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FERNANDO SANMARTÍN. EL PELIGRO DE LOS CÍRCULOS. COL. TIERRA. LA ISLA DE SILTOLA, 2017

Cuánta poesía verdadera se esconde en estos poemas de apariencia tan frágil, tan deliberadamente humildes, escritos como a vuela pluma, aunque serenamente meditados, de Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959). Cuánta sutileza en tan pocos versos, cuánta pasión concentrada, domesticada, podríamos decir. Sanmartín es experto en describir con unas pocas pinceladas lo más anodino de la existencia, lo que transcurre sin levantar polvareda alguna y llenarlo, sin embargo, de expectación, de incertidumbre. Veamos, sino, el final de ese poema que habla de un acto intranscendente —por habitual, para los aficionados— como es asistir a un concierto de jazz: «Después,/ cuando regresaba a casa/ envuelto por el frío,/ era feliz en apariencia,/ pero lo inminente,/ con ojos de profeta cansado,/ le entregaba cenizas/ que debía llevar/ a su orfanato». Es este un ejemplo de cómo Fernando Sanmartín logra perforar la realidad para extraer de ella la raíz más subterránea, esa que se vincula de forma sorprendente, por asociaciones insospechadas a otras raíces, a otros rizomas. La memoria juega aquí un papel fundamental, pero la memoria, creemos, en un sentido colectivo, en sentido histórico («Jugar con la memoria/ ser inmune/ no es inocente. Una caricia es un perro…»). Por otra parte, a quienes conocemos y leemos la obra de Sanmartín desde antiguo, con una expectación que siempre lleva aparejada su recompensa, no nos resulta extraño este modo de entender la escritura, en la que el lenguaje, la herramienta que posee el escritor para desvelar lo no conocido, para decir lo indecible, no es violentado, todo lo contrario, las palabras se encadenan con eslabones de significados, muchos de ellos no siempre previstos, lo que confiere al lector la prerrogativa de ser el dueño de sus interpretaciones. No es esta la ocasión para analizarlo, pero su poesía guarda una estrecha relación con sus novelas, y sus novelas son deudoras de sus libros diarísticos, lo cual viene a decir, ni más ni menos, que la poesía de Fernando Sanmartín pertenece a un círculo creativo en el que todo está encadenado con todo porque todo proviene en gran medida de su experiencia, de su biografía (eso sí, reintrepretada), de ese mundo singular que va creando en torno de sí el viajero impenitente que descubre que cualquier lugar, cualquier ciudad —Helsinki, Venecia o Tánger— puede ser su Zaragoza natal (tan maravillosamente descrita en Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow), cualquier apartamento o habitación de hotel puede ser tan acogedor como lo es el salón de su casa familiar. No está de más recordar que otro de sus libros posee el azoriniano título de Viajes y novelerías. Pero no sólo de viajes hablan los poemas de El peligro de los círculos. De un modo distanciado, como el de un sabio escéptico al que le sobre mundología, Sanmartín también habla de amor, un amor efímero e incluso incipiente, nonato aún, acaso vinculado más con la experiencia literaria del amor que con una verificación pericial del mismo: «La recuerda./ Porque sus labios/ tenían/ la definición de la tiza. / La recuerda./ Aunque su nombre/ sea frontera/ en un país abandonado». No deja de sorprendernos cómo con mimbres tan delicados se pude construir una fortaleza emocional como la que construye Fernando Sanmartín; una fortaleza engañosa porque trasmite una sensación de fragilidad absolutamente falsa. Esa lasitud, esa livianidad que instintivamente asociamos al verso de arte menor esconde, sin embargo, la solidez de un mundo propio construido con amor y perseverancia. No hace falta decirlo en voz alta para constatar que, al final del viaje, la muerte, «ese lugar/ donde la noche/ se instala dentro de la noche,/ ese instante/ donde el silencio/ será un autorretrato», nos está aguardando, pero mejor será hablar en voz baja, como hace Fernando Sanmartín, hablar casi susurrando, para no despertarla y leer estos poemas para conjurarla.

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