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MARK STRAND. LA VIDA CONTINUA. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE DÁMASO LÓPEZ GARCÍA. EDICIÓN BILINGÜE. VISOR, 2016

 La vida continua (The Continnuous Life) se publicó en su versión original en 1990 y es, como se ha reconocido posteriormente, uno de los libros más importantes en la prolífica trayectoria de Mark Strand (1934-2010), un poeta bien conocido en nuestro idioma gracias a las abundantes y, en su gran mayoría, estupendas traducciones que se han realizado de su obra. Dámaso López, en su documentado prólogo, enumera algunas de ellas, como las de Eduardo Chirinos en la antología Sólo una canción (Pre-Textos,,2004) o la de Elisa Ramírez Castañeda en La vida continua/ Puerto oscuro (INBA/Calamus, 2006), así como las de Ezequiel Zeidenberg (autor además de la antología Me va a encantar el siglo XXI, Gog y Magog) o Martín Vázquez Grille, disponibles en la Red. Por nuestra parte, nos gustaría añadir también las del poeta y ensayista mexicano Luis Miguel Aguilar, que se pueden leer online y en el libro Traslaciones, compilado por Tedi López Mills y las de Juan Carlos Postigo Ríos, traductor de Sobre nada y otros escritos (Turner, 2105), que contiene algunos textos en prosa pertenecientes a La vida continua.

La poesía de Mark Strand se caracteriza por indagar en esa bifurcación de la identidad que el poeta experimenta como algo alienante, por cierto solipsismo cercano al narcisismo, agudizado por sentirse víctima de su propia experiencia de la realidad, todo ello trasladado a la página con un lenguaje sencillo —aunque huya de referencias concretas y se incline en muchas ocasiones hacia la abstracción— y con unas dosis de fantasía que rozan lo surreal. Estas palabras suyas que recoge López García tratan de aclararlo: «Pienso que participo de un nuevo estilo internacional muy relacionado con la sencillez de dicción, con cierta confianza en las técnicas surrealistas y con un fuerte elemento narrativo». Hay que tener en cuenta, además, que para Strand, el surrealismo es una forma de resistencia contra la falta de libertad, contra la represión o la vulneración de los derechos humanos. Los poemas que integran La vida continua fueron escritos entre 1980 y 1990 y, según la crítica estadounidense, el hablante de los poemas se dirige, por ejemplo, a los padres, ofreciéndoles consejos que ilustren a sus hijos sobre sus expectativas vitales, aunque implícitamente se dirige a sí mismo. Son poemas en los que sondea en lo más hondo de la conciencia haciendo referencia al batiburrillo de percepciones, pensamientos y conductas que constituye la vida humana. Con estos versos finaliza, sin ir más lejos, el poema «Orfeo solo»: «Esparcidos entre las cercanas hojas sin lustre, sucias,/ Con la cabeza cortada moviéndose bajo las olas,/ Rompiendo las columnas de luz en un remolino/ De fragmentos y borrones; llegaba en una lengua/ A la que no conmovía la piedad, en versos, generosos y oscuros,/ Para que se lamente, sin voz propia, ni esperanza/ De ser más de lo que será, el futuro». Como se ve, estos versos requieren una lectura sosegada para intentar captar la sensación de incertidumbre y desasosiego que provocan. No se trata de que emitan un mensaje oscuro, imposible de descifrar, si no de trasladar ese sentimiento de indefensión ante el destino, esa acechante y desalentadora búsqueda de su yo más íntimo, un yo dividido que parece hallarse en otra realidad. En palabras de Dámaso López García, La vida continua «no habla sino de la vida, de su irrupción y de su continuidad, del progreso continuo de esta, de su irretroactividad, de la dificultad de reflexionar sobre lo que nunca se detiene, de reflexionar sobre lo que abarca un limitado espacio de conciencia entre dos grandes oscuridades». Y, efectivamente, el contexto vital envuelve todo tipo de situaciones, de momentos que surgen no siempre a partir de un hecho real (Recordemos, sin ir más lejos, los poemas «Chejov: Una sextina» o «Narración»), construidos como una habilidosa mezcla de elementos líricos y narrativos que confieren a su poesía una fuerza imantadora difícil de contrarrestar, como ocurre en el poema «Grotescos», en el que personajes como el jorobado o el rey son los protagonistas de unas fábulas que se cuentan de un modo absolutamente cinematográfico, en las que lo lírico subraya el efecto discursivo y didáctico del asunto tratado. Como escribe en los versos finales del poema «La famosa escena»: «Hablando en voz alta para nosotros mismos, repitiendo las palabras/ De siempre que describen nuestro destino». La vida continua es un excelente estudio sobre el caos y el vacío al que se enfrenta el ser humano en el que no se disimulan algunas de las influencias literarias— heterogéneas, como no podía ser de otra forma en una poesía que juega de forma desinhibida con el eclecticismo— que a lo largo de los años ha ido atesorando: Kafka, Leopardi, Borges, Lorca, Wallace Stevens, Baudelaire, Wordsworth o, como percibimos en el poema titulado «Historia de la poesía», Auden y Kavafis. Un estudio asistemático, impreciso, porque «No nos engañemos. El mundo/ es un espejo que devuelve su propia imagen. Dirán/ Que son asuntos personales, hablarán de esto y aquello,/ Pero sólo intenta ser lo que es».

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