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FERNANDO ABASCAL. TORRE HÖLDERLIN. COL. DE POESÍA A LA SOMBRA DE LOS DÍAS. CONSEJERÍA DE CULTURA DEL GOBIERNO DE CANTABRIA, 2015

No son muy frecuentes las comparecencias editoriales de Fernando Abascal (Santander, 1954). Desde aquel ya tan lejano De palabra de 1981 —y dejando a un lado algunas antologías y textos que podemos llamar de encargo para complementar libros de fotografía paisajista— sólo en otras cuatro ocasiones ha dado a la imprenta su trabajo: La memoria del cuerpo, una plaquette publicada por Scriptvm en 1986, Manual para cruzar el mar, que obtuvo el Premio José del Río Sainz y fue publicado en 1987, Tratado de pasión (1999) y Los poemas ásperos (2010). Torre Hölderlin está integrado por tres partes: «Último bosque», un reducto para la celebración de la existencia, porque somos «un grano de siembra, nación de aire». Hay mucha nostalgia en estos poemas porque en ellos se da cita la experiencia de una vida intensa con la constatación de que pesa ya más el pasado que el futuro. La vida se contempla ahora con un relativismo preocupante, como si el poeta hubiera llegado a la conclusión de que las cosas que importan tienen más que ver con cierta armonía física que con un equilibrio emocional: «Dime frase de salud, cuerpo, o déjame,/ que ya silba el alma», aunque, quizá, esa prevención forme parte de una máscara que intenta presentar al hombre como alguien desencantado pero firme en sus convicciones, alguien que trata de aferrase, de una forma sutil que casi pasa desapercibida, al árbol de la vida no desde los márgenes, desde las ramas más desprotegidas, sino desde el mismo tronco, sólido y firme como un faro. Fernando Abascal sabe que una misma palabra posee significados diversos, por eso experimenta con ellas, trata de regresarlas al origen, acaso para moldearlas con mayor precisión, para mostrar, en un tono cernudiano, ese desencanto del que hablábamos, pero en el que late todavía cierta esperanza: «Qué ruido tan grave el de las palabras cuando, al rozarse contra sí mismas, nos devuelven el grito del que venimos, una voz que el tiempo nunca enmudece, como si las palabras tuvieran en su decir la resonancia de un útero abandonado, el lejano estrépito de una primera negrura».

El asunto principal de la segunda parte, «Uno y dorso», es la identidad: «Imagen expropiada, máscara y gesto, ese es el que eres», escribe en el primer poema, versos que ratifican, a nuestro modo de ver, la idea expuesta más arriba, a pesar de que, como Abascal afirma, «Las ideas no llevan calcetines». Hay un desdoblamiento identitario de carácter semántico, literario que se superpone al que refleja la realidad, pero es, sin duda, mucho más fructífera la creación de un personaje que se debate, que se rebela contra el yo que escribe: «Llevo sobre la espalda los ojos de mi madre y de mis hijos,/ de quienes me esperan , pero todo es demasiada razón/ y peso: las palabras, las manos, los deseos».

La última sección, «Torre Hölderlin», acaso la que contiene, gracias a su sencillez y su contención estructural (son fragmentos en prosa, más narrativos, como las entradas de un diario íntimo), los poemas más interesantes del libro, esta compuesta por anotaciones de un diario apócrifo que funcionan a modo de monólogo dramático, porque si algún pero podemos poder a esta poesía es el exceso de información, ese querer explicarlo todo en el poema es contraproducente porque la poesía no trabaja por acumulación, sino por destilación, por analogías y símbolosdevieran su decirde d eun diario apxplicarlo todo, por dar demasiados detallesabras tuvieran su decirde . Fernando Abascal da aquí voz a un Hölderlin apesadumbrado, cansado, pero dueño de una palabra salvadora, una palabra que desafía al tiempo y al dolor: «El dolor nos concede un extraño privilegio, el de ser propietarios de un solar alambrado que nadie visita, una casa en lo alto. Pero el dolor es maestro que nada enseña. Yo doy vueltas y vueltas a esta torre, encaramado en la mula de mi pensamiento».

La poesía de Fernando Abascal tiene una clara influencia del barroco conceptual. Sus versos entrecortados se amoldan bien a un pensamiento casi de carácter aforístico que en algunos momentos nos hace pensar en el Nietzsche de Cómo se filosofa a martillazos por su contundencia, porque muchos de ellos son como golpes en la mente, barrenos que perforan en la veta de la conciencia, conciencia de un existir que se diluye, para afirmarse, en el sueño: «Esta mañana me ha despertado un rayo de sol. Me pareció que, al abrir los ojos, mi cuerpo regresaba de un mundo sin nombre, que se cancelaba un tiempo y yo volvía a habitar esta vida. Tuve la sensación de que ese rayo de sol, a su manera, estaba probando la realidad». La edición de Torre Hölderlin, de excelente diseño, se ve menoscabada, sin embargo, por innumerables descuidos en la composición y por molestas erratas que los editores debieran subsanar en los siguientes volúmenes de la colección.

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