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JOSÉ SABORIT. LA MISMA SAVIA. XXX PREMIO UNICAJA DE POESÍA. PRE-TEXTOS 2016

 No cabe duda de que la poesía de José Saborit está inscrita en eso que podemos llamar tradición levantina, dentro de un espectro más reducido como es el de la poesía de corte meditativo. Muchos de sus compañeros de generación pertenecen a ella, Antonio Cabrera, Carlos Marzal, Vicente Gallego, José Iniesta, Antonio Moreno, José Luis Martínez o Juan Pablo Zapater, y también algunos de los maestros más aclamados de la poesía contemporánea en español, como Francisco Brines, César Simón o Eloy Sánchez Rosillo, una tradición que se aventura por los caminos de la metafísica, pero utilizando como herramienta el lenguaje sencillo, el verso sin retórica, la superación de un concepto ensimismado del ser humano que ahora se funde con el entorno, sea éste naturaleza o paisaje, porque la identidad se construye no sólo a través de una mirada hacia el interior de uno mismo, sino renunciando a la presencia, moldeando la conciencia con la sustancia de las cosas.

Saborit es además de poeta, pintor, disciplina esta a la que ha dedicado sus estudios y su vida profesional (es catedrático en la facultad de Bellas Artes de la UPV y ha realizado numerosas exposiciones, tanto individuales como colectivas), pero si traigo colación esta cuestión no es por calificar su obra poética como una actividad de segundo orden, sino por resaltar la tremenda influencia que la mirada del pintor deja en la mirada del poeta. Si, en general, el espectador apresurado de la pintura de paisajes se queda en la superficie de la misma, el lector atento de poesía, sin embargo, cuando lee una descripción de ese mismo paisaje, siente una emoción más intensa, como si naciera de los abismos de sus sentidos. Evidentemente, esta categorización tan simple requiere un sinfín de matizaciones que ahora no vienen al caso, porque lo que trato de señalar es que en José Saborit esta distinción —un tanto artificial, lo reconozco, sobre todo porque yo suelo rebelarme contra las generalidades—carece de sentido, porque su poesía y su pintura poseen la misma integridad emocional, la misma raíz, la misma savia, una savia, por otra parte, que ya estaba muy presente en sus libros de poemas anteriores, sobre todo en Flor de sal (2008) y en La eternidad y un día (2012).

Ya en el primer poema del libro, «Tiempo amarillo», para mí uno de los mejores del libro, esta simbiosis entre pintura y poesía se produce de forma magistral. Para el maestro Eckhart el tiempo tenía olor, pues bien, para Saborit tiene color, el amarillo, el color de la extinción, del otoño, del deterioro, del papel viejo: «El destino del blanco es amarillo:/ no amarillo solar,/ sino amarillo tiempo».

La misma savia es un libro unitario, aunque esto no signifique que haya un solo tema como leitmotiv de la escritura. Poemas como «Semilla», «La camisa de mi padre», «Cipreses» o «Paisajes» establecen una concordancia entre lo humilde y lo sublime como sólo la mirada de un observador privilegiado puede lograr porque es en lo natural donde se encuentra lo extraordinario yporque están construidos con palabras que pintan: «Cada verde respira/ su atmósfera en lo alto,/ su media ración de color vivo». Otros temas respiran en estos poemas, algunos de forma tangencial, como lo metapoético, aunque especialmente reveladora, como en el poema «Poética con naranjas», donde, sin necesidad de definiciones más o menos oportunas, sin cantar al poema, Saborit es capaz de mostrarnos su idea poética, de clarificar su modo de entender la poesía como un espacio, precisamente, poco claro, oscuro, incognoscible. Y es que hay algunas cosas se definen de forma indirecta. La pintura, la amistad, el amor, la realidad y sus disfraces y el paso del tiempo, que atraviesa todos los temas anteriores como una especie de hilo conductor: «Desde el tiempo paciente de los árboles/ se cumple cada ser en su reverso:/ no hay más que sumisión en el orgullo/ de la corta mirada de los hombres». Sumisión a lo desconocido y reconciliación con ese ser que se acepta su finitud y cifra en su experiencia interior y en las palabras que la describen, palabras que resucitan el pasado en el presente, la disolución de las sombras.

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