miguel argay

MIGUEL ARGAYA. PRÁCTICA DEL AMOR PLATÓNICO. EDITORIAL DEVENIR, 2017

 «Me fue a nacer un día, sin yo saberlo apenas,/ esgrimiendo tan solo su razón y su siglo/ como una certidumbre que contuviera el tiempo/ en sus mismas entrañas». Así comienza el último poema, que posee el mismo titulo que el libro, de la última entrega de Miguel Argaya (Valencia, 1960), un autor al que leímos con admiración en la década de los noventa en libros como Luces de gálibo (1990), Carta triste a Jorge (1993) o Curso, caudal y fuentes del Omarambo (1997) y al que habíamos perdido la pista en los últimos años. No es mal momento este, cuando la edad ha colocado ya en el lugar que le corresponden sueños y expectativas y la capacidad de enjuiciar el transcurso vital se ha acentuado con los años, transformándose ahora la palabra que le confiere su razón de ser en un certero escalpelo capaz de desgarrar la realidad con mano firme, con la mano que refleja la consistencia de un pensamiento consolidado. Podemos considerar, entonces, gran parte de su obra anterior como una suerte de peldaños que conducen a este atrio que hoy ocupa Práctica del amor platónico, un libro integrado por poemas escritos durante un amplio arco temporal (al menos diez años separan las composiciones más antiguas de las más recientes). El libro manifiesta así, dentro de una innegable unidad compositiva, algunas diferencias notables entre las partes que lo componen. La unidad está expresada en el soneto final «El poeta pide respeto al huésped», cuyas estrofas finales dicen: «Yo soy el que soy, y el yo del yo que escribe,/ el yo consciente de mi personaje,/ el que le da la vida, el que lo vive.// Y tú, lector, viajero de este viaje,/ acéptalo cual es, entra y recibe/ con sagrado respeto mi hospedaje». Hay en esta declaración de intenciones una velada crítica al poema como construcción verbal de un yo enmascarado en las palabras, de un yo que se crea un personaje paralelo en el poema para hablar de sí mismo como si estuviera hablando de otro. Miguel Argaya, según nos parece entender, censura esta forma de concebir la escritura (el poema «Alegato contra la dictadura del fingimiento» es quizá su más veraz plasmación, aunque la idea subyace en muchos otros poemas). Para él, esta debe rehuir ese componente ficcional para reflejar solo la verdad del poeta. Autor y personaje se funden en un yo que no pretende sino descifrarse a sí mismo en los versos que ofrece al lector y, sin embargo, estos mismos versos, se escudan en personajes —tanto da si reales o inventados— como Fernando Minglietta o Gabriel Viseu, protagonistas de una realidad aparentemente muy distinta de la que rodea la vida del autor. La especie de novela negra que forma esta primera parte da paso a «Años colaterales», en la que el componente autobiográfico es más evidente. El primer poema, «Desde los 44 años», nos pone sobre la pista y un emocionado homenaje al padre, en el poema «Odiseo a orillas del Aquerusia», confirma ese propósito memoralístico: «Renuncio a preguntarme adónde/ irá tu voz, adónde irán/ tus emociones, tus silencios,/ tu presencia incondicionada,/ toda aquella tristeza limpia/ de los últimos años…. ». Las siguientes secciones —«Las horas», «Los límites»— contienen poemas de carácter más lírico, aunque la discursividad narrativa no esté ausente, mitigada en algunos casos solo por la fragmentación versal. Jaime Olmedo Ramos diferencia de forma precisa las respectivas secciones que integran el libro: «Una primera parte descriptiva de vidas en exteriores urbanos, unas segunda y tercera con poemas de interioridad y trascendencia, de acción verbal y apelación, una cuarta más sapiencial y definitoria con hegemonía de sustantivos, una quinta que es la sintaxis de toda la morfología anterior y una sexta y última, que es pragmática, relación del poeta con la alteridad». El libro cuenta con un prólogo de Luis Alberto de Cuenca en el que afirma que nos encontramos ante un poeta «luminoso, hondo sin vacuos hermetismos, armado a todo instante con la panoplia de la música […], emocionante, compasivo (en el sentido literal del término), perfeccionista, sabio calculador de estructuras versarias, pródigo en lealtades al esquema de la poesía de siempre, pero a la vez innovador en léxico y en sintaxis: un poeta, en resume, de verdad». No creo que sea preciso añadir palabra alguna a este certero análisis. Acaso recalcar estas virtudes, ausentes en gran medida en las últimas hornadas poéticas. Muchos son los versos de este libro que nos quedarán en la memoria y no podemos anotarlos todos, pero queremos acabar este comentario con aquellos que resumen una forma de ver el mundo ajena a los fuegos de artificio de la cotidianidad, los versos del poema «Recapitulación a los 55 años»: «Y quiero la paciencia del hombre que ahora soy,/ la que me hace gustar el tiempo que se crece/ y me hace comprender el lugar en que estoy,/ saber de dónde vengo, intuir adónde voy».

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