img_1139RAMÓN BASCUÑANA. EL HUMO DE LOS VERSOS. XXVI PREMIO ERNESTINA DE CHAMPOURCÍN, 2015. DIPUTACIÓN FORAL DE ALAVA, 2016

Uno de los poemas más emocionantes de este libro es, precisamente, el que comparte título con el libro, «El humo de los versos», y de él extraigo estos versos que son toda una declaración de principios: «Arder en el poema/ sin consumirnos nunca/ mientras el humo ciega/ los ojos moribundos de la vida,/ meticulosamente/ apilada en la pira poema tras poema». Quienes arden y se consumen en la pira del poema son tanto la vida como la escritura, porque para Ramón Bascuñana (Alicante, 1963) poesía y vida son indisociables, son cara y cruz de una forma de ver y estar en el mundo que no admite prelaciones entre una y otra, una idea que, por otra parte, el autor lleva reforzando desde hace años en títulos como Apariencia de vida (2015), Cincuenta por ciento (2014) o El centro de la sombra (2014), por citar algunos de sus libros más recientes.

La poesía de Ramón Bascuñana muestra siempre una confianza envidiable en el poder salvador de la palabra, una palabra sencilla, sin ambages retóricos, capaz de restituir en la página el poso que deja en la memoria la experiencia, una palabra que sea «un lenitivo contra la tristeza» aunque, a tenor de la perseverancia del autor, da la sensación de que aún no ha conseguido su propósito, lo cual beneficia a sus lectores, porque de esa insatisfacción nace la escritura, el poema que, como un bucle, se retuerce sobre un eje virtual, sobre un tema único —la elegía, el llanto por lo perdido—, pero renovado gracias a la personal forma de observar la realidad que posee nuestro poeta. Y es que la palabra, en su afán de poseer lo nombrado, de definirlo, puede sí, lograr su objetivo, pero también pude malograrlo por cuanto el exceso puede conducir a la palabra vacía, carente de emoción y, por ende, incapaz, entonces de cumplir su cometido salvífico: «Demasiadas palabras,/ como el silencio, duelen», escribe Bascuñana en un poema, para afirmar en otro, titulado «Escritura»: «Algo así la escritura, la poesía./ La constancia del daño». En la dicotomía perjuicio/beneficio discurren la mayoría de estos poemas que corresponden, suponemos, a diversos estados emocionales, unos de mayor énfasis en esa potestad redentora atribuida al lenguaje («[somos] aprendices de brujo/ cuyo miedo a la vida/ se reduce a la magia de escribir un poema/ que nos salve del ángel de la lluvia,/ de este mes tan cruel y de la pena/ de otra pérdida más, irreparable») y otros más escépticos en los que ponen en duda esas virtudes previamente arrogadas: «El poema no justifica el tiempo/ que tarda en escribirse./ Hay quien tarda dos vidas/ en escribir un verso que merezca la pena/ y pueda dar sentido/ a lo que no lo tiene/ y a quien gasta dos versos en escribir su vida». La poesía de Ramón Bascuñana consigue trasmitir esa incertidumbre de manera verosímil. Hay literatura, es decir, ficción, en estos poemas (debe haberla), pero creo que prevalece sobre todo la autenticidad, el convencimiento de que la escritura es capaz de «construir un refugio con palabras/ [de] buscar cobijo contra la tormenta», por más que haya poemas —alguno de ellos muy categóricos al respecto, como el titulado «Salvación», que finaliza con estos versos: «Ahora que no espero/ ya nada de la vida,/ ni siquiera me salva/ de la eterna rutina de los días perdidos/ la terca voluntad de escribir el poema»— que parezcan desmentirlo.

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