un niño, solo así, se puede escribir un poema tan definitivo como «Arqueología de un milagro», poema que da título al libro: «Luz que al despertar/ ha engendrado la llama,/ aire que la mantiene/ y aviva las palabras/ que eternas permanecen/ fluyendo como el agua/ y que en la tierra siembran/ silencios que son almas.// Polvo de las estrellas/ que el poema levantan:/ fragmentos de una vida/ que crece si se apaga» Hay mucho de nostalgia en estos versos finales, pero también lo hay de honradez ética y estética, de fidelidad a una manera de concebir la vida y la escritura como un todo indisoluble. Lo no dicho, lo sugerido, en muchas ocasiones, es tan elocuente como lo que expresan las palabras. Arqueología de un milagro es un buen ejemplo.

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