TOMAS Q. MORÍN

COLONIA NUDISTA

Viento intempestivo, el rocoso trueno

de la costa machaca los oídos.

Atraviesan la hierba mojada

en relucientes mocasines, sandalias

a juego con el terreno

para beber y divertirse.

En el interior, se enfrentan al vacío

de las horas entre el almuerzo

y la cena en un frágil

edificio con una puerta

achacosa e iluminación

refulgente que envuelve la superficie

mate de sus troncos

con un resplandor ámbar.

Hojas de papel mezcladas, cajas

de tizas gastadas,

óleos revueltos, afilados

lápices que se alinean en formación,

caderas que giran y se asientan

en taburetes de madera

con patas en metal. Ella

entra y sus zapatos taconean

sobre el azulejo blanco

cuando ocupa el centro

de la sala con una falda tubo

y chaqueta a juego, blusa

de color topo y un ceñidor.

A su marido se le pone una aterciopelda

a piel de gallina en el cuello

y comienza a activar sus piernas

de memoria: su primer

íntimo temblor y su deslizamiento

podría ser el de una anguila

varada en roca escaldada

pero el segundo

desgarra la página

que enmarca el largo muslo

y el nudo de la rodilla.

Cambia el peso de su cuerpo

de un pie al otro,

tacones escarlata, dedos en punta

blanca aprisionados.

Roca suave la mano,

la arrastra lentamente

sobre una pared recién encalada

y aplica la presión necesaria

para hacerla más que un remanso

de manchas y papel.

El barro húmedo de la esquina

comienza a endurecerse

y los apagados colores

acuosos del alba

corren por las costillas,

envueltos los hombros

en otoño por tonos

cereales como la desnuda

hierba en los desagües

que soportan úlceras

y golpes de viento.

Las muñecas ocupadas ahora

hostigando y sujetando

pelo al cuero cabelludo,

gorro de piel hasta la cara,

arrugas poco profundas

en las patas de gallo,

hacia el sur, hasta el oído,

hasta el límite del cuello

como suaves líneas agrupadas,

rojizas-pálidas-blancas,

en la bronceada mejilla

de los acantilados bautizados por el crepúsculo.

 

Versión de Carlos Alcorta

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