ANTONIO HERNADEZ1

ANTONIO HERNÁNDEZ. VIENTO VARIABLE. CALAMBUR EDITORIAL. 2016

Antonio Hernández nació en Arcos de la Frontera en 1943. Aunque ha consagrado su vida profesional al periodismo, su dedicación a la literatura—ha escrito novela, relato, poesía y ensayo— ha ocupado gran parte de su vida, como queda de manifiesto al enumerar los títulos de su nutrida trayectoria, compuesta por más de 40 libros, entre los que destacaremos, centrándonos en el ámbito poético, los siguientes: El mar es una tarde de campanas (1965), su puesta de largo poética, con el que obtuvo un accésit del prestigioso Premio Adonais. Siguen, entre otros, títulos como Donde da la luz (1978), Diezmo de madrugada (1982), Con tres heridas yo (1983), Compás errante (1985), Indumetaria (1986), Sagrada forma (Premio de la Crítica en 1994), A palo seco (2007), Nueva York después de muerto (Premio Nacional de Poesía y Premio de la Crítica por segunda vez, 2013) y el más reciente, Viento variable (2016), salido del horno hace unas pocas semanas. Con el título Insurgencias, la editorial Calambur publicó en 2010 su obra poética completa. Por la fecha de su nacimiento, Antonio Hernández podría estar encuadrado en los que hemos conocido como «Generación del 68» o de los «Novísimos», sin embargo, su estética pertenece a lo que se ha dado en llamar “Generación del 60”, en la que están integrados también poetas de la talla de Félix Grande, Ángel García López, Rafael Ballesteros, Joaquín Márquez, Manuel Ríos Ruiz o Diego Jesús Jiménez. El poema «Tautología» de Viento variable, que bajo la apariencia de una disculpa esconde, en realidad, un innegable orgullo por sus éxitos pasados y una especie de ajuste de cuentas, no oculta los estragos de la edad, la constancia del deterioro físico y sus dolorosos efectos, para los que la poesía no parece ser el lenitivo adecuado, antes bien, acentúa la sensación de fracaso vital y de resentimiento, como demuestran sus versos finales: «Compréndame en ustedes mismos,/ queridos coetáneos».

La poesía de Antonio Hernández («Para llegar a ser un poeta destacado hay que saber mucho y trabajar mucho. Se nace poeta, es cierto, pero también hay que hacerse. Y esto, normalmente, sólo se consigue a través de mucha lectura y con el paso del tiempo», afirma en una entrevista reciente) comenzó ligada a diversas formas de compromiso, tanto de tipo social como lingüístico, aspectos que no han perdido vigencia en cada uno de sus libros posteriores, como se puede comprobar en el justamente celebrado Nueva York después de muerto, libro que nace de un compromiso personal con uno de sus más queridos maestros, Luis Rosales. Él mismo lo justifica así en un texto preliminar: «mi maestro me dijo un día, antes de dejarlo escrito, que quería terminar su obra con un trilogía titulada Nueva York después de muerto; que en ese texto quería hablar del exilio, del problema de la gran ciudad, de la lucha de clases y de razas así como de otros conflictos que agobian al hombre. Y que lo que representaba para él Nueva York era, grosso modo, la mecanización, el automatismo de la vida, la desigualdad entre distintas razas, el imparable avance del mestizaje…y, obviamente, Federico». El libro narra un encuentro imaginario entre Federico García Lorca, Luis Rosales y el propio Antonio Hernández y tiene como escenario Nueva York. La analogía con la gran ciudad por antonomasia resulta del todo pertinente, porque ese conglomerado de razas, de grupos sociales, de culturas, de idiomas y de creencias se traslada al libro en forma de poemas que manejan los recursos de la narrativa, del periodismo, del cine, del documental o del teatro (en el uso del diálogo). Es, como afirmó el jurado que le concedió el Premio Nacional, una obra «totalizadora, arriesgada y comprometida que recoge la herencia literaria y ecos históricos; un libro que rehumaniza y salva del olvido» y en el libro que hoy comentamos, Viento variable, que contiene un buen número de poemas que podemos encasillar bajo ese epígrafe —poesía comprometida—, como los titulados «Trata de tullidos», «Brigada de trabajo» o «El corazón de las palabras». En ellos, Antonio Hernández, gracias a su dominio versal y lingüístico, logar sortear la tan temida falacia patética, lo que no resulta fácil, porque algunos de los asuntos tratados son propensos a ser tratados con cierta aquiescencia, quizá con la intención de lavar la conciencia.

En Viento variable los lugares evocados son Madrid —el parque del Retiro y algunas calles próximas, como la calle Serrano— y la provincia de Cádiz —principalmente su pueblo natal, Arcos de la Frontera—, sus geografías familiares y cotidianas, aunque la ambición de construir una poesía total que abarque múltiples géneros y artes, no se haya, por ese “localismo”, mitigado, más bien al contrario. El autor explica en una nota previa que el libro está escrito «en la misma estela con una decidida voluntad de autonomía en cada poema y una más diluida propuesta de conjunto, contiene la repetición deliberada de grupos temáticos y emocionales como progresión de nexos alusivos que conecten hacia la síntesis sus varios puntos de vista, contrapuestos como la vida misma del hombre en sus diversos estados de ánimo», estados que tienden, por mor de la enfermedad, hacia la resignación, hacia la renuncia. Quizá el más significativo en este aspecto sea el titulado «Pompas fúnebres», que trasladamos casi completo: «Ebrio de fatuidad,/ redondo de placer,/ pleno de engreimiento,/ me he levantado en posesión/ de la gloria. No había otro/ motivo que el de un premio,/ el que dan unos críticos./ Ya sabía por Tácito/ que la ambición de gloria/ es la última prueba/ que pasa un sabio. / Pero el conocimiento/ no pule la pasión/ aunque sí el logopeda».

Las características de su poesía se pueden concretar, en definitiva, en el gusto por la precisión expresiva —lo que no es impedimento alguno para que el autor practique un lujo verbal de alto calado emocional— por el rigor formal y la fidelidad rítmica a los patrones clásicos. Todo esto da como resultado una intensidad poética poco común, a la que no es ajena la reflexión filosófica, la mirada crítica sobre el entorno y la agilidad narrativa (el poema «Desconcierto en la luz», es un ejemplo perfecto: «unas fugaces nubes mínimas/ que contra el cielo escriben/ con letra de algodón la transparencia/ del misterio»). Estamos hablando de una poesía testimonial que se aferra a la memoria y que tiene en el paisaje de su niñez, de su tierra natal el escenario natural. La crítica ha señalado, además, que la poesía de Antonio Hernández, siendo como es una poesía de impulso colectivo en la que abundan los personajes, está escrita desde un yo omnisciente, «Un yo que da testimonio y que lanza su queja o nos ofrece el mundo conflictivo de su lucha personal, un yo de hombre que sufre o goza y se siente solidario con los desheredados, con los campesinos, con los perseguidos, un yo que quiere ser resumen o espejo de un nosotros, en tanto que la experiencia individual es extrapolable a la experiencia comunitaria». Viento variable confirma esos criterios y los amplia al añadir emocionados homenajes a sus grandes maestros, Luis Rosales, Claudio Rodríguez, César Vallejo o Miguel Hernández, entre otros, así como por las enormes dosis de ternura dispersas en los versos, casi escondidos, como si el poeta no deseara mostrar sus debilidades, su lado más frágil (el poema titulado «La música callada» es especialmente revelador en este sentido). El lector habitual de Antonio Hernández confirmará en este libro sus expectativas y el lector que se acerque por primera vez a esta obra, después de leer este libro, descubrirá que la escritura no se aviene a parámetros prefijados, porque no hay fórmula exacta para destilar la emoción y la inteligencia.

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