aitor francos

AITOR FRANCOS. FUERA DE PLANO. III PREMIO INTERNACIONAL JOSÉ BREGAMÍN DE AFORISMOS. CUADERNOS DEL VIGÍA, 2016

Que el aforismo, como ocurre con el haiku, está de moda es algo innegable, hasta el punto que ambos variedades se han convertido en fenómeno editorial. Colecciones y premios, revistas y páginas web se dedican en exclusiva a dichos géneros. Indudablemente, esto trae consigo consecuencias positivas, aunque conlleve algunos riegos, riesgos inherentes, por otra parte, al propio concepto de moda, entre los que la excesiva proliferación de adeptos que se amparan sólo en el ingenio, sin una reflexión que cimiente sus tesis no es el menor. Entre estos beneficios se encuentra, por ejemplo, la creación de premios que estimulan la creación y contribuyen a la difusión de un género como el aforístico, en los márgenes de la literatura hasta no hace muchos años, a pesar de que contamos en nuestras letras con algunos consumados especialistas como el que da nombre al premio, José Bergamín, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna o Nicolás Gómez Dávila, por hablar sólo de los más sobresalientes.

Aitor Francos (Bilbao, 1986), del que conocemos fundamentalmente su obra poética (ha publicado tres libros de poemas —Igloo en 2011; Un lugar en el que nunca he escrito, en 2013 y Las dimensiones del teatro, en 2015— y su labor crítica, realizada siempre son una fineza y un rigor poco usuales, nos presenta esta colección de aforismos galardonados con el III Premio José Bergamín, lo que, ya en sí mismo, es una garantía de calidad porque nos consta que el proceso de selección es arduo y está en manos de reputados especialistas en dicho género.

Fuera de plano es un libro unitario, aunque de su lectura podemos establecer varias divisiones atendiendo a los temas que tratan la mayoría de los aforismos. Quizá, como dejan entrever las citas de La Rochefoucauld y de Roberto Juarroz que encabezan el volumen, sean dos los principales, la identidad y la poesía, aunque definir lo que es o no es el aforismo también instigue varias entradas. Yo no sé si es cierto o no lo que Aitor Francos dice en uno de ellos («Un aforismo excelente es ése que al leerlo hace que instintivamente cerremos de un golpe el libro») porque pienso, con Christopher Hope, que «Las definiciones son las tropas de asalto de la ciencia: solían servir para la tautología, cuando ésta era la reina, pero se pasaron de bando después del golpe», en todo caso, yo he ido leyendo el libro degustando, paladeando muchos de ellos, lo que me ha incitado no a cerrar el libro, sino a seguir leyendo y disfrutando. Es muy probable que la ironía, presente en otros aforismos de esta conjunto («Es muy difícil para un escritor encontrar un oficio que no le permita escribir» o «Entre los filósofos que conozco, el viento es el que más rápido lee»), sea la corriente subterránea que fecunda tales palabras, aunque, como hemos avanzado, son temas como la identidad y la construcción del poema los que acaparan la mayoría de estas reflexiones. Aitor Francos es un poeta que reflexiona sobre su propio quehacer en muchos de sus poemas, sea hablando de sí mismo o por personaje interpuesto, pero la desnudez, la inmediatez y la ausencia de retórica que caracterizan al aforismo provoca una condensación de su pensamiento digno de resaltar, porque en unas pocas líneas compendia todo un tratado de estética. Véanse estos ejemplos metapoéticos: «La poesía es una esterilización de la realidad»; «La poesía decide qué es poesía y qué es prosa», «En poesía las cosas hablan como en una confidencia policial» o este en el que la influencia de Barthes es evidente: «La verdadera poesía es una escritura para renunciar a la escritura: es una escritura para la ausencia de escritura». Poesía y poema, poesía y poeta son obsesiones que no se apaciguan en la escritura porque, acaso, cuanto más se escribe, más se perciben sus fisuras, sus contradicciones, sus limitaciones, por eso, al fin, se escribe: «No se entiende la densidad de la poesía en lo poético. La poesía es el poema sin poeta y el poema sin poema».

Jaulas, espejos para indagar en la propia identidad («Un extraño que busca en un espejo deja inmediatamente de ser un extraño para nosotros y pasa a ser un desconocido de sí mismo»), una identidad que se va construyendo a partir de la escritura, no en la escritura misma. De la insatisfacción, de la incertidumbre del ser al azogue, a la página hay un tránsito de longitud, de peso no cuantificable porque no existen básculas capaces de medir el lastre de la conciencia ni cuenta kilómetros capaces de determinar la distancia entre quiénes somos y quiénes aparentamos ser. Quizá sólo las palabras, a pesar de su innegable incapacidad, de sus límites semánticos, puedan aproximarse a lo esencial, puedan merodear alrededor de ese extraño que nos habita, puedan decirnos desde su desdecir. Si así fuera, Fuera de plano, sería el plano más adecuado.

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