juan francisco

JUAN FRANCISCO QUEVEDO. QUERIDA PRINCESA. BOHODÓN EDICIONES, 2016

Al comienzo de la novela Los confines, de Andrés Trapiello, el protagonista se pregunta «qué buscan los lectores en crímenes, ruinas, catástrofes, negocios, idilios, coronaciones, éxodos, bodas, guerras y otros acontecimientos aparentemente ajenos a sus vidas. Pensemos en el lector común de novelas. ¿Qué relación tiene su vida con los entes de ficción?». La respuesta no se deja esperar: «la sospecha —dice— de que en ellos, por irreales que parezcan, se esconde una verdad que no podrían descubrir de otro modo». Todo esto es rigurosamente cierto, pero no todas las novelas poseen los ingredientes descritos, que parecen más propios de la novela negra, y, sin embargo, siguen concitando el beneplácito de los lectores. Pensemos, por ejemplo, en novelas en las que la acción es sólo un pretexto para indagar en la mente humana, en las que la escritura sirve para narrar los vaivenes del pensamiento, como La muerte de Virgilio o, por acercarnos más a nuestro ámbito literario, las últimas novelas de Javier Marías. Son las llamadas, en contraposición a las novelas de acción, novelas de ideas.

Quiero resaltar con este ejemplo que cada novela contiene en sus páginas un fragmento de mundo y, por minúsculo que sea, ese fragmento contiene el mundo entero. Cada existencia ajena conforma con sus aspiraciones, con sus temores, con sus logros o sus fracasos una identidad que no se distingue mucho de la nuestra. En resumen, lo que trato de decir es que en cada novela que leemos encontramos una pieza de ese rompecabezas con el que tratamos de componer nuestro autorretrato, encontramos incluso partes de nosotros mismos que desconocíamos poseer. Por eso nos atraen tanto las vidas ajenas.

Pero hay, además, otro tipo de novela que parece aglutinar todas las características antes enumeradas. Estoy hablando de la novela histórica. Si en la novela clásica se describen los hechos de forma más o menos lineal, prestando especial atención a los avatares de la existencia, en la novela histórica, partiendo de esas descripciones y con la fidelidad histórica como escenario, se reflexiona sobre los acontecimientos, se emiten juicios sobre los protagonistas con ciertas licencias que la distancia temporal y la documentación adecuada facilitan. Al principio, ese escenario del que he hablado era el decorado para ensalzar determinada figura política, militar o religiosa al albur de los acontecimientos ocurridos. Su propósito era fundamentalmente moralizante (no olvidemos las innumerables vidas de santos y de reyes), para adaptarse con el paso de los años a la demanda del más puro entretenimiento. Hoy en día, el lector de novela histórica exige además de fidelidad al pasado, un análisis de las circunstancias, en su más amplio sentido, que condujeron a determinado destino. La novela, escribe Pedro Salinas en «Lo que debemos a Don Quijote» y yo coincido con él, es «un género fatal y necesariamente social […] es la penetración y la revelación de ese infinito mundo de posibilidades de contacto que hay entre un ser humano, el protagonista, y lo que le rodea». En este contexto debemos insertar Querida princesa, la nueva obra de Juan Francisco Quevedo, autor que con su primera novela, Ana en el mes de julio (2014), consiguió el reconocimiento tanto de los lectores como de la crítica más exigente.

No estoy yo muy seguro de esa creencia popular que afirma que el poeta suele madurar con más antelación que el novelista, el crítico o el ensayistas. Es habitual escuchar que la poesía es un género de juventud y la novela, por el contrario, un género de madurez. Obviando estos prejuicios, en los que no creo, si parece recomendable admitir que la novela ( y el ensayo) necesita aunar la acumulación de experiencias vitales con la incorporación de conocimientos y, para ambos menesteres, el transcurso del tiempo resulta fundamental. Estas premisas son evidentes en Querida princesa, una novela en la que Juan Francisco Quevedo demuestra el profundo conocimiento de los hechos históricos que marcaron la realidad de la época que narra, pero también manifiesta una empatía digna de resaltar por el alma de los personajes, unos personajes a los que trata como a seres reales, especialmente los personajes femeninos, complejos y cabales en la trama que con tanta fluidez va atrapando al lector, desde la matriarca de la casa, doña Isabel, a la joven de la cual es mentora, pasando por el ama de cría. En cualquier caso, las figuras femeninas desempeñan un papel determinante en el desarrollo narrativo. No son meras comparsas, como acostumbra a suceder en demasiadas historias. Pero lo fundamental, para mí, recaiga en quien recaiga el protagonismo, es que la escritura nos plantee reflexiones profundas sobre el ser humano y su relación con los otros y con el entorno. Estamos hablando de una novela, por tanto, la combinación de datos históricos con escenas inventadas es perfectamente legítima. La fidelidad a esa recreación histórica es un aliciente más para dejarnos seducir por esta trama en la que el rigor histórico se decanta hacia el lado literario, lo cual lleva aparejado un riguroso trabajo sobre el lenguaje que supera la función informativo y representativa para adentrarse en la función expresiva y poética, y es en estas últimas funciones donde el novelista debe apurar todos sus recursos para exprimir todas las posibilidades narrativas. No cabe duda de que Juan Francisco Quevedo es consciente de este esfuerzo, porque la novela, está perfectamente estructurada en periodos temporales concretos, sabiamente alternados, con continuos regresos al pasado que intentan explicar el presente, los claroscuros de la existencia de los personajes y el modo en el que ese pasado, lleno de secretos familiares, ha influido en cada uno de ellos, aunque no por eso debemos pensar en que una especie de predestinación gobierna su destino. Existe, sobre todo en doña Isabel (no tanto en la adolescente Elvira, que se deja llevar por los acontecimientos dócilmente) una voluntad de resistencia frente al fatum, una insumisión ante la fatalidad. Al fin y al cabo, como asegura Terry Eagleton, «los personajes literarios, al menos en el caso de la ficción realista (como es nuestro caso), alcanzan su máxima expresión cuando se identifican con la máxima riqueza. Sin embargo —continúa diciendo— si no fueran también hasta cierto punto tipos que revelan atributos ya conocidos, resultarían ininteligibles».

Como los lectores han podido comprobar, en los párrafos precedentes no hemos desvelado nada sustancial de la trama de la novela sino de lo que esta novela es como novela, es decir, de la configuración de unos personajes que sólo adquieren textura en tanto el lenguaje los construye, y eso lo hace espléndidamente Juan Francisco Quevedo, porque en muchas ocasiones sacrifica el desarrollo de la acción para internarse en los laberintos de la mente, en las emociones y deseos, en las ambiciones y miserias de los personajes, que, en definitiva, son las características del ser humano, puestas de relieve en el teatro de la realidad. «El comienzo de una obra de ficción —escribe Julian Gracq, un novelista que reflexionó con profundidad en los procesos de la escritura— no tiene tal vez otro verdadero objetivo que crear lo irremediable, un punto de anclaje fijo, una idea resistente que el espíritu no pueda en adelante alterar». El final de dicha obra —pensamos nosotros— llega cuando el grado de cumplimiento de esas expectativas ha alcanzado un punto de no retorno y cualquier discrepancia resulta imposible. Al fin y al cabo, el escritor —y volvemos de nuevo a Gracq— es «alguien que cree sentir que algo, por momentos, pide adquirir por mediación suya, la clase de existencia que da el lenguaje».

 

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