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AÑOS DIEZ. REVISTA DE POESÍA. NÚM. 3. EL LUGAR DEL POETA. POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XXI. CUADERNOS DEL VIGÍA

Aunque no todas las colaboraciones poseen el mismo calado ni la misma intención indagatoria—algo habitual por otra parte y, me atrevo a decir, hasta recomendable en este tipo de publicaciones periódicas—, la mayoría de los trabajos que presenta este esmerado número de la joven revista Años Diez, dirigida por Juan Carlos Reche y Abraham Gragera no tiene desperdicio, hasta tal punto que es muy posible que algunos de ellos se conviertan, con el paso del tiempo, en referencia obligada en cualquier futuro estudio de la poesía de las primeras décadas del siglo XXI. En la declaración de intenciones que a la postre es cualquier nota editorial, los editores afirman, intentando definir el lugar del poeta en el siglo XXI: «Desde que con el nuevo siglo desaparecieron de nuestro panorama literario las tendencias dominantes y, con las nuevas voces de los poetas nacidos a finales de los sesenta, en los setenta y en los ochenta, el paisaje se volviera demasiado complejo y rico como para simplificarlo, numerosas antologías y estudios crítico no han dejado de ofrecerse como guías de lectura en el mejor de los casos, o como plataformas promocionales en el pero. En Años diez pensamos que la falta de estéticas dominantes no es un mal en sí mismo ni el reflejo de un periodo de transición. A nuestro juicio, la variedad, que siempre ha existido, es ahora más evidente y necesita lectores y críticos que sepan apreciarla. Aunque variedad, diversidad, no significa ausencia de rasgos comunes ni es garantía de calidad». Si transcribo un texto tan amplio es porque desde este foro venimos defendiendo propuestas muy similares a las aquí expuestas y no conviene disfrazar esta evidencia con paráfrasis o circunloquios, aunque en la propia revista, al menos en el número que nos ocupa, algunas tendencias notables dentro de esa variedad estética a la que se ha hecho mención no esté aún muy presentes.

«¿Cómo hablar de la poesía hoy? ¿Desde qué perspectiva?», se pregunta Juan Carlos Reche en el artículo inicial, titulado «El cometido del poeta». «Es hora de preguntarse —continua diciendo Reche— sobre el cometido y el lugar del poeta en la actualidad, sobre el propósito de su obra y su visión del mundo». Efectivamente, ha llegado el momento —con toda franqueza, habría que haberlo hecho mucho antes, aunque nunca es demasiado tarde— de obviar trayectorias construidas a base de influencias editoriales, de premios adulterados, de amiguismos críticos, es hora de analizar al poeta por lo que es, por su obra y por la incardinación de ésta en el tiempo en el que vive. La «visión de la poesía basada en la hegemonía de las estéticas, en el ninguneo de lo no afín, y no en el valor de las propuestas, se ha convertido en uno de los mayores lastres que la poesía ha acarreado en las últimas décadas, y de la que aún o ha logrado desprenderse del todo», afirma Reche unos párrafos más adelante. Su artículo no carece de valentía. Pone los puntos sobre las íes sobre determinados maximalismos que críticos y exégetas han difundido con el único propósito de mantener la hegemonía ideológica, es decir, los resortes en los que se sustenta el poder (aunque hablemos de poder poético, algo cercano al oxímoron, no cabe duda de ejerce como tal y se sitúa en los aledaños de otros poderes más efectivos). No cabe duda de que alrededor de la poesía, aunque a algunos les resulte difícil de creer, pululan muchos oportunistas movidos por prebendas sociales, por recompensas económicas, por sinecuras, por cargos institucionales. La poesía, para muchos, se ha convertido en un trampolín capaz de impulsar a ciertos individuos hacia altos menesteres, y este comportamiento no es patrimonio de una determinada corriente estética, se trata, más bien, de una pandemia, prácticamente nadie está libre de contagiarse. Además, Reche exige una mayor comprensión de la realidad por parte del poeta, del referente, reclama más responsabilidad al sujeto que se muestra a los demás como dueño de una interpretación personal del entorno y de la historia. «Para una poesía digna —acaba diciendo—, útil, no mediocre o vacua, el referente ha de saber leer el contexto y anticiparse a él, hacerse cargo de otra temporalidad, poner orden en la connotación, aportar material para que el código acuñe los símbolos del presente», un presente inestable del que el poeta, portador ahora de una identidad en permanente conflicto, ha de ser no sólo testigo, sino protagonista principal de un presente que se enfrenta al futuro sin renunciar al pasado.

En este último aspecto abunda el artículo de Pere Ballart, «Mezquitas que eran fábricas o el poder transformador de la poesía», en el que afirma que «realista o simbólica, literal o figurada, es al final la palabra soberana del poeta la que decide transformar más o menos una realidad que está siempre al principio y al final de todo proceso». Menos historicista, con un carácter más filológico, más interesante para ese lector que también es poeta, resulta el artículo de Lorena Ventura, para quien «La poesía es figura: lenguaje que ha perdido su transparencia, transgresión sistemática del principio lógico de no contradicción, tiempo convertido en espacio, Y sin embargo: sentido». Una estupenda premisa para todo aquel que conciba la escritura como una fisura radical en la conciencia.

La segunda sección de la revista, «Poética», ofrece poemas de dos de los poetas más innovadores de la actualidad, aunque ambos parten de premisas bien diferentes. Abraham Gragera explicita su poética en los propios poemas, dejando volar las especulaciones, las posibilidades interpretativas que los nueve poemas, tan distintos entre sí, son capaces de sugerir. Juan Andrés García Román esboza una poética antipoética para reivindicar el fervor (nos viene a la mente el título de Adam Zagajewski En defensa del fervor) y denostar la frivolidad y el escepticismo, algo, nos parece, muy loable y controvertido en esta época del corta y pega, del plagio y de la no creatividad transformada en originalidad.

«Parte de la oración» (aquí la referencia a Joseph Brodsky resulta también inevitable), la tercera sección de la revista, incluye trabajos de Guillermo López Gallego («Emisor», de Carlos Pardo («Mensaje»), de Martín López-Vega («Contexto») y Unai Velasco («Código»). Por último, el número se completa con «Las voces y los hechos», conversaciones a dos entre Ana Gorría y Luis Muñoz y entre Álvaro García y David Leo (estos últimos en forma de epístola —de email—en verso) y una selección de poemas de autores como Martha Asunción Alonso, Juan Antonio Bernier, Alberto Carpio, Luis Melgarejo, Maria do Cebreiro, Alberto Acerete o Mariano Peyrou.

Un número excelente que aúna la creación con la reflexión. Como ha escrito Martín López-Vega en su reseña de la revista, «este número de Años diez es un punto de partida excelente para comenzar una discusión sobre qué es y para que sirve escribir poesía hoy, aquí», sobre todo en estos momentos en los que se están publicando tantas antologías, unas de poetas jóvenes y otras de revisión generacional. Muchos de los artículos aquí reunidos servirán para entender mejor el origen y la finalidad de unas y otras.

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