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CÉSAR IGLESIAS. LENGUA DEL DUELO. EDITORIAL TREA, 2016

La lengua de duelo nos remite de inmediato a una forma de oración para pedir por las almas de los seres queridos, a un lamento entonado en memoria de los ausentes, de los muertos (esos muertos que aparecen enumerados en el poema «Desfilan nuestros muertos»), lamento que trata de aliviar el dolor de la pérdida al mismo tiempo que ruega piedad a un ser omnipotente. César Iglesias (Mieres, 1961) ha titulado de esta formas explícita su libro quizá porque todo él es una oración ininterrumpida: «Señor, ya sólo sé hablar de los idos,/ de rodillas estar, lengua de duelo», escribe en el poema titulado «Salmo de Besullo». Estos idos a los que se refiere Iglesias no son otros que personajes entrañables de su tierra natal que alimentaron fantasías en la infancia y alimentan en el presente una nostalgia capaz de liberar su veneno sólo a través de la escritura, una escritura concebida no sólo en su función reparadora, si no resucitadora. Algo de esto podemos observar, por ejemplo, en el poema titulado «Monólogo de la madre». Ésta rememora la vida de José, su hijo, desde un más allá que los vuelve a reunir: «Hijo, comparto ya los territorios/ donde me reconocen los helechos,/ las ortigas, algún arto, tal vez/ la fronda de los robles en la casa./ Mis cenizas ocupan tierra yerma/ y nutren la raíz sin compasión/ que calma la vergüenza y los instintos». Sin embargo, da la sensación que dentro de los muros de esas casas pechadas se oculta una vida llena de un dolor muy antiguo que ningún sortilegio, ni siquiera el de la escritura, puede aplacar. El silencio parece ser el único cauterio: «Los hombres derribados curan esta/ tortura con las gasas del silencio./ Preguntan: “¿Qué decir, para qué hablar?/ ¿Reclaman las heridas el sigilo?”/ El duelo tiene fonética propia»; un silencio que tiene su origen en el miedo, un miedo que provoca mudez y que tiene, a su vez, su origen en el pasado y de ese pasado irrevocable y luctuoso nos hablan los poemas de Lengua del duelo sin conmiseración, pero también sin esperanza, porque «Esta es una tierra de madres amputadas y secas, de mujeres sin pechos y úteros vacíos. Esta es una patria de padres huérfanos donde las tumbas blancas añoran las cifras». Uno, a tenor de lo leído, puede afirmar que dicha patria ha cambiado poco para César Iglesias, que la raíz de la desesperanza continua siendo la misma. El pesimismo, contenido por un lenguaje que parece no querer traspasar los límites de la lealtad a sus ancestros, para no convertirse en llanto de plañidera, aflora en cada uno de los poemas, creando en el lector un sentimiento de solidaridad, pero también una sensación de pesadumbre cercana al desasosiego. Si una de las funciones de la poesía es implicar al lector en la emoción que provocó la escritura, sin lugar a dudas, Lengua del duelo lo logra con creces., porque los poemas alimentan esa empatía y otro tanto logran los dibujos de Federico Granell que los ilustran. Aves y calaveras que «saben bien […] su destino/ y su supervivencia. No preguntan,/ su murmullo contiene la respuesta/ que acalla interrogantes y dogmas/ y atemoriza nuestras estaciones

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