ROBERT HASS

UNA HISTORIA SOBRE EL CUERPO

El joven compositor, que trabajaba ese verano en una colonia de artistas, la había observado durante una semana. Era japonesa, una pintora de casi sesenta años y pensó que estaba enamorado de ella. Admiraba su trabajo, y su trabajo, y su trabajo era la forma de mover su cuerpo, de usar sus manos, mirándolo directamente cuando ella se divertía y reflexionaba sobre las respuestas a sus preguntas. Una noche, al regresar de un concierto, llegaron a su puerta y ella se volvió hacia él y dijo: «Creo que te gustaría acostarte conmigo. A mí también me gustaría, pero debo decirte que he tenido una doble mastectomía», y, como él no lo entendió, «he perdido mis dos pechos». El cosquilleo que había sentido alrededor de su vientre y en la cavidad del pecho —como música— desapareció velozmente, y él se obligó a mirarla cuando dijo, «Lo siento. No creo que pudiera hacerlo». Volvió a su cabaña a través de los pinos y por la mañana encontró un pequeño tazón azul en el porche frente a su puerta. Parecía estar lleno hasta arriba de pétalos de rosa; el resto del tazón —debía haberlas barrido desde los rincones de su estudio— estaba lleno de abejas muertas.

Versión de Carlos Alcorta

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