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RICHARD BLANCO. EN BUSCA DEL GULF MOTEL. TRADUCCIÓN DE EDUARDO APARICIO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2016

La fama de Richard Blanco (Madrid, 1968) se extendió hasta nuestro país gracias a que fue nombrado «poeta inaugural» para la segunda investidura de Barack Obama, acto en el cual leyó el poema «One today». No es de extrañar. Generalmente la poesía adquiere notoriedad cuando trasciende su propio ámbito. Se da noticia entonces de tal o cual peculiaridad del poeta o se resaltan las posibles controversias que puedan provocar los poemas. De poco sirve denunciar estas perversiones informativas (Como dice P.D. James por boca de unos de sus escépticos personajes: «Qué importa lo que guía el interés con tal de que sea interés?»). Lo accesorio, lo espectacular, lo llamativo se imponen por goleada a lo esencial, a lo extraño, a lo personal. En este asunto y en otros muchos. Al menos, en el caso que nos ocupa, ha servido para que, de la mano de Valparaíso Ediciones, su poesía llegue al público lector de este lado del océano, a nuestro país, porque, a pesar de que su ciudad de nacimiento sea Madrid, Richard Blanco es un poeta norteamericano que escribe fundamentalmente en inglés. Su nacimiento en España fue meramente circunstancial. Su familia, de origen cubano, como constataremos al leer muchos de los poemas de En busca del Gulf Motel, se trasladó primero a Nueva York y, después, a Miami al poco tiempo de nacer el poeta (tenía sólo 45 días) y en esta ciudad, entre exiliados cubanos, adquirió su educación sentimental. Por supuesto, las particularidades de esta zona geográfica han influido de manera notabilísima en la construcción de su identidad, en el reconocimiento de sus orígenes cubanos, en un sentimiento de pertenencia que se ha ido incrementando con el paso de los años y que, quizá, la lejanía (el poeta vive desde hace alguno años en Bethel (Maine) ha contribuido a consolidar. Su reciente libro de memorias de infancia, El príncipe de los Cocuyos. Una infancia el Miami así parece atestiguarlo.

En busca del Gulf Motel es el tercer libro del poeta y ha sido galardonado con los premios Thomas Gunn, el Paterson de poesía y el Literario correspondiente de poesía de Maine (su primer libro, City of a Hundresd Fires, publicado en 1998. obtuvo el Premio Agnes Lynch Satter, el segundo, Directions to the Beach of the Dead, publicado en 2005 recibió el Premio Beyond Margin del PEN American Center). Este tercer volumen está dedicado a su madre, una presencia tutelar en su vida que adquiere especia relevancia en un tipo de escritura como ésta, de marcado carácter confesional, en la que los conflictos identitarios, culturales, sociales o de naturaleza sexual se muestran con toda crudeza (crudeza no exenta de ternura, por otra parte). El poema inicial, de igual título que el libro completo, habla de unas vacaciones a las que las estrecheces económicas no han logrado robar el encanto que la memoria contribuye a mitificar. Ahora, treinta años después, el poeta conduce por Collier Boulevard, «en busca del Gulf Motel, en busca de todo / lo que debería todavía ser…pero ya no es». El poema es el único instrumento capaz de rescatar aquellos momentos del pasado en toda su intensidad, como si las palabras poseyeran una fuerza magnética capaz de hacer retroceder las manecillas del reloj. La melancolía, sin embargo, acaba imponiéndose porque el poeta toma conciencia de la imposibilidad de reconstruir fielmente la experiencia: «Mi hermano debería todavía jugar al parchís conmigo,/ mi padre debería todavía estar vivo, abrazado a mi madre/ en un baile lento en el balcón de puertas corredizas de cristal/ del Gulf Motel».

Como hemos señalado, los conflictos identitarios han marcado su infancia: nacido en España, es decir, no del todo cubano, pero estadounidense al fin y al cabo, por eso traslada su nombre a su versión inglesa. Richard y no Ricardo. Subyace un intenso deseo de integración en la comunidad nativa, de ascendencia anglosajona, aunque eso conlleve disimular su herencia hispana («Me gustaría creer que he decidido cada detalle de mi vida,/ pero soy consecuencia, una gota de lluvia,/ una semilla caída aquí por casualidad.// En medio de una historia que desconozco, / y que me toca completar y llamarla mía». La pretensión de ser igual a los demás, impulsado por un ansia de pertenencia a un grupo, es propia de la infancia. Con el paso de los años, sin embargo, más adulto y también más racional, la lucha por ser diferente a los otros se convierte en un objetivo primordial para aquellas personas que reclaman su propio lugar en el mundo («Yo pensaba —escribe Blanco— haber cortado/ con Cuba, cansado de llenar los espacios en blanco,/ pero ahora no sé»). La descripción pormenorizada de los hechos propia de la poesía narrativa no se limita a dar cuenta de unas circunstancias concretas. El lector inteligente verá que esa descripción se simultanea con reflexiones de naturaleza más lírica que dejan traslucir emociones y sentimientos como la nostalgia, la amistad, la fidelidad a una forma de vida que cambia de forma inexorable o el amor maternofilial: «Todo lo que soy todavía está aquí,/ sentado con mi abuelo en sillas del jardín/ mirando púrpuras puestas de sol y las nubes de tabaco diluyéndose en el viento…».

En la segunda parte del libro hay dos asuntos que se elevan por encima de los que hemos visto hasta ahora, se trata, en primer lugar, de la orientación sexual. Desde el primer poema, «Jugando a las casitas con Pepín», cuyos dos primeros versos transcribo: «Él es el hombre de la casa y yo soy Beba,/ aunque ya me han advertido que no lo sea» se intuye — gracias a las alusiones sexistas— la hostilidad del entorno familiar —por tradición, muy machista— hacia una forma de comportamiento sexual que rompe las barreras del convencionalismo y se siente diferente. De una forma u otra, la mayoría de los poemas aluden a ello, pero, sin duda, el más significativo de todos ellos es el titulado «La teoría queer: según mi abuela». Para no parecer un marica a los ojos de los demás debe cumplir una serie de condiciones que su abuela le detalla con severidad. Está prohibido hablar de obscenidades. No se pueden romper los roles ni contravenir las reglas comúnmente aceptadas sin sufrir las consecuencias: «No me vas a estar andando por ahí como un puñetero mariconcito,/ que te he visto, coño…/ aunque lo seas». Debemos tener siempre presente que las palabras dicen mucho más de lo que aparentan, y más en el ámbito poético. La enumeración de actos prohibidos y los consejos subsiguientes están descritos con prolijidad, pero el ritmo es absolutamente lírico y provoca en el lector, en un crescendo semántico, sea por complicidad o por desacuerdo, una fractura emocional agónica, conflictiva. El segundo tema fundamental de esta parte tiene que ver con la presencia/ausencia de seres queridos, como el padre o el compañero. Poemas como «Papá en la mesa de la cocina» y «Mi padre, mis manos», tienen al padre como protagonista. En «Matar a Mark», «Más fuerte que la patria» (uno de los poemas más intensos de un libro como este, lleno de poemas memorables) o «Poema de amor según la teoría cuántica» es su pareja el trasunto de los versos y de las emotivas reflexiones sobre el amor a que da lugar.

Llegamos a la tercera sección de En busca del Gulf Motel. La memoria pone en escena, en estos poemas, recuerdos y situaciones de un pasado reciente en una especie de sortilegio vital que tiene como propósito inmortalizar no un hecho en sí mismo, sino lo que ha simbolizado en una mente que ha infringido, durante la búsqueda de sí mismo, normas o leyes casi inmutables. Parece como si Richard Blanco estableciera una conversación con el espíritu de su madre o entonara, en otras ocasiones, un acto de contrición movido por cierto remordimiento puntual: «Camino por le sendero de rosas sabiendo que/ algún día mi madre va a morir y yo también/ caminaré por su casa imaginándome/ sus pensamientos esos años, cuando vivía sola». Ese reconocimiento de los orígenes, de un concepto ancestral de familia es, además, el que subyace en los poemas dedicados a las tías, a una prima, a su abuelo o a sí mismo, en la infancia: «… y recuerdo esos días cuando/ todavía soy un niño en esta playa, deseoso de atrapar/ una gaviota, un pececito plateado en mi mano ahuecada,/ de construir un castillo de arena perfecto». La capacidad evocadora y la fluidez discursiva son, posiblemente, las dos características que mejor definen estos poemas, poemas como estampas de una biografía que se va construyendo a medida que la escritura despliega toda su capacidad de ficción, porque imaginación y realidad son ingredientes que necesita la historia íntima, la intrahistoria unamuniana para convertirse en poesía, y este libro está plagado de pequeños fragmentos no necesariamente sujetos a un orden cronológico que completan el rompecabezas de una vida.

 

 

 

 

 

 

 

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