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GABRIEL INSAUSTI. LA SOMBRA DEL NOGAL. COL. LOS CUATRO VIENTOS. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2017

Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), profesor de Literatura en la Universidad de Navarra es, en el sentido más amplio de la palabra, un letraherido. Transpira literatura por todos los poros de su piel, por eso necesita, para dar cauce a su intensidad creativa, frecuentar géneros distintos: narrativa, ensayo, poesía, aforismos (y en todos con similar fortuna), aunque un hilo común, casi invisible, enlace las diferentes manifestaciones: una visión de la realidad cercana a la que pregonaban los poetas románticos, lo que supone la búsqueda de la belleza en su entorno, en las cosas más insignificantes; confianza extrema en el poder transformador de la palabra poética y cierto ensimismamiento retórico, muy patente en la reiteración de los argumentos ontológicos que sustentan tanto su poesía como su narrativa. Por otra parte, no apreciamos tampoco diferencias notables en la formulación de su manera de ver, ya sea en verso o en prosa, cifrada, en especial, en la revelación como fuente de conocimiento. Todo ese impulso se trasmite gracias a un lenguaje en el que la claridad y la sencillez son sinónimos de intensidad y de emoción. Ambas proceden de una innata capacidad de asombro que, en La sombra del nogal, tiene a la infancia como eje vertebrador. De un modo natural, Insausti —en su nuevo libro lo podemos comprobar de forma fehaciente— nos va desvelando los secretos de la experiencia, se retrotraiga esta a antes de ayer o a esa infancia de la que hablamos; nos va descubriendo los secretos que encierra ese mundo aparentemente anodino que rodea nuestra actividad cotidiana, lastrada acaso por una nostalgia apenas perceptible, pero presente en la forma de enfocar la realidad.

A medio camino entre un libro memoralístico y un libro de poemas en prosa, La sombra del nogal recrea literariamente fragmentos de una infancia rural perdida y lo hace a través de personajes que dialogan con el autor y le ofrecen toda su sabiduría. La experiencia ajena se trasmite a través de estampas que han quedado grabadas en la memoria del autor. Pasadas, en algunos casos, algunas décadas, brillan como diamantes son intemporales, por eso la bonhomía de las actitudes, de las enseñanzas que subyacen tanto en las palabras como en los silencios —a veces, incluso más elocuentes— nos resultan particularmente atrayentes. La pulcritud del discurso, de carácter eminentemente narrativo, un discurso que comienza con unos párrafos divulgativos, descriptivos («Una puerta desvencijada, junto a la plazuela de la fuente. Entras y apenas hay sitio. A un lado, el paragüero de latón, vacío siempre. Al otro, la estufa que en invierno caldea un poco el aire. Enfrente, el mostrador, tan alto que aún no lográis encaramaros, y donde se apilan botes, cajas, lápices, gavillas de papel guarro, sobres, tubos de cartón, imperdibles, clavos, pinceles… Tras él, Jacinto y su sonrisa»), luego se detiene en más prolijas disquisiciones («Es que es la primera vez. ¡La primera, para todos! Y queréis tocarla, hundir en ella las manos, entre risas. Queréis, si, que dure la nieve: hay un trineo que es un chillido cruzando la tarde, y en el Campo del Moro un muñeco que han levantado en la ventisca. Ahí, con una zanahoria por nariz, unos botones por ojos, una sonrisa de mentira, casi parece que espía vuestros juegos», del fragmento titulado «La nieve»), para acabar con una reflexión que, sin ser estrictamente moralizante o con ínfulas de perfil metafísico, sí encierra cierto regusto didáctico («Porque en la corrala de Pedro —escribe Insausti en el texto final del libro— crecen a sus anchas la hierba y el helecho. Y hay una parra que va abrazando el interior del pretil. Y adelfas, junto a la puerta. No, no es verdad lo que dicen. Al contrario, a la sombra del nogal se está tan bien que las cosas crecen y crecen, de lo poco que trabaja Pedro. A la sombra del nogal, como vosotros». Cuando llegamos a las páginas finales del libro nos da la sensación de que hubiéramos podido seguir leyendo otros muchos recuerdos que, a buen seguro, irán emergiendo con el paso del tiempo, y es que Gabriel Insausti logra establecer una especie de comunicación con nuestros propios recuerdos, dormidos quizá sobre un lecho de retraimiento, que solo necesitan palabras sencillas, sin afán de trascendencia pero llenas de misterio (dicen, más que ocultan), para convocarlos.

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