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JAVIER BOZALONGO. TODOS ESTABAN VIVOS. ESDRÚJULA EDICIONES, 2016

 Que nosotros sepamos, este libro supone la primera incursión narrativa de su autor, Javier Bozalongo (1961) conocido hasta ahora en el ámbito literario por su trayectoria poética, compuesta por libros como Líquida nostalgia (2001), Hasta llegar aquí (2005), Viaje improbable (2008) y La casa a oscuras (2009), además de varias antologías de su obra publicadas en España y en Hispanoamérica en los últimos años y por su labor al frente de la editorial Valparaíso. Todos estaban vivos, como decimos, no es un libro de poesía, aunque en los textos que lo integran haya mucho del aliento que mueve el poema, sobre todo en los textos más breves, en los que podríamos encuadrar dentro del género del microrrelato, al menos así me lo parece cuando compruebo que las similitudes lingüísticas son abundantes al tratar de trasmitir la experiencia personal sobre la realidad. En buena lógica, el procedimiento es distinto aun cuando estemos hablando de una poesía de carácter narrativo como la que escribe Javier Bozalongo, pero la prosa posee un ritmo propio y crea unas expectativas diferentes a las del poema. Éste requiere una expresión, podemos llamarla, más refinada, que busca no un efecto inmediato, sino recurrente en el tiempo.

     Hay en Todos estábamos vivos, al menos, dos tipos de relatos, los que proceden de un chispazo y de un trazo recrean una escena concreta o describen una emoción intensa y, a menudo, fugaz, y los relatos de más ambición narrativa, los que necesitan un desarrollo sostenido para abarcar la experiencia desde todos los ángulos posibles. Al primer apartado pertenecen títulos como «Jubilación anticipada» o «Globalización»; al segundo «Rojo oscuro», «Cajero automático» o «El premio». En todos ellos, sin embargo, hay un desdoblamiento de la identidad, necesario siempre para dar la impresión de hablar de otro aunque se esté hablando de uno mismo y salvar la distancia entre lo verosímil y los verdadero. En todos ellos se huye de la grandilocuencia verbal, del artificio y se busca un lenguaje informal ( «Él la llamó y le dijo que el día que le quisiera dejaría de fumar. Ella murió de cáncer de pulmón. Y él siguió fumando, tan ricamente», escribe en el relato titulado «Fumar mata») y una dicción, en la mayoría de las ocasiones, muy próxima a la oralidad, lo que permite leer estas historia como si uno fuera uno de los interlocutores de una presunta conversación. Es evidente que vivir determinada experiencia no lleva implícita su comprensión, por esa razón, para algunas personas, para los poetas, la mejor forma de comprender la realidad es a través de la escritura. No cabe duda de que a Javier Bozalongo también le sucede esto, aunque, como ocurre siempre que está la memoria de por medio, la escritura altere la realidad en función de sus propias aspiraciones. Eso, para un buen lector, carece de importancia. Lo verdaderamente relevante es que el protagonista de cualquiera de estas historias nos resulte familiar, sea testigo de la iniquidad, pero también un emisario de la esperanza, porque, como escribe Terry Eagleton, «Las historias siempre intentan capturar verdades que suelen ser esquivas. Contar una historia equivale a tratar de moldear el vacío». El vacío, ese horror vacui que tanto nos asusta, queda sepultado bajo una estratificación de simulacros perfectamente coordinados por la mano firme de Javier Bozalongo, desde ahora, mucho más que poeta.

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