ioana gruia

IOANA GRUIA. CARRUSEL. XIV PREMIO EMILIO ALARCOS. VISOR, 2016

La infancia en el país de origen de esa niña que «duerme en mí», la apertura personal y colectiva hacia un mundo hasta entonces desconocido se ve cifrada en un carrusel, en un tiovivo que trae el viento de Occidente, de la libertad, aunque la niña que era entonces Ioana Gruia (Bucarest, 1978) no supiera nada de los peligros que rodean dicha palabra, puesta en boca muchas veces como arma arrojadiza por quienes la entienden como de uso personal, exclusivamente. Quizá, como digo, no lo sabe aún, pero lo intuye, al menos eso dejan traslucir los versos que suscita una foto de su madre de una época quizá feliz, a pesar de todo, en la que ella aún no había nacido, 1972: «Eres joven en esta vieja foto, madre,/ pero tienes/ la sonrisa cansada del fracaso.// Vives/ en un país cruel e incomprensible», porque Ioana Gruia no desoye la relación existente entre, en palabras de Seamus Heaney, «el derecho a ejercer su don lírico y sus deberes para con los desheredados de la tierra».

Carrusel, su nuevo libro de poemas —recordemos que anteriormente ha publicado Otoño sin cuerpo (2002), El sol en la fruta (2011)— está dividido en cinco partes, y en todas ellas predominan poemas en los que la imagen se erige en protagonista; son en su mayoría poemas muy visuales, casi cinematográficos, con una atmósfera, en algunos casos, de cine negro como en los titulados «Noche de lluvia» o «Estación abandonada», ambos de la primera parte.

La segunda sección, de simbólico título, «Huellas de un animal sobre la nieve» nos habla de esas huellas levitantes que dejan los deseos en la mente, como animales hambrientos, acaso desorientados; signos de vida de una vida oculta, una vida que transcurre entre la realidad y el sueño: «Los sueños no lo cuentan,/ no develan/ jamás la exacta imagen del secreto. Podemos sin embargo ver su paso,/ huellas de un animal sobre la nieve».

Tres momentos especialmente significativos de la historia reciente ocupan los poemas de «Fisuras», la tercera parte del libro. Dos protagonistas de la historia cultural de occidente, Walter Benjamin y Sylvia Plath, cuyas trágicas muerte no han hecho cuestionar sino los límites de la barbarie en un caso y poner de manifiesto la desubicación, el rechazo al rol que le tocó vivir, en otro: «Por mucho que me agarre a la escritura/ la inteligencia no me salvará.// Jamás rescata a nadie». El tercer poema tiene como protagonistas a esos seres anónimos que llega diariamente a las costas de Europa en busca, no de un paraíso idílico, sino huyendo del horror y de la miseria, de la violencia y del hambre. Ahogados sin nombre que aparecen en las palayas atestadas de veraneantes. Las imágenes que todos hemos visto en televisión resultan espeluznantes y los versos que dan cuenta de ello, descriptivos, pero sin caer en el mero reportaje, lo son de igual forma: «Los cuerpos irrumpieron de repente:/ trozos de carne muerta, descompuesta/ en medio del sopor, de la aventura/ que prometía el mar».

El amor como forma sublime de bondad recorre los poemas de la cuarta parte, el amor al que acompañan las diferentes melodías que suenan en el recuerdo. Quizá sea esta sección la que acoge más variedad en los poemas, desde el soneto titulado «La risa», con un claro ascendiente nerudiano: «No dejes de reírte, amor,/ para aplazar un poco más la muerte» hasta el elegíaco «Vías muertas», de tono más cernudiano, pasando por el canto a lo cotidianidad de «Naranja», en el que no resulta difícil detectar ecos de la poética de García Montero, influencia detectable también en el poema «La casa del poema» (no en vano, versos suyos encabezan algunos poemas):«Me gustaría que habitaras este poema/ como habitas mi vientre,/ que fuera para ti una casa.// Que la poesía fuera tu refugio» de la última sección del libro. Ioana Gruia ha escrito Carrusel como una especie de acto reconciliación con su pasado, un pasado que, como no puede ser de otra forma, ha conformado en gran medida la identidad actual, una identidad en permanente confrontación con la imagen que devuelve el espejo. Quizá el poema titulado «Formas de vivir» compendia como ningún otro la idea que avanzamos: «Son formas de vivir en el pasado./ Eso decía mi abuela/ al encender, feliz, el tocadiscos». Son formas de vivir en el pasado y de construir un futuro, eso son también los versos que con tanta emoción y veracidad escribe nuestra poeta.

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