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ÓSCAR DÍAZ. EL SENTIR. POEMILLAS DEL AHORA. COLECCIÓN TIERRA. ISLA DE SILTOLÁ, 2016

La precocidad de algunos poetas, cuando va unida al rigor y a la conciencia del oficio, no deja de sorprendernos y causarnos admiración. Este es el caso de Óscar Díaz, un joven poeta asturiano que, pese a no haber cumplido aún los veinte años, puede presumir ya de haber publicado varios libros, algunos de ellos con premios significativos dentro de la poesía joven, como lo es el Premio Félix Grande, obtenido el pasado año. Su convencimiento, su pasión poética le ha conducido a colaborar con diversas revistas y publicaciones, además de promover encuentros poéticos, todo ello compaginado con sus estudios de Filosofía. Sin duda, un caso —no es el único, por supuesto— llamativo de devoción y de esfuerzo creativo.

El sentir. Poemillas del ahora, el libro que acaba de aparecer en la editorial La Isla de Siltolá, editorial atenta como pocas a las nuevas voces poéticas, refleja desde su mismo título la perentoriedad de la poética que lo sustenta, lo que prueba una vez más la clara conciencia del oficio que posee Óscar Díaz. Estos poemillas del ahora tienen un presente inmediato, acaso sustentado también en un pasado reciente, pero, seguramente, no tendrán un después, un futuro ni siquiera cercano, más allá del recuerdo anecdótico del propio autor y esto, en sí mismo, no es un lastre, es consecuencia sólo, como he dicho, de una toma de conciencia que constata que los ejercicios de estilo son necesarios para adquirir la destreza que se ansía. Por otra parte, esta práctica de hacer dedos pronto encontrará un cauce expresivo amoldado no sólo a la técnica, sino a la intuición, hasta conseguir que surjan las «palabras de mi sentimiento íntimo», como decía Larkin. Sólo así la imitación se convertirá en apropiación.

En El sentir. Poemillas del ahora la frontera entre una y otra aún no está muy definida. El libro, en su primera parte, parece remitir desde los títulos de los poemas, no sin cierta ironía, a ciertos hábitos de la poesía culturalista. Largas descripciones que acotan las referencias tanto temporales como sentimentales del asunto tratado. Los versos, sin embargo, parecen más un pastiche de ese culturalismo tan de moda en una época y, posteriormente, denostado incluso por sus más conspicuos artífices. Da la impresión, por su particular retórica, de que Óscar Díez busca referencias en las zonas más lejanas de nuestra tradición, desde las jarchas o el Cantar de Mio Cid, desde el Romancero y Fray Luis hasta nuestro Siglo de Oro. Basta prestar atención a la querencia que el poeta revela por el adjetivo insólito —de hecho, muchos de ellos casi en desuso—, al hipérbaton frecuente, a los anacronismos (los poemas «Los talares de Mercurio», incluido en la segunda parte, y «Una idea encendida hacia la histeria de una visión breve», de la sección final, son un ejemplo entre muchos de lo que digo), hasta el punto de que acabamos sospechando que el poeta otorga mayor importancia a la sonoridad de la palabra que a sus múltiples significados («Antes quiero aposento, larga música/ que conquiste el fruncido/ cuartel de nuestro saldo»). Sólo es una sospecha, claro está, porque también advertimos que la recuperación de unas formas y lenguajes que son parte de nuestro patrimonio poético se puede entender como una vuelta de tuerca para hacer de la realidad un lugar menos superficial, con más aristas, con mayor hondura. Esos significados ocultos por resultar esquivos pueden aparecer, en virtud del uso primoroso del lenguaje, entre los pliegues de las yuxtaposiciones semánticas, del «paseo nocturnos del hombre» por el filo mellado de la cotidianidad. Un lector atento será capaz de averiguar el lugar exacto en el que hallarlos.

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