sergio navarro

SERGIO NAVARRO RAMÍREZ. LA LUCHA POR EL VUELO. PREMIO ADONÁIS 2016. EDICIONES RIALP, 2017.

 En esta época en la que vivimos y escribimos, en la que da la impresión de que tener respeto por el lenguaje, trabajarlo y disciplinarlo para que la palabra se amolde de forma precisa al pensamiento es una osadía, cuando no un estigma, reconforta leer libros como La lucha por el vuelo, de Sergio Navarro Ramírez (Marbella, 1992), que demuestran que no todo está perdido, que hay jóvenes poetas, poetas de verdad, que mantienen una dura pugna con el idioma con la convicción de quien sabe que de esa lucha desigual deriva el conocimiento, tanto de su propia identidad, como del mundo que lo rodea. Esta especie de comunicación de ida y vuelta es un privilegio al que únicamente pueden aspirar, como decimos, quienes no se dejan seducir por el sentimentalismo ramplón y por la unilateralidad de un código sistematizado. La jerga de lo fácil, de lo espontáneo, de lo entendible, contrariamente a lo que nos quieren hacer creer algunos críticos y editores, debilita las opciones del poeta, lo vuelve acomodaticio a la vez que reduce su fuerza natural, lo amansa. No estamos defendiendo aquí una poesía metafísica ni estético-filosófica plagada de conceptos abstractos que buscan deslumbrar al lector con las ambigüedades del significado. Tampoco nos seduce esa poesía de oropel que intenta disfrazar su superficialidad con la suntuosidad de las formas que adopta. Lo que favorecemos nada tiene que ver con estos artificios. Hablamos de una poesía —nos da lo mismo el rótulo en el que la encuadremos— que proyecte la experiencia del poeta fuera de sí y de la inexpresiva realidad en la que se inserta a través de un lenguaje depurado —es obvio que la depuración no está reñida con la sencillez—un lenguaje refractario a lo consabido, que prime la exaltación de lo cotidiano (y por exaltación no entendemos solo la idealización sino, también, su detracción. Es irrelevante la actitud ante la vida. Nos interesa la actitud ante la escritura), que haga fluir emoción y pensamiento a través de las imágenes evocadas, que, en definitiva, produzca tanto en el autor como en el lector una transformación impensable antes de la escritura del poema, como sucede, por ejemplo, con estos versos finales del poema «Lo suficiente»: «Él contempla su mundo y lo ve bueno,/ con la tranquilidad que da el saber/ que nada de lo dado por el día/ se ha perdido».

La lucha por el vuelo está divido en cuatro secciones, aunque solo la tercera parece revelar alguna diferencia temática con respecto de las tres restantes. El personaje, el «poeta/ que se adentra en la noche con la luz/ sola de su palabra y que descubre,/ que alumbra, la invencible vastedad/ del abismo que cruza» cifra en la naturaleza su sed de conocimiento. Los poemas de Sergio Navarro Ramírez describen minuciosamente árboles o plantas, insectos o pájaros, lugares o inclemencias meteorológicas: « Cae la lluvia con pureza, tanta/ que parece bautizo del lugar./ Allá fuera, las calles solitarias/ ofrecen el asfalto a la tormenta/ como frente desnuda». Su mirada es capaz de encontrar correspondencias entre el movimiento de la naturaleza y su propia conciencia d de las cosas, sí, pero también, y fundamentalmente, de sí mismo. Subyace un deseo de inmersión en el ritmo vital de esa naturaleza, de complicidad con los ciclos naturales de la vida y la muerte. No es esta, sin embargo, una poesía elegiaca. El asentimiento tiene, aquí, poco que ver con la resignación., aunque casi están ausentes también los indicios hímnicos. Acaso percibamos alguno en esa tercera sección, un tanto distinta, que más arriba señalábamos.: «Huele limpio el aire/ que entra por la ventana con la luz./ Ambos el mundo nos ofrecen: claro/ y caliente, creado hace poco./ Quizá al verlo contigo amanezca/ con tu belleza». Como el lector puede comprobar, la construcción de estos versos está sustentada en un riguroso ejercicio rítmico, basado fundamentalmente en el endecasílabo, que consigue hacer de esa disciplina verbal que mencionamos al inicio, un ejercicio de contención imprescindible para no caer en el descriptivismo romo ni en el lamento solemne, pero vacío. Casi en voz baja, sin levantar la voz, Sergio Navarro Ramírez nos ha confiado su particular visión del mundo, una visión que se ampliara. Estamos seguros, desde nuevas perspectivas vitales más pronto que tarde.

 

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