francisco onie

FRANCISCO ONIEVA. VÉRTICES. XXXVI PREMIO DE POESÍA JAIME GIL DE BIEDMA. EDITORIAL VISOR, 2016

Muchos son los poemas de este libro que pueden emplearse a modo de sumario del libro íntegro, muchos resumen su argumento: el poeta acepta la paternidad como la más comprometida posibilidad de transformar no solo la vida, sino, también, la escritura, una escritura, una poesía que celebra el milagro de la existencia a la vez que se celebra a sí misma, no en vano estamos hablando de creación en ambos sentidos, aunque la palabra solo colinde con la vida verdadera cuando trasmite incertidumbre y emoción, no mera información. Quizá uno de los poemas que mejor ejemplifique esta idea sea el titulado «Mi lugar en el mundo»: «Mi lugar en el mundo/ es tan solo el de un hombre/ que vive con vosotras/ y que, de vez en cuando, acude a las palabras,/ con las que intenta definirse,/ para que estas no sean artificio/ sino descarga, temblor, sacudida». Las hijas del poeta, vosotras, están presentes, unas veces de forma velada y otras de manera evidente, en estos poemas de Vértices, libro galardonado con el Premio Jaime Gil de Biedma y que hace el cuarto de Francisco Onieva (Córdoba, 1976), autor que previamente ha publicado Los lugares públicos (1998), Perímetro de la tarde (Accésit del premio Adonáis, 2007) y Las ventanas de invierno (Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad, 2013). Pero cuáles son estos vértices a los que se refiere Onieva. De nuevo recurrimos a uno de sus poemas, el último del libro, titulado «Manos», para desentrañar el enigma: «Antes de descubrir tus manos,/ intuyes que esta que te guarda el sueño/ y te acaricia/ es la misma que escribe para ti estos poemas,// […] Es la que avanza, torpe e insegura, hacia el límite/ que funde certidumbre e incertidumbre,/ de donde regresar indemne es imposible/ y se convierte en vértice». Entendemos, entonces, que los vértices son zonas de confluencia entre el sentir y el sentimiento, entre la palabra que nos permite decir yo y/o nosotros, y la certeza de dejar de ser ese yo para ser un nosotros, es decir, los vértices son puntos de unión que ensamblan líneas de tránsito. Por otra parte, el poema, lo apuntó Gadamer, es una especie de diálogo (siguiendo el modelo de los diálogos socráticos) que esclarece a medida que avanza las nebulosa del conocimiento. Francisco Onieva dialoga en estos poemas con el hombre que ha sido desde el hombre que ahora es («El hombre que construye un castillo en la arena/ imita la arquitectura del agua/ para que sea memoria de su hija…»), un hombre transformado por esa mudanza interior que se experimenta con la descendencia: «Sois la única patria/ en la que vale la pena creer», escribe en el poema titulado «Blanca y Marta». La exaltación que provoca la escisión del ser sobrevive incluso a las limitaciones del lenguaje, un lenguaje que confía en el poder del símbolo para aproximarse mejor a lo que elabora desde su hermético caparazón el pensamiento. Sin embargo, recurre Onieva en escasas ocasiones a la ambigüedad de las abstracciones para delimitar las fronteras expresivas. La escala de su mapa sentimental tiene medidas terrenales, no celestes, por más que cualquier interpretación padezca el vicio de la parcialidad y reduzca el número de posibilidades hermenéuticas. «Descreo de fronteras,/ de verdades que excluyan/ y de expresiones pretenciosas.// Escribir es dudar», escribe Onieva en el poema «Regreso». Escribir es dudar, todo un manifiesto poético que el autor va elaborando, como el milagro de la vida, poema a poema, y es que, posiblemente, sean ambos temas, el del deslumbramiento existencial a través de la paternidad y la indagación metapoética, los verdaderos protagonistas de este libro en el que Francisco Oniva ha sabido conjugar una visceralidad atemperada por su responsabilidad con las palabras que la nombran, con un lenguaje, y esto no es una paradoja, que celebra un circunstancial arrebato cuya onda expansiva se expande más allá de esas mismas palabras.

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