TONY HOAGLAND.

ALBORADA

La luna está bajando, inocente y pálida como una oblea

disolviéndose en la boca de un católico,

 

y aquellas primeras aves de alto vuelo de la madrugada

eran sólo ligeramente visibles, como una imagen revelándose.

 

Frente al escenario, el gallo que alguien conserva ilegalmente

en la ciudad canta su magnífico cacareo,

 

una bendición, quién sabe, quizás un niño

recién concebido en el cuerpo de una mujer.

 

Tanta tranquilidad —los vecinos no han comenzado la lucha

todavía, ni sus ruidosas carcajadas de hiena.

 

Es tranquilo como un campo de golf en Jerusalén,

recordando cuando era un prado.

 

Y todavía nos amamos, de una manera que nos hace tolerantes,

alertas, tal vez de forma un poco superficial

 

pero nos vamos haciendo viejos.

Ven aquí, querido,

 

y pon tu mano sobre mi cabeza

y dime si crees que esto es un tumor.

 

Versión de Carlos Alcorta

Anuncios