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CAROLYN FORCHÉ. EL PAÍS ENTRE NOSOTROS. TRADUCCIÓN DE ANDREA RIVAS. VALPARAÍSO EDICIONES, 2016

Vilipendiada y admirada al mismo tiempo, la poesía política y social, la poesía de compromiso sigue teniendo vigencia en estos momentos tan convulsos en los que la violencia y la injusticia, entre otros muchos ultrajes, todos execrables, se han cebado aún con mayor contundencia en los más débiles. El país entre nosotros habla de El Salvador, pero este país funciona a modo de símbolo (por supuesto, sin menospreciar el dolor y el sufrimiento particulares) porque las atrocidades poetizadas y denunciadas al mismo tiempo son válidas para Siria, para Lampedusa, para los crímenes de los carteles mexicanos o los del llamado Estado Islámico, para el terrorismo o para esa otra forma más sofisticada de aniquilación que es la exclusión económica (desempleo, desahucios, marginación social) y el trato humillante a los emigrantes. Carolyn Forché parece tenerlo meridianamente claro y, por eso, despliega todo su arsenal dialéctico para mostrar la cara más cruel de la realidad (en esto nos recuerda al poeta británico James Fenton y su libros Memoria de la guerra y Niños en el exilio) y, para hacerlo, se pertrecha con las armas de un lenguaje coloquial y directo, se viste con los harapos del mendigo, se pone en la piel del torturado. Por supuesto, hay otras maneras de denuncia, otros lenguajes más simbólicos capaces de trasmitir esas tragedias, pero no sé si poseen la misma capacidad de llegar al fondo de los hechos o si, por el contrario, se instalan en las afueras del conflicto, en la intencionalidad de un yo que actúa sólo como testigo, no como víctima solidaria. En cualquier caso, Carolyn Forché (Detroit, 1950) es una autora con una fuerza de convicción indiscutible que tiene un bagaje poético si no muy amplio, sí determinante (Gathering the Tribes, 1967 —quizá el más autobiográfico de sus libros; The Country betwen Us, 1982; The Angel of History, 1994 y Blue Hour, 2004). En sus libros ha sabido mezclar lo personal con lo político (sí, el viejo eslogan feminista sigue vigente) y dar testimonio de los acontecimientos de los que ha sido testigo. Suele encuadrarse su poesía dentro de lo que se conoce como «poetry of witness». En Against Forgetting: Twentieth-Century Poetry of Witness (1993), una antología que reúne a poetas que han escrito en condiciones extremas, Forché afirma que «Estamos acostumbrados a las categorías más cómodas: distinguimos entre poemas ‘personales’ y ‘políticos’ … La distinción … da a la esfera política a la vez demasiado y demasiado poco espacio; al mismo tiempo, convierte lo personal en demasiado importante y poco importante. Si renunciamos a la dimensión de lo personal, corremos el riesgo de renunciar a uno de las zonas más significativas de resistencia. La celebración de lo personal, sin embargo, puede indicar una miopía, una incapacidad para ver cómo las estructuras más grandes de la economía y del estado restringen, si no determinan, el frágil reino de lo individual».

La escritura de El país entre nosotros se fraguó en el viaje que Carolyn Forché realizó a El Salvador como miembro de Amnistía Internacional auspiciado por una beca Guggenheim, cuando el país estaba inmerso en una guerra civil devastadora. Allí fue testigo de hechos atroces e inhumanos que su poesía no ha podido soslayar. El despertar de una conciencia social, del compromise con las víctimas del terror no ha hecho más que crecer desde entonces. Como ha escrito un critico norteamericano, su poesía es «una poesía de la disidencia ecrita por una poeta indignada». La escritura posee sus propios tiempos, sule rehuir la inmediatez porque las experiencias necesitan sedimentarse en la memoria, atravesar esos filtros que otras experiencias van intercalando en el recuerdo y sólo cuando se convierten en algo inevitable dejan su huella en la página. Carolyn Forché regresa a El Salvador diez años después. Y así, en tercera persona, lo testifica: «Ella había venido/ para encarnar la memoria de una poeta/ cuyo cuerpo nunca fue encontrado. ¿Había cambiado? Era diferente. En El Salvador nada ha cambiado». No cabe ninguna duda, además, de que Forché sabe convertir lo particular en universal, da lo mismo que hable de un lugar o de una situación concretos, lamentablemente sus palabras son eco de otras palabras que lamentan hechos similares en El Salvador, en los campos de concentración soviéticos, en la España de la dictadura, en el Holocausto, en Nicaragua o en Serbia, aunque su propio país, Estados Unidos no se salve tampoco de una severa crítica. En la terecera parte del libro, la titulada «Nosotros mismos o nada» Forché enumera algunos de los lugares de más triste recuerdo: «Veo tras eso que está perdido/ y las fosas comunes de los muertos del siglo/ se abrirán en las horas de tu amanecer:/ Belsen, Dachau, Saigon, Phom Penh/ y aquel significativo Bridge of Ravens,/ Sao Paulo, Armagh, Calcutta, El Salvador,/ aunque estos no son los mismos». Como nop´dia ser de otra forma. El lenguaje es muy directo, descriptivo, sin apenas metáforas, puramente enunciativo, quizá la forma más explícita de servir al fin ultimo de esta poseía, dejer testimonio del horror, denunciar la crueldad del ser humano, aunque Carolyn Forché no se engaña, es muy consciente del lugar privilegiado desde el que escribe, como testigo, no como victim, por eso los versos finales del libro reconocen este desequlibrio: «Hay una malla ciclónica entre/ nosotros y la massacre, y tras ella/ nosotros flotamos en un mundo protegido como/ oeecs en redes, justo como peces en redes./ O es el incio o el fin/ del mundo, y la opción es o nosotros mismos/ o nada». La traducción incurre muchas veces en la literalidad, transcribiendo costrucciones que carecen de sentido, o lo pervierten, en español, pero eso no resta un ápice para que esta poesía provoque una especie de sarpullido emocional difícilmente mitigable.

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