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“SILENCIO QUE NAUFRAGA EN EL SILENCIO”. 75 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE MIGUEL HERNÁNDEZ*

No hay lector inocente. Cada cual lee desde su propia experiencia vital y condicionado, además, por la época en la que vive, así, no es lo mismo leer a Miguel Hernández hoy, cuando se cumplen 75 años de su fallecimiento que, por ejemplo, como lo hicimos algunos de nosotros durante los años de la transición y en los primeros años de una democracia en vías de consolidación entonces y necesitada de gestos que confirmaran el compromiso de la población española con el cambio político. Leemos y renovamos lo que leemos al amparo de las necesidades emocionales e intelectuales que nos acucian en el momento de hacerlo, no hay más que comprobar el efecto dispar que produce una lectura obligatoria durante la época estudiantil y esa misma lectura realizada años después, bajo el prisma evanescente de la curiosidad (“El cantar del mío Cid”, “La tragicomedia de Calixto y Melibea” —La Celestina— o “Don Quijote de la Mancha” —El Quijote— pueden, en mi caso, atestiguarlo). Miguel Hernández ha sufrido las consecuencias de una lectura apegada a prejuicios de orden extraliterario, por una parte, y, por otra, esos mismos prejuicios han propiciado una excelente —aunque excesivamente parcial— difusión de su obra, bien es verdad que, en general, esas lecturas han desembocado en una interpretación sesgada de su escritura, lecturas más atentas a consideraciones de carácter político, en muchos casos, que a las propiamente derivadas de su calidad estética y es precisamente este efecto pernicioso el que deseamos atenuar con otra forma de leer su obra (no demasiado extensa. Recordemos que falleció sin cumplir los treinta y dos años). Lleva años reivindicándose, pero no queremos dejar pasar la oportunidad de subrayar, en el septuagésimo quinto aniversario de su fallecimiento, ocurrido el 28 de marzo de 1942, que el alto lugar que ocupa en la poesía española del siglo XX se debe a razones exclusivamente poéticas que dejan en segundo plano su compromiso ético y civil, por otra parte, del todo admirable, porque sus poemas han logrado traspasar la inmediatez de lo circunstancial para convertirse en emblemas universales de pasión y sufrimiento.

Las circunstancias que condujeron a tan doloroso y prematuro desenlace son conocidas con detalle—aunque no siempre los datos coinciden—gracias a los sucesivos estudios que sobre su vida se han llevado a cabo periódicamente. Especial relevancia merece la biografía del poeta escrita por José Luis Ferris en 2002, “Miguel Hernández. Pasiones, cárceles y muerte de un poeta”, que a finales del año pasado se reeditó con revisiones y modificaciones fruto de nuevas investigaciones por parte del especialista. Enfermo, malnutrido y denigrado tanto física como moralmente en los últimos años de su vida, la tuberculosis que acabará con su vida se le declara a finales de noviembre de 1941, consecuencia, sin duda, de las penurias físicas que hubo de soportar —una neumonía en la cárcel de Palencia; una bronquitis en el penal de Ocaña— durante lo sucesivos encarcelamientos que padeció. Un diagnóstico tardío y las nefastas prácticas del personal médico que ejercía sus funciones terapéuticas en la prisión de Alicante condujo al lamentable final de todos sabido, un final que el poeta soportó con entereza, sin doblegarse a las presiones eclesiásticas (el todopoderoso vicario general de la catedral de Orihuela, Luis Almarcha, trató infructuosamente de que se retractara de su pasado comunista y manifestará su adhesión al régimen; ante la negativa del penado, le denegó su ayuda, una ayuda que hubiera salvado su vida. No deja de llamar la atención el peculiar concepto de caridad cristiana que defendió la Iglesia en general y, sobre todo, los altos dignatarios eclesiásticos, durante la guerra civil y la larga posguerra), ni a los chantajes emocionales de amigos y familiares —empezando por su esposa, que sufrió en propia carne y en la de su hijo las consecuencias de tener a su marido encarcelado— que conocían la gravedad de su estado, pese a que el poeta trataba de disimularlo en sus cartas, omitiendo quejas y fantaseando sobre su futuro inmediato. Un rápido traslado al Sanatorio de Porta-Coeli de Valencia era entonces la única posibilidad de supervivencia para Miguel Hernández, pero dicho traslado se fue demorando, a pesar de las innumerables gestiones que muchos de sus amigos llevaron a cabo: “Cada día se hace más precisa mi salida a un sanatorio, aquí no me curaré nunca […]. Josefina, te escribo, aunque no por mi mano porque no podía, todos los días. Es preciso que tanto tú como mi familia veáis la forma de sacarme a un sanatorio”, dice el poeta. Sin embargo, como hemos dicho, sus férreas condiciones ideológicas no cambiaron un ápice. Consintió, únicamente, en casarse por la iglesia para no dejar desamparados a su mujer a su hijo en una ceremonia que tuvo lugar en la enfermería de la prisión el 4 de marzo de 1942 (el matrimonio civil había sido derogado por el nuevo gobierno). “Solo a partir de entonces —escribe José Luis Ferris— y tras dejar resuelto su matrimonio, se comenzaron a mover las órdenes a favor de su traslado”, unas órdenes que, sin embargo, aún tardarían algunos días en cursarse y, cuando se hicieron efectivas, el 21 de marzo, “el poeta estaba ya prácticamente desahuciado por los médicos” y, según escribe Ferris, “Nadie asumió la responsabilidad de mover aquel cuerpo de la cama en que yacía”. Pocos días después, a las 5,30 de la madrugada del día 28, fallecía, según consta en el parte expedido por el responsable de la enfermería, el recluso Miguel Hernández Gilabert, “ a consecuencia de Fimia pulmonar”.

Resulta evidente, a tenor de los circunstancias que conocemos, que muchas de las decisiones que tomó Miguel Hernández acaba la contienda no fueron acertadas. Pudo huir camino del exilio, pudo refugiarse en un lugar seguro (José María de Cossío, que le tuvo como empleado durante la redacción de su monumental obra, “Los toros” , le ofreció la Casona de Tudanca. Las cartas que se cruzaron ambos vieron la luz con un estudio de Rafael Gómez en una exquisita edición patrocinada por la Institución Cultural de Cantabria en 1985), pero el deseaba más que nada en el mundo estar junto a su mujer y su hijo Manolillo. Estas decisiones, guiadas más por el corazón que por la razón —algo similar le ocurrió a García Lorca unos años antes— le abocaron a un destino trágico en el que todo parecía estar confabulado en su contra. La firmeza del poeta, así como una visión distorsionada de la realidad por sus propias circunstancias personales fueron la chispa que encendió la mecha. Después, la crueldad y el resentimiento que mostraron los vencedores con los derrotados hicieron el resto.

Este breve comentario trata de evitar la apología o la idolatría (ambas conductas casaban mal con el carácter de Miguel Hernández), pero sí nos gustaría dejar constancia de que la poesía de Miguel Hernández posee una simbiosis perfecta entre sacrificio y exaltación vital muy pocas veces conseguida. Es cierto que, para él, la poesía no fue, como ocurre con muchos poetas, un sustituto de la vida, pero sí se convirtió en un punto de apoyo indispensable, en un refugio, y gracias a ella la realidad adquirió su verdadera coherencia, una coherencia que le permitió sobreponerse a los duros contratiempos vitales y al desconsuelo subsiguiente. Stefan Zweig, el novelista austriaco que no pudo soportar el avance del nazismo y se suicidó junto a su esposa el 22 de febrero de 1942 escribió que “la verdadera tristeza vital, el íntimo estremecimiento humano, cuya impronta ha quedado en el sentido trágico de Hölderlin y en la mágica conmoción de Keats, por ejemplo, permanece inmutable a través de los tiempos, como una melodía inmortal”. No pretendemos hacer de Miguel Hernández, como hemos dicho, un mito, pero resulta innegable que su entusiasmo vital frente a las adversidades es un ejemplo ético que no deberíamos olvidar, como también es notorio que su poesía sigue emocionándonos por la pura desnudez de los sentimientos que trasmite, por su riqueza imaginística, metafórica y verbal (“Tanto dolor se agrupa en mi costado que por doler me duele hasta el aliento”), pero también, por su solidaridad, por el profundo anhelo de igualdad y justicia que siguen siendo los anhelos de sus miles de lectores. Sus versos, memorables en su gran mayoría, son un eficaz antídoto para quienes muestran una total indiferencia por la poesía. Los escépticos solo tiene que dejarse inyectar una pequeña dosis para comprobarlo.

*Artículo publicado en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 24/03/2017

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