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ANTONIO MORENO. UNOS DÍAS DE INVIERNO. RENACIMIENTO, 2016*

Un buen escritor de haikus tiene algo de naturalista aficionado, pero también de paciente y experimentado fotógrafo, siempre ojo avizor, atento para captar la imagen inaudita, espectacular, el encuadre infrecuente. En el caso del poeta, la mirada sobre las cosas adquiere una especial relevancia, aunque no es necesario entregar la vida a la contemplación, como un monje o un eremita para contemplarlas desde un punto de vista distinto del cotidiano (Santa Teresa decía que también “entre los pucheros anda Dios”, reivindicando no sólo la oración sino la obra) porque, a pesar del tráfago y de las obligaciones diarias que nos impone la supervivencia y nos distraen de lo sustancial, estar atento al entorno (y hacerlo parte de nosotros, interiorizarlo, igual que hace, por otra parte, el reportero gráfico); saber captar, ya sea con palabras o con lentes y diafragmas, la emoción, la intensidad de una imagen especial entre las miles de imágenes por segundo que se escapan a nuestra precepción, una imagen que provoca una reflexión, una imagen que produce un cortocircuito emocional y desencadena una corriente de palabras, más que corriente, en el caso de los haiku, un chispazo, es lo que tanto nos seduce de esta particular forma de escritura que con tanto arraigo ha enraizado en nuestra literatura.

No importa si estamos suspendidos de una tensa cuerda en una pared rocosa, abismados en soledad; carece de importancia si la algarabía de un playa en un día de verano nos engulle como un sumidero. Lo importante no es el escenario sino el personaje que lo interioriza y lo aisla en su mente, así logrará percibir todos esos matices que, habitualmente, se escapan a una mente relajada, no en estado de alerta como la del haijin o el reportero que antes mencionábamos. “No es fácil ver: / lleva un completo olvido./ Toda una vida”, escribe Antonio Moreno —uno de nuestros grandes poetas meditativos— en Unos días de invierno, un libro integrado por más de un centenar de haiku que surgen de «Una larga y parsimoniosa caminata por la costa desde Alicante, mi ciudad natal, hasta El Campello, una población vecina». No cabe duda, a tenor de lo que nos cuenta el autor, de que, durante ese paseo, tuvo lugar ese chispazo del que hablábamos más arriba, porque «pocas jornadas después y en una sola noche vino una notable cantidad de poemitas, algunos de los cuales han sido aquí incluidos». No es preciso suponer, sin embargo, que los poemitas tengan como único asunto realidades relacionadas con el propio paseo. En algunos resulta evidente («Dos correlimos/ picotean la arena/ donde se espejan» o «Sol de la tarde,/ docenas de gaviotas/ flotan mirándose», por ejemplo), pero la mayoría de ellos abordan fragmentos de vida minúsculos, delicados como una pincelada a la acuarela, a la cual apenas unas gotas de agua bastan para disolverla. Y es que ese «hombre/ que sale de su casa/ a ver el día», trasmite, como, por otra parte, toda la poesía de Antonio Moreno, una sensación de serenidad, de compasión y bonhomía difíciles de igualar. Son muchos los haiku que anotaríamos en este comentario, pero, con toda probabilidad, cada lector podrá escoger, de entre aquellos que le han emocionado, sus preferidos. Nosotros, por esa inclinación natural a la elección, nos quedamos con uno que parece resumir toda una filosofía de vida: «Mi fe, que no es/ fe de nada, me lleva/ a ti, dios vivo». A los lectores que tengan la fortuna de tropezarse con este libro, su lectura les llevará aún más lejos, hasta el centro de sí mismos.

  • Con el título Fugitivo e intemporal, esta reseña se publicó en el número 125 de la Revista de Nueva Literatura Clarín

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