HENRI COLE

ESFERA

 

“Señor, no tengo ningún té negro”, respondió la camarera,

así que pedí Black Label en su lugar. Era verano y la fragancia

de las flores blancas de las acacias negras se había despertado,

[como hadas o materia oscura.

Un oso negro cubierto de espinas se hizo un lío en el comedero de pájaros al ver

[hambrientas

currucas capirotadas. Y moscas negras estaban picando enérgicamente.

Billy murió de peste negra (no debería llamarla así) y planeó como un jinete alado.

Nada hay tan injusto como la muerte de un joven amigo. Destrocé mi bicicleta,

me desmayé y tuve los dos ojos morados. En la Clínica Mayo

limpiaron las arterias de mi padre, felicitando al cirujano por sus delicadas manos

[negras.

Después de que murió llamamos a todo el mundo de su libro negro y encontramos

un espacio negro que no pudo ser izado por impotentes alas. Como yo,

él fue la oveja negra. Hubo enfrentamientos. Una vez, conduciendo cerca de Black

[Mountain,

soltó de repente: “No hay nada tan bueno como el maíz o la sandía robados”.

Su cara parecía una sonriente araña negra. Desacreditando la tierra

de la que provenía (“Hijo, tienes mezcla de sangres”) —y eso se grabó en la espalda—

despejó el camino hacia una turbia luz. Junto al arcén asfaltado,

un venado, con diamantes negros por ojos, tumbado en un lecho de negros

[pensamientos.

Alrededor nuestro, fresnos negros y negros nogales formando una aterciopelada cortina.

Muerto hace diez años, me visita a menudo, como una cabeza detrás de las barras de los

[bares, con ese humor negro

y ese mal genio brotando todavía de su boca, pero también con ternura, como oro negro.

¿Le quise? Me pregunto. Si le amé con todo mi corazón

y todas mis entrañas, ¿por qué le escupí en el río?

 

Versión de Carlos Alcorta

Blog, 31/12/2016

Anuncios