JUAN JOSÉ LANZ. GERARDO DIEGO Y BLAS DE OTERO ENTRE SANTANDER Y BILBAO [TEXTO Y CONTEXTO DE UNOS POEMAS]. FUNDACIÓN GERARDO DIEGO. COL. BODEGA Y AZOTEA, Nº 6

Pocos ejemplos sobre cómo se debe salvaguardar la memoria y la obra de un artista, de un poeta podemos poner a la altura del que está realizando la Fundación Gerardo Diego desde su refundación en 1999. La atención constante, no sólo a la poesía de Diego, sino a cualquier otro poeta con el que éste tuviera una relación sostenida se ve cumplida en la diferentes, y magnificas, ediciones que dicha institución viene publicando con regularidad. Recordemos las dedicadas a las Escuela de Astorga o la a relación de Diego con José García Nieto, por hablar de algunas de las más recientes. A ellas se viene a sumar ahora la edición dedicada a Blas de Otero, poeta del que se conmemora en este 2016 el centenario de su nacimiento. No fueron muchos los artículos que Diego escribió sobre el poeta vasco (los titulados «La inmensa minoría» y «Pido la paz y la palabra») y, sin embargo, como acredita el profesor Juan José Lanz (Bilbao, 1963) —autor de una vasta obra crítica entre los que destacamos La llama en el laberinto: poesía y poética en la generación del 68 (1994), La poesía española durante la Transición y la generación de la democracia (2007), Alas de cadenas: estudios sobre Blas de Otero (2008) o Las palabras gastadas: poesía y poetas del medio siglo, (2009)—, la relación entre ambos fue muy fluida durante muchos años, más de cuarenta. Los poemas que Gerardo Diego conservó entre las paginas de su ejemplar de Ángel fieramente humano y el poema que Blas de Otero escribió en 1971 para homenajear a Diego y que se publicó en el número 4 de la revista Peña Labra, así lo confirman. Una amistad que se inicia en el Bilbao de los años treinta, antes de que se desatara la guerra civil. En dicha ciudad había realizado Diego sus estudios universitarios en la segunda década del siglo y desde entonces mantenía un buen número de sólidas amistades. Blas de Otero siempre reconoció el magisterio de Gerardo Diego; en un artículo datado en 1936 sobre «María en la moderna poesía española», ya pone de ejemplo al «que fue antiguo compañero nuestro y hoy poeta de primera clase entre los más modernos» y en los tres sonetos publicados bajo el título «Salutación a Nuestra Señora», de 1942 la influencia del poeta mayor resulta evidente, pero dicho influjo se extiende, según constata Lanz, hasta la poesía última de Otero: «Un soneto como el titulado “Caminos”, fechado el 19 de marzo de 1969, guarda una íntima relación, por ejemplo, con “Revelación”, del poeta santanderino», un soneto publicado en 1932.

Juan José Lanz ha rastreado otros vínculos entre Diego y el grupo de poetas bilbaínos entre los que se encontraba Otero. Uno de ellos es, por ejemplo, la admiración por Villamediana (Diego les había dejado el manuscrito de su edición de sonetos del conde), pero también por otros autores del barroco español, que tanto había estudiado Gerardo Diego. Blas de Otero escribe sobre su propia poesía comentarios como éste (en 1942): «El conocimiento de los clásicos, pese a lo que algunos querrían, es imprescindible para la formación primordial literaria», para continuar recomendando algo que parecen haber olvidado muchos poetas actuales, y que no conviene olvidar, porque «al ángel de la creación artística hay que imponerle su jornada de dieciséis horas, no de ocho, para que el fruto pueda madurar como en el árbol, el cual resiste, lo mismo que los clásicos, la inclemencia de las edades». Una idea similar trasmiten estos versos de su poema «Cartilla (poética)», recogido por Lanz: «La poesía tiene sus derechos./ Lo sé.( Soy el primero en sudar tinta/ delante del papel».

La amistad continua en la distancia, las relaciones literarias se estrechan, aunque haya algunas decepciones de por medio (el fallo del premio Adonais, por ejemplo o el proyecto truncado de publicar en dicha colección). Otero felicita a Diego por su elección como miembro de la Real Academia en 1947 y sabemos que le hace entrega de una colección de poemas que pasarían a formar parte —no en su totalidad— de su libro Ángel fieramente humano (1950), libro dentro del cual, ya editado, los conservaría Diego y que esta edición de la Fundación Gerardo Diego recoge en facsímil. «El mecanoscrito —escribe Juan José Lanz en su rigurosa exposición— conservado en la Fundación Gerardo Diego se compone de dieciséis cuartillas mecanografiadas recortadas que incluyen catorce poemas». La presente edición se completa con la transcripción de las reseñas que Diego, siempre generoso y exacto en sus comentarios («Blas de Otero es un poeta enormemente individual, inconfundible. Y por añadidura un poeta que pode y necesita y tiene la palabra como arma única usándola con destreza singularísima en esgrima de la más noble y acerada tradición retórica», escribe a propósito de Pido la paz y la palabra) dedicó a sendos libros de Otero, así como con un puñado de cartas que Otero envío al autor santanderino. Los poemas conservados en su archivo son objeto de un estudio detallado y sumamente clarificador por parte del profesor Lanz, que ilustra al lector con una exacta cronología y unas jugosas asociaciones entre vida y obra, si no determinantes para degustar los versos, sí relevantes para quienes deseen cocinar con todos los ingredientes a su alcance.

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