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ERNESTO KAVI. LA LUZ IMPRONUNCIABLE. PREFACIO DE YVES BONNEFOY. POESÍA SEXTO PISO, 2016

La colección de poesía de la editorial Sexto Piso sigue apostando fuerte por autores con una personalidad muy definida, alejados de las corrientes más transitadas tanto de la poesía en lengua española, como es el caso del mexicano Ernesto Kavi más conocido entre nosotros como traductor (Baudelaire, Leopardi, Bonnefoy o Campana) y ensayista que como poeta, como de al universal. Nacido en Ciudad de México en 1981, Kavi ha realizado estudios de Literatura, Filosofía e Historia del Arte en diversas universidades americanas y europeas, lo que le ha llevado a vivir en ciudades como Salamanca, Barcelona, Florencia, Venecia, Budapest, Viena o La Habana. Actualmente reside en París.

La poesía de Kavi se inserta en esa fecunda —al menos en nuestro idioma— tradición de la poesía mística, de una poesía que tiene como fuente de inspiración lo inefable, aquello que se resiste a ser nombrado con la palabra utilitaria y busca ser dicho a través de aproximaciones, de indagaciones, de catas en el propio ser y en las entrañas del lenguaje, por eso en su escritura se acoge al amparo de la luz, de la claridad —una claridad cegadora en muchos casos— como guía para adentrarse en las tinieblas de los significados y sólo a través de la confianza que le otorgan sus credenciales puede lograrlo. Yves Bonnefoy, en el prefacio escrito para la ocasión expresa algo que nos parece cardinal para entender la poesía de Kavi: «Las palabras de la poesía son creadoras de un mundo infinitamente concreto, necesariamente natural, donde el poeta quiere vivir. Por eso, los verdaderos poemas son menos una red de significaciones que la promoción de ciertos grandes vocablos que adquieren sentido y valor unos junto a otros: es lo que podríamos llamar una inteligencia existencial»

Doce cantos más una «Coda» final componen este libro que, desde los versos iniciales, se inscribe en la antigua relación que mantienen el dolor y el conocimiento: «Todo el saber/ es dolor todo/ el conocimiento/ llanto», por lo real, la tragedia de la realidad se impone a la conjetura que trazan los deseos. Dentro de este contexto en el que las cosas se manifiestan con arbitraria crueldad, existe, sin embargo, un tiempo para la reconciliación, para la mudanza, para la dicha: «Para todo/ hay un tiempo/ pero la dicha del hombre/ no tiene fin». A pesar de la violencia, a pesar de las tinieblas y la desolación, todavía hay esperanza, todavía cabe la posibilidad de redención, parece sugerir Ernesto Levi, aunque esa esperanza no logra consolidarse y sufre continuos variaciones. Hay múltiples altibajos emocionales que hace fluctuar la escritura hacia polos contrarios: «Me enfurecí contra la vida/ porque todo como un fruto/ se pudre/ bajo el sol todo/ es vano viento/ que devora el viento» o «Bajo el sol/ hay bondad/ frente a la luz sólo basta/ abrir los ojos». La particular ordenación de los versos —imposible de reproducir en este comentario— contribuye también a crear una sensación de vértigo, de desasosiego, de inestabilidad propias de un alma desconcertada. Siguiendo a san Juan de la Cruz, Kavi se pregunta en el «Canto VII» «¿qué le harán los amores/ al que se encuentra en el alma vulnerada?». Las huellas del santo también son visibles en el canto duodécimo, que comienza con estos versos: «Bebe besos de la boca/ de tu amado/ antes de que llegue/ la desdicha» y que es una especie de compendio de esos altibajos emocionales de los que hablamos más arriba.

Dante, ángel tutelar de estos cantos, asume también la misma función en la «Coda», que lleva como epígrafe estos versos del Purgatorio: «D’antico amor sentí/ la gran potenza». Una presencia innominada —el amor, con toda probabilidad— es entrevista entre las tinieblas y la luz («Voy por las transparencias como un ciego», escribía Octavio Paz.). La incertidumbre que genera esa invisibilidad queda en evidencia en la suma de interrogaciones que componen el poema. Quien pregunta delata la perentoriedad de sus creencias y parece apelar al lector para que éste se adentre por el claroscuro de su propia conciencia en busca de afinidad y complicidad. El profundo estremecimiento que sacude al autor de La luz impronunciable puede ser contagioso porque, como asegura Gadamer «Un poema es siempre un diálogo, porque mantiene constantemente la conversación con uno mismo». Esta forma de asumir su incapacidad para comprender la totalidad de lo real es la que encontramos en Ernesto Kavi. La alternancia entre certidumbre y desconfianza es también la nuestra.

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