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ÁNGEL CRESPO. LA VOLUNTAD DE PERDURAR. POEMAS 1949-1964. EDICIÓN DE JORDI DOCE. FUNDACIÓN ORTEGA MUÑOZ, 2016

La temprana muerte de Ángel Crespo (Ciudad Real, 1926-Barcelona, 1995) nos ha privado, con toda seguridad, de asistir al desarrollo natural de una obra —tanto poética como ensayística, sin dejar de lado su impagable labor como traductor (Dante, Petrarca, Pessoa, a quien ha estudiado con notable profundidad y acierto o la poesía latina y portuguesa, por ejemplo)— fundamental, excepcional, me atrevo a decir, en nuestra letras que, sin embargo, sólo ahora, en los últimos años y gracias al trabajo de algunos estudiosos como el propio Jordi Doce, autor de esta edición, está disfrutando de la relevancia que merece. Quizá esa excepcionalidad de la que hablamos, esa labor independiente, no sujeta a preceptos generacionales, en una sociedad literaria tan acostumbrada a las servidumbres estéticas y a los seguidismos temáticos y formales como la nuestra, sean las causante del menosprecio que ha sufrido nuestro autor por parte de la crítica académica (salvo honrosas excepciones, claro está). Es cierto que, como digo, de un tiempo a esta parte se viene produciendo un goteo de publicaciones en torno de nuestro autor, se editan antologías —Culta transparencia (Antología poética 1950-1959), Ediciones el Toro de Barro 2000, prólogo de Toni Montesinos; La realidad entera. Antología poética (1949-1995). Barcelona, Círculo de Lectores, 2005, preparada por Alejandro Krawietz; Antología poética (1949-1995). Barcelona, Cátedra, Letras hispánicas, 2009 preparada por José Framcisco Ruiz Casanova o Poemas últimos: (Ocupación del fuego. Iniciación a la sombra), con prólogo de Esther Ramón en Amargord Ediciones —, se rescatan poemarios poco conocidos como Amadis y el exporador (libro que estaba incluido en la antología preprada por Krawietz) publicado por la editorial Pre-Textos, en edición de José Luis Gómez Toré o se escriben ensayos sobre su obra y se le tributan homenajes, como el realizado el año 2015, a los 20 años de su fallecimiento. Es cierto también que gracias a todos estos esfuerzos combinados, la obra de Ángel Crespo comienza a ocupar el lugar que merece en nuestras letras. Dentro de esta labor de recuperación podemos encuadrar La voluntad de perdurar (título, además, de uno de los poemas integrados en el libro), la antología preparada por Jordi Doce, impecablemente editada por la Fundación Ortega Muñoz, que recupera textos relacionados con el mundo animal y con la naturaleza y «que no pretende sino ofrecer una retrospective del primer tramo de la obra crespiana mediante el prisma de su relación con el mundo natural», en palabras de Doce, un mundo que tuvo una importancia extrema en su obra toda porque para él la naturaleza no solo era objeto de observación, algo estático, sino de una comunión de carácter espiritual, como se prolonga con los seres vivos. «Toda la poesía de Crespo —escribe Jordi Doce— está poseída por esta creencia animista, pero muy en particular su escritura primera, que nos acerca a una naturaleza fluida, en constante proceso de transformación, más plena cuanto más cambiante, y que percibimos en la misma medida en que ella nos precibe», «Cada trozo de vida un trozo es/ de muerte y cada muerte/ es parrte imprescindible de la vida». Parte primordial de esta naturaleza fluida, de la vida son los animales, el lobo, el ciervo, las yeguas, las vacas o las cabras. La mención al libro de José Luis Hidalgo Los animales resulta imprescindible, aunque en Hidalgo las asociaciones, de fliciación surrealista, están acaso más violentadas que en Crespo. «El modo que tiene Crespo de retratarlos [a los animales] oscila sin premeditación entre el naturalismo, la alegoría y la elaboración metafórica propia del postismo». No sería aventurado encontrar alguna relación con el bestiario que desgrana Miguel Hernández en algunos poemas de El hombre acecha, aunque los objetivos de éste último sean absolutamente diferentes.

La voluntad de perdurar recoge poemas escritos a lo largo de quince años, aunque el editor ha preferido agruparlos según un criterio temático, más que cronológico, con el elogiable afán de ofrecer al lector «un libro de nueva planta», un propósito que, creemos, se ha conseguido sobradamente. Libros como éste demuestran que la poesía verdadera acaba encontrando su lugar, porque no está sujeta a criterios doctrinales ni a juicios circunstanciales. Pese a quien pese.

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