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JESÚS CÁRDENAS. LOS REFUGIOS QUE OLVIDAMOS. ANANTES GESTORÍA CULTURAL, 2016

 Comencemos por el final, por el último poema de Los refugios que olvidas, el titulado «Fin de etapa», porque en él se resume de forma contundente la idea que alienta el libro, esa sensación de haber puesto fin a un ciclo vital sin que la recompensa haya sido la inicialmente buscada: «Un hombre medio ronda por aquí./ En este conjunto encierra/ historias que sudan y sangran,/ algunas tristemente viejas;/ otras, pendientes de nueva decepción:/ historias que retoman fracasos transitados/ como aves que no alzan el vuelo porque son ceniza». Como vemos, estos versos hablan de un sentimiento tan habitual como el fracaso, consustancial a toda experiencia que trascienda más allá del propio decurso vital, pero no ofrecen, sin embargo, consuelo alguno, si acaso muestran la voz de un poeta sumido en la incertidumbre, por eso en sus versos el discurso lógico se trunca y, en muchos casos, la vinculación entre ellos, o entre estrofas, resulta un tanto violenta. Son versos que parecen nacer más de una especie de obligatoriedad, de una obligación autoimpuesta que de una necesidad íntima, y es que, en muchas ocasiones, verbalizar la experiencia sólo consigue trivializarla, restarle el dramatismo personal que lleva en su seno. Cifrar el paraíso en algo tan evanescente como el placer conlleva unos riesgos que tal vez sólo desde el silencio se puedan asumir. Concebir el cuerpo amado como el único refugio sólo puede hacerse desde el momento álgido del enamoramiento, no desde los filtros lingüísticos, desde un lenguaje que, por su propia ley, pervierte la emoción: «Es cierto que el amor, como la vida misma,/ cambia el brillo de los principios,/ todo ese remolino que provoca;/ tras el aguijón del deseo/ no buscamos con afán de sorprender»., escribe Jesús Cárdenas (1973), un poeta que ha ido fraguando en los últimos diez años una obra que va creciendo, superando escollo tras escollo en cada nuevo libro hasta alcanzar en Los refugios que olvidamos una cumbre personal difícil de superar.

El libro está integrado por cuatro secciones de entidad similar, salvo la tercera, la titulada «Anclaje», más breve y con más referencias externas que las demás, tal vez porque esa incertidumbre debe resolverse antes de encontrar el anclaje conveniente, un anclaje que, a tenor de lo leído, no parece cifrarse, como he dicho más arriba, en las palabras, a pesar de que el poeta, en algún instante, afirme otra cosa: «Espejo de nosotros, la palabra,/ la luz por la que nuestra alma se estrena», sino en imágenes, en sumideros que engullen esa «realidad más allá de ésta». No es una misión fácil conciliar ambas expectativas, la de aprehender la realidad y la de encontrase desubicado en su seno. Escribir desde una acumulación de experiencias contradictorias («La existencia levanta mundos vanos,/ esos vagos perfiles, estos muros/ deshojados, taludes de añoranza/ en el pantano donde se ahogan las horas deslucidas») produce una caótica amalgama de sensaciones cuya opacidad resalta la luz sin piedad del conocimiento. Jesús Cárdenas, en esta circunstancia extrema intenta refugiarse en la oscuridad: «Por un momento cedo a las tinieblas/ al hallarte en este signo huidizo», pero la rezón de una vida no puede crecer enmascarada, necesita respirar un aire puro que no siempre ventea las páginas. «Ya va siendo hora —escribió Leonardo Sciascia— de liberarse de estas palabras, de las palabras… Sin embargo, sólo disponemos de palabras… Deberíamos entrar en lo inefable sin sentir la necesidad de expresarlo». Seguramente tenía toda la razón.

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