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JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA. EFÉMERA. COLECCIÓN WASABI. TAHARA EDITORIAL, 2016

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) encarna como nadie eso que se ha dado en llamar letraherido, pero no porque sea un devoto incondicional de la letra impresa, que lo es, sino porque concibe la literatura como una actividad indisolublemente ligada a la vida, hasta tal punto que, a veces, pareciera que la experiencia vital sólo adquiere consistencia cuando se transforma en escritura. Este impulso que nace sin lugar a dudas de una particular manera de ser, de una forma concreta de contemplar el mundo, de una relación con el prójimo y, sobre todo, consigo mismo a la vez beligerante e indulgente ha producido un excelente conjunto de obras, tanto en el género poético como en el de la prosa, que conforman una de las trayectorias más brillantes de nuestras letras, una trayectoria no tan conocida como se debiera, pero que, tarde o temprano, colocará a su autor en el lugar de honor que merece. «El tiempo —escribe Felipe Benítez reyes en el prólogo a Casa en construcción, una antología poética publicada en 2008— nos ha dado la rotundidad de esa voz y el exacto perfil de ese personaje. Una voz inconfundible, un personaje convincente». José Manuel Benítez Ariza da cauce a sus reflexiones epistemológicas y a sus enormes dotes de observador a través de la poesía, pero un inclinación similar alienta su obra en prosa, prosa convertida en novela o en dietario o en ese género no del todo delimitado que es el aforismo (brevedades las llama nuestro autor, para quien «la brevedad no es tanto un requisito como un hallazgo»). Incluso, me atrevería a decir, que su labor de crítico se erige bajo los mismos parámetros. Con su lucidez habitual, Benítez Ariza se muestra esquivo con el afán taxonómico que nos apremia en los últimos tiempos, denuncia la «prodigalidad de algunos» y reivindica el mero ejercicio de la escritura sin necesidad de ajustarla a priori a unas convecciones estilísticas determinadas. El aforismo posee ya una larga tradición en nuestras letras pero resulta innegable que en los últimos tiempos esa prodigalidad de la que habla Benítez Ariza está cerca de convertirse en una pandemia. Tal vez una de las razones fundamentales de ello sea su brevedad, la condensación del mensaje, algo que determinadas redes sociales imponen como norma (los famosos 140 caracteres), pero no se nos oculta que, en demasiadas ocasiones, se considera el aforismo —algo similar pasa con el haiku— un género fácil. ¿Quién no se encuentra capaz de reflexionar sobre un acto en concreto y de establecer las asociaciones más disparatadas buscando una ya imposible originalidad? Acaba uno por preguntarse después de sufrir algunas lecturas. Pues bien, la cosa no es tan sencilla, ni mucho menos. Como bien dice Benítez Ariza, no se puede confundir al aforista verdadero con el meramente ingenioso, por eso las reflexiones a las que antes aludíamos deben concretarse en una escritura enigmática, sí, pero no críptica.

Muchos son los temas que frecuentan esta páginas de Efémera. El autor los ha agrupado en tres secciones, «El puñal de Tarzán», «La lluvia del revés» y «Señora», aunque creo que algunos fragmentos podrán sin merma laguna formar parte de más de una sección. Son muchas, por otra parte, las sentencias que uno podría hacer suyas y no puedo transcribirlas todas (tendría, prácticamente, que reescribir el libro), pero no me resisto a dejar aquí algunas como muestra con la esperanza de que despierten la curiosidad del futuro lector: «Frente a lo gregario espeso, la soledad transparente» (con un sonoro eco juaramoniano), «Signo de indiferencia por antonomasia: ver llover. Pero a ver quién acierta a hacerlo sin que se le moje por lo menos la mirada», «Conozco a algunos que, además de tener una intensa vida social, encuentran tiempo para escribir. No quiero pensar a qué se lo quitan». Yo, por mi parte, no quiero pensar en lo mucho que se perderán quienes no lean Efémera. Libros como éste le reconcilian a uno con la literatura y al lector que uno es le gustaría que también le reconciliaran con el ser humano, aunque esto, claro, es ya un asunto que sobrepasa las medidas del escritorio y se halla fuera de la influencia de las musas.

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