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MARÍA NEGRONI. EXILIUM. VASO ROTO POESÍA 2016

Es muy posible que algunas de las claves para descifrar la poesía de María Negroni se encentren en los comentarios que ella misma escribe sobre otros poetas, como los que podemos leer en el libro recientemente publicado, El arte del error, (Vaso roto, 2016), volumen en el que recoge trabajos sobre poetas como Rimbaud o Emily Dickinson, pero también sobre filósofos o narradores como Walter Bemjamis o Robert Walser, entre otros. Se ha dicho muchas veces, y quizá ha sido Eliot quien lo ha dejado escrito con mayor claridad de juicio, que la crítica que realiza un poeta esconde en el fondo un deseo de reivindicar su propia estética. Desde luego, no seré yo quien lo repruebe, todo lo contrario. La voz ajena, la palabra de los otros acude muchas veces en auxilio de quien corre el riesgo de hacer un discurso desde la mudez, de quien se encuentra presa de unas emociones de difícil verbalización y, por tanto de un, todavía mucho más difícil, proceso de argumentación teórica.

Tiene la poesía de María Negroni una merecida legión de adeptos en nuestro país y por esa razón, cada libro suyo (en este mismo formato reseñamos en 2014 su libro La jaula bajo el trapo)es celebrado como un pequeño acontecimiento (en poesía, en muy raras ocasiones alcanza un nivel mayor que éste) por los lectores a pesar, o precisamente por eso, de tratarse de una poesía exigente, compleja, que no deja un resquicio para coger aire, tal es la tensión que se va acumulando en sus versos desnudos, afilados como una guillotina.

Exilium, así, en latín, quizá para retrotraernos indirectamente a poetas como Ovidio, Virgilio o Dante, paradigmas de tantos exiliados como ha habido desde entonces y, lamentablemente, seguirá habiendo. A pesar de todo, no creo que María Negroni nos hable en este libro de un exilio físico, motivado por razones económicas o ideológicas, sino de un exilio íntimo, existencial, consustancial, podríamos decir, a la naturaleza humana, el exilio del desplazado interior. Y qué mejor forma para expresar esa agónica relación del ser humano consigo mismo y con lo que le rodea que el uso de una palabra esencial, sin adornos, seca, desnuda aunque con inmensas posibilidades semánticas. Una palabra que exige una labor de drenaje previo para que la idea que la sustenta sea lo menos imprecisa posible. para que esa idea sea, sí, una reflexión personalísima, pero, a la vez, esté obligada a ser transferible, acaso sólo sólo en su núcleo. Las diversas capas que lo envuelven pueden mostrar excesivas similitudes con las ideas de otros, por eso, para individualizar esa experiencia, se debe huir y María Negroni lo sabe, de los lugares comunes. No me cuesta reconocerme en esta forma de decir tan alusiva, no me importa divagar por esos anchurosos espacios que quedan entre los versos, no rechazo la idea de construir mi propio significado con la sólida argamasa de estas estrofas perfectamente alineadas porque no pretendo restituir un mundo que sólo circunstancialmente colinda con el mío y, sin embargo, sí, me rindo a la seducción de una intención abarcadora de la realidad desde todas sus aristas, labor a la que se entrega María Negroni con admirable constancia, sobre todo si tenemos en cuenta su escepticismo: «Nada esperes/ de las cosas/ mortales.// Nada/ de las inmortales».

No hay en estos poemas concesiones a la inmediatez, a lo cotidiano, algo que queda de manifiesto desde la propia disposición tipográfica de los poemas, estructurados en el centro de la página, separados de los márgenes, buscando un centro que se resiste a su aprehensión, de ahí, quizá la polimetría que caracteriza los versos, combinada sutilmente con los blancos de la página, de ahí las correspondencias inéditas que sugieren: «De esa unión/ —agua y sombra—/ nace el libro». Resulta evidente que cada palabra elegida posee su propio peso específico, por esa razón, en conjunto, unidas y/o desunidas por una disposición abrupta, llena de encabalgamientos, dan forma a un contenido cargado de hermetismo, aunque no abstracto, en el que la experiencia personal, como hemos dicho más arriba, nunca queda supeditada a una fórmula, se diluye como una gota de agua en un charco, dejando una sucesión de círculos concéntricos plenos de sentido. Y es que «En el cielo/ se desnuda una/ sombra.// El pudor/ la/  cubre/ indiscretamente».

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