copenhague

COPENHAGUE HUELE A PARÍS. POESÍA DANESA CONTEMPORÁNEA. TRADUCCIÓN DE DANIEL SANCOSMED. EDICIÓN BILINGÜE. NÓRDICA LIBROS. 2016

 Lo primero que uno se pregunta al tener este libro entre las manos es de dónde proviene una frase tan desconcertante para titular una antología de poesía. Una lectura atenta pronto despejará las dudas. Procede de un poema de Pia Juul: «El dulce miedo cuando/ Copenhague huele a parís». Despejada esa duda, Daniel Sancosmed, autor de la traducción y de la selección de los poetas escogidos, nos da en el prólogo algunas claves sobre los derroteros por los que navega la poesía danesa actual, una información breve pero imprescindible para comprender mejor una poesía tan desconocida en nuestros lares (salvando tres o cuatro nombres que han sido traducidos con cierta frecuencia, como Henrik Nordbrandt o Inger Christensen), al menos para este lector.

Toda antología debe marcar unas coordenadas que justifiquen sumas y restas, presencias y ausencias. «Era obligatorio elegir —escribe el prologuista—. Además de Inger Christensen y Michael Strunge como puntos de partida. Para el resto de autores, cada uno con su estilo, existen dos tendencias diferenciadas en la poesía de este siglo: la centrallyrik, donde la voz del sujeto poético es una autoridad y el centro unívoco del universo poético, y la interaktionslyrik, donde la autoridad del sujeto poético es atacada y cuya relación interactiva es influida por otros contextos sociales». De la docena de nombres seleccionados, Christensen y Strunge han fallecido hace ya algunas décadas, aunque su influencia no ha dejado de crecer, cada uno en su ámbito de proyección estética. Soren Ulrik Thomsen y Pia Tafdrup, ambos nacidos en la década de los cincuenta, «forman parte de la generación de los ochenta» que posee unos rasgos comunes, como la predilección por asuntos urbanos, por el cuerpo como lugar de reflexión («Perdón por ver tus huesos antes que la carne,/ la carne antes que el vestido/ y el vestido antes que tu mirada en vilo…», escribe Thomsen), «por la noche y el punk».

Pia Juul (1962), Thomas Boberg (1960), Niels Frank( 1963) y Morten Sondergaard (1964), prácticamente contemporáneos de los anteriores, han seguido, sin embargo, caminos personales. En Juul «se funden el humor y la inquietud, la seriedad y la ironía, e incluso la melancolía y el cinismo». En Frank resulta más evidente el sesgo autobiográfico: «El problema, dices, es que no te ves a ti desde fuera y, joder, él/ cree en la densa oscuridad matutina con el camión de la basura/ y el crujido del repartidor de periódicos junto a la puerta».

A otra generación pertenecen los nacidos en la década de los setenta, como Ursula Andkaer Olsen (1970), que, como informa el traductor y prologuista, «dialoga con el mundo que la rodea con un estilo que interioriza la sociedad y a su(s) lengua(s) y la devuelve al mundo con una sorprendente originalidad que a veces roza el surrealismo». Los poetas más jóvenes —Asta Olivia Nordenhof (1988), Jonas Rolsted (1980), Martin Glaz Serup (1978)— utilizan el yo no como un punto de vista sobre el que gira el mundo, sino como un fragmento de esa visión general que simultanea la evocación personal con los acontecimientos cotidianos. Lo biográfico está presente, pero tratado con la suficiente ironía como para que, a través del distanciamiento que produce, se exponga con la máxima neutralidad posible: «Un hombre corta una rama con bayas de un árbol y está esperando con paciencia su escalera hasta que yo haya pasado, el rostro consigue cambiar de parecer, antes de que él la vuelva a tirar al asfalto», escribe Jonas Rolsted, en un poema en prosa que por momentos nos recuerda a las enumeraciones caóticas que intentan transgredir el concepto lineal del tiempo. Sancosmed menciona la aparición de Internet como una influencia determinante en la poética de estos jóvenes poetas. No podemos saber hasta qué punto llega dicha influencia, pero no dudamos, a tenor de lo que ha ocurrido en nuestro país, de que el modo de relacionarse con el mundo ha cambiado de forma casi inimaginable hace tan sólo dos décadas y, como consecuencia de ello, la actividad humana, cualquiera que esta sea, no ha podido sustraerse a tal influjo, y la poesía, menos que ninguna. Como lector, sin embargo, uno de los aspectos que más me ha llamado la atención, porque se manifiesta en la mayoría de estos poetas, desde Inger Christensen hasta Moren Sondergaard es la frecuencia con que se reiteran las alusiones de carácter sexual —el mito de la liberación sexual nórdica se consolida en este lenguaje desinhibido— y el vocabulario escatológico utilizado, quizá porque, como escribe el propio Sondergaard, «En Dinamarca se tienen los orgasmos más felices y se dan los besos más felices».

Copenhague huele a París es una magnífica antología que deja al lector con un regusto agridulce. Si alguna premisa debe cumplir una antología, es la de difundir y proporcionar las herramientas para ampliar esa difusión, y esta lo cumple sobradamente. La variedad de las poéticas que se ofrece es digna de agradecer, aunque quizá peca de poca representatividad. Son muy pocos poemas para tan extensa obra, sobre todo en los poetas mayores. Por otra parte, muchos de los poemas antologados pertenecen a las primeras épocas creativas de cada autor, otros a la últimas. El salto temporal entre unos y otros es demasiado amplio. Es un reparo menor que no empaña en nada el placer que ha supuesto leer esta antología de poesía danesa contemporánea. Una poesía poco conocida (salvo algunos nombres, como decíamos al principio de este comentario) que se encuentra entre lo mejor de la poesía europea contemporánea y que abre el camino a quien desee conocer con mayor hondura a sus poetas predilectos.

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