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AUTOR: Álvaro García. EL CICLO DE LA EVAPOARCIÓN. Poesía. Editorial PRE-TEXTOS, 56. Pág-Valencia, 2016. Precio: 11,00€

La tradición del poema extenso como componente único del libro, frecuente en otros idiomas (recordemos a Rilke, a Ezra Pound a T.S. Eliot o a Asbhery) no está muy introducida en nuestro país, salvando excepciones como Gabriel Ferrater o Francisco Brines, aunque en los últimos tiempos ha habido algunos ejemplos que parecen haber actualizado esta propuesta, entre ellos José Mateos, Juan Carlos Mestre. Martín López-Vega o Carlos Pardo. En este aspecto, uno de los ejercicios más arriesgados es el que emprendió Álvaro García con el libro “Caída” (2002) y que se desarrolló en los siguientes quince años en libros como “El río de agua” (2005), “Canción en blanco” (2012) y “Ser sin sitio” (2014) y que ahora ve su culminación en “El ciclo de la evaporación” (2016), un libro que es compendio y, la vez, puesta al día de los motivos que mantienen alerta su conciencia de hombre y de poeta («La conciencia excesiva no da tregua./ y sólo la conciencia nos descubre/ ser más fugaces que el fragor de un fósforo»). La poesía de Álvaro García posee unas características personales que la singularizan en el panorama poético actual. La combinación de evocación con ciertos tintes visionarios, y su apego al presente más inmediato, en cuyo discurrir, sin embargo, no tiene cabida el prosaísmo, confieren a esta poesía esa personalidad de la que hablamos, sabiamente instrumentalizada, además, con analogías secretas, con potentes imágenes contemporáneas y verbalizaciones heterogéneas, como si el poeta fuera un ventrílocuo y a través de su garganta se modularan diferentes voces: «¿Cuántas vidas contiene nuestra vida?», se pregunta en un verso de la segunda sección, de las cuatro que componen el libro.

Muchos son lo temas que se tocan en estos poemas, desde la música, el amor («El amor y la música reordenan el mundo/ mientras parece que lo desordenan») y la existencia, pasando por la historia, el amor o la tragedia, circunscrita esta tanto al ámbito privado (el sufrimiento que engendra la ausencia) como el público (sucesos trágicos que transforman paisaje y pensamiento). Esta amalgama de situaciones concretas y de abstracciones que parecen flotar en la página necesita, para hacerla visible aunque sin caer en erros definirlas, de cuantificarlas, un lenguaje elusivo, aproximativo, que merodee alrededor pero que no avasalle, acaso porque «El lenguaje encadena realidad/ en las trepidaciones maquinales/por las que fluye la continuidad/ en multiplicación de su sentido/ como se expande con la brisa un fuego,/ el leve flamear de una frontera», un lenguaje cotidiano con reminiscencias barrocas, determinado por una construcción mental que nos recuerda a poetas como Auden o William Carlos William.

La poesía de Álvaro García, uno de los nombres imprescindibles de la poesía actual en nuestro país, posee un alto grado de intensidad emocional, aunque, a veces, nos parezca que se decanta hacia la mera intelectualización de la experiencia, y esa es una de sus grandes virtudes, porque en esa constante búsqueda de la palabra precisa, en ese intento de acortar la distancia que separa al lenguaje del sentimiento, el poeta siempre logra eludir la autoindulgencia o el patetismo. La ardua elaboración de un poema de tanta extensión como este tiene un objetivo primordial, abarcar en su totalidad todos los aspectos de la experiencia en un acto de afirmación poética que merece, cuando menos, el reconocimiento de esos lectores que logran percibir, en lo escrito, similitudes con su propia vida, identidades con su propia forma de ser.

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