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FRANCISCO CARO. LOCUS POETARUM. COL. EL LEVITADOR. EDITORIAL POLIBEA, 2017

 La solapa de este libro —Locus poetarum, el lugar del poeta— recoge una información en exceso somera sobre el autor, Francisco Caro: solo el lugar y la fecha de nacimiento (Piedrabuena. Ciudad Real, 1947, respectivamente). Sin embargo, nuestro autor ha publicado un buen número de poemarios, y me parece de toda justicia resaltarlo, como Mientras la luz (2007), Lecciones de cosas (2008), Cuaderno de Boccaccio (2009) o Paisaje (en tercera persona) y goza de un amplio reconocimiento: ha obtenido premios como el Ateneo de Jovellanos o el José Hierro., y esto no conviene hurtárselo al lector, aunque sea por humildad.

El libro que comentamos está flanqueado por dos subtítulos, «Apuntes y ejercicios de clase» y «Lecturas recomendadas» que revelan su pretensión didáctica, una intención a la vista que comienza con la sección «Prueba de ingreso» en cuyo primer poema, «La fragua de Ángel» se desvelan los maestros que guiarán la educación, el aprendizaje del poeta: Neruda, Vallejo, Aleixandre, Diego, Dámaso, Hernández, etc. Poco después, en otro poema, Francisco Caro confiesa, con una aversión solo aparente que, «Me gustaba leer/ despacio a los poetas que me amaban,/ me hicieron tanto mal/ que sin piedad ni furia, ni esperanza,/ sabedlo, los denuncio». Entre esos poetas se encuentran Jaime Gil de Biedma o Claudio Rodríguez, de quienes escribe: «el calor y sus versos me ganaron/ hasta el favor del solitario vicio,/ al público secreto que a nadie confesaba/ de masturbar palabras y veranos»: La vocación poética de Caro se alimenta de autores como los mencionados (y de otros muchos que irán apareciendo a lo largo del libro, como Bécquer, Cernuda, Dylan Thomas, Juan Ramón, Valente, Andrade, Elytis —la lista es muy amplia—. Ellos son los que contribuyen a que ese vicio se asiente y vaya ganando espacio en su vida. Uno de esos maestros, tal vez de los que más influencia ejercieron, fue el creador del ultraísmo, Vicente Huidobro: «lo aprendiste primero/ (y después lo olvidaste)/ en la casa y la lluvia de un chileno». De ellos ha aprendido el valor del lenguaje, el mimo con el que hay que trabajar a la palabra, siempre escurridiza cuando se trata de expresar, definir, de definir emociones y sentimientos: «El poema —escribe José Cereijo en el prólogo— es una lucha: con las palabras que lo componen en primer lugar, pero también con la realidad misma de la que parte y aspira a desnudar, a revelar». Francisco Caro lo constata en poemas como los titulados «Monedas», «Arroyo» o «Contra la indefensión» del que rescato estos versos: «Yo sé de sus recelos, yo sé cómo/ entre ellas se observan,/ miden y temen/ hasta llegar a odiarse// por eso,/ para esconder su agobio, / las palabras nos buscan, nos alquilan,/ nos abrazan y ciñen/ hasta lograr,/ aunque no lo pretendan, que parezcamos torpes,/ angustiados o débiles», y es consciente, además, de esa imposibilidad, motor, por otra parte del poema, porque son los sucesivos fracasos los que provocan un nuevo intento. Y es misión del poeta no desfallecer, cargar con el peso de la piedra del sentido por la pendiente, como un nuevo Sísifo. Dentro de lo que el autor ha llamado «Lecturas recomendadas», podemos encuadrar muchos de los poemas homenajes (A Ann Sexton a Pizarnik, a Auden, a Pessoa, a Rilke, a Ungaretti o a Ángel Crespo, por ejemplo). Francisco Caro recrea pasajes vitales de estos poetas no siempre sujetos a una realidad biográfica; en muchos casos esa realidad es emocional, es decir, se nutre de expectativas, de deducciones, de experiencias surgidas desde la particular lectura que Caro de ellos., tal vez porque «Sólo el poema puede/ penetrar,/ bisturí, la verdad/ y no romperla// alojarse en su vientre,/ dejarla en confusión,/ embarazarla».

Un ritmo perfectamente trabajado a base de versos de métrica impar, trisílabos, heptasílabos, endecasílabos hace de este manual un sugerente recorrido por la poesía contemporánea y trasmite al lector la devoción y el respeto con el que nuestro autor se enfrenta a la poesía, algo que no conviene olvidar en estos momentos en los que las listas de ventas están encabezadas por desahogos sentimentaloides enfocados hacia un determinado público adolescente, ese que suele coger el rábano por las hojas. Para recordar lo que es poesía —y no es preciso adjetivarla—sirven libros como este. Ojala encuentre también su público.

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