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ISABEL MARINA. ACERO EN LOS LABIOS. EDICIONES CAMELOT, 2016

Cuando los poemas nacen de una explosión vital, de una erupción repentina que rompe la piel del sentimiento no es fácil someter ese impulso a la matemática de las palabras. La retórica penaliza la intensidad, y de esta circunstancia parece ser muy consciente Isabel Marina (Avilés, 1968), porque sus versos son precisos, diáfanos, propensos, podríamos decir, a las interjecciones, aunque carezcan de ellas, porque su carácter imprecatorio se impone a cualquier otra característica: «Y yo,/ con acero en los labios,/ sigo buscando,/ buscando a Dios». Estamos hablando de una poesía existencial, y combativa, no resignada, frecuente en la poesía de posguerra en poetas como Blas de Otero o José Luis Hidalgo, aunque en nuestra autora la profundidad metafísica de los autores citados esté muy matizada. Más que en ideas, estos poemas parecen estar sustentados en presentimientos, en intuiciones: «Y, entonces,/ comprendemos/ que estamos solos,/ paranoicamente solos». Isabel Marina mira en sus versos hacia atrás, hacia el pasado, como si con ello quisiera huir de una realidad que siente como insufrible, como si deseara evadirse de esa prisión cotidiana que tanto le oprime: «Nuestros afanes son inútiles./ Nuestra vida apenas nada». Ciertos conceptos se repiten a lo largo del libro, ciertas palabras que remiten a la soledad y al enclaustramiento, a la falta de aire y de luz, a una existencia, en suma, conflictiva: Agujero, cueva, caverna, cavidad son algunas de las más evidentes, y en torno de esta impresión de asfixia se articula el libro, aunque el título de la tercera sección, «Somos fulgor», intente trasmitir una visión hímnica de la vida, una visión, sin embargo, fugaz, porque solo se manifiesta con claridad en el poema «XXXII», del que entresacamos esta estrofa: «Grito porque soy feliz./ Lloro porque soy feliz/ y el invierno ha terminado» y, quizá, en algún que otro fragmento de poemas como el «XLI», que finaliza con estos versos: «Aquí resucitan los lirios,/ entre marasmos detenidos./ Aquí confluyen las aguas/ de los aljibes de nácar./ Nos bautiza el rocío/ en la tibia mañana». Esta sensación de plenitud, como hemos dicho, es lo suficientemente fugaz como para no dejar apenas huella en el tono general del libro. Fernando Álvarez Balbuena defiende en el prólogo a Acero en los labios una opinión contraria a la nuestra: «No quiere decir con esto —escribe Álvarez— que en la poesía de Isabel no haya elementos claros de tristeza, o si se quiere de melancolía, que los hay, porque la vida nos ofrece un pesado bagaje de contrariedades y su poesía es ciertamente muy vital, pero a pesar de ello, la ilusión y la esperanza están presentes en toda su obra y llenan nuestra percepción de un sentimiento de superación antes que de frustración y renuncia a la felicidad», lo que lejos de crear alguna controversia, abunda en la potestad última del lector para hacer su propia lectura, sin cortapisas metodológicas, solo guiado por su propia experiencia vital. Isabel Marina ha escrito un libro acuciada por la necesidad de encontrar en las palabras una especie de paliativo al dolor de vivir: «Como Emily Dickinson —afirma—, yo también encuentro mi hogar definitivo en la poesía, mi hogar perfecto, aquel donde puedo calmar la otredad del vivir, aquel donde soy definitivamente libre, dentro de los límites del lenguaje, en el silencio creativo de mi habitación». Es una razón de tanto peso como cualquiera otra para escribir e Isabel Marina ha sabido ponerla en práctica con frescura y emoción. Escribir, escribir para dar visibilidad al torbellino de sentimientos que se acumulan en nuestro interior, aunque debemos ser extremadamente cuidadosos y diferenciar muy bien las necesidades vitales de las circunstancias exteriores, porque el lenguaje es como un espejo: si sabes mirar encontrarás en su reflejo el interior de ti mismo; de lo contrario, solo se apreciará la escenografía.

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