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JUAN BELLO SÁNCHEZ. NADA EXTRAORDINARIO. XVI PREMIO DE POESÍA EMILIO PRADOS, PRE-TEXTOS, 2016

Un título ambivalente, contradictorio incluso, este Nada extraordinario porque, efectivamente, los poemas que lo integran hablan de asuntos cotidianos: «Charlamos en un café,/ contamos día que suceden/ igual que invernaderos», pero la cotidianidad, bien mirada, paradójicamente, esconde mucho de extraordinario. No se trata de hacer un juego de palabras, pero lo ordinario, lo habitual, lo monótono si se quiere, cuando la forma de abordarlo no se aviene a lo más evidente, es capaz de mostrarnos lo que encierra dentro de sí, y los interiores de algo, generalmente, son, en sentido estricto, sorprendentes. Los poemas de Juan Bello Sánchez, un autor que, pese a su juventud —nació en 1986— cuenta con una obra importante, tanto cualitativa como cuantitativamente (IV Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena” por su libro El futuro es un bosque que ya ardió en alguna parte o Todas las fiestas de mañana, VI Premio de Poesía Joven RNE) saben rasgar la realidad más visible con el escalpelo de la palabra. Percute ésta sobre la superficie como un martillo mecánico, con constancia y ritmo, hasta romper el envoltorio del significado previsible. En sus poemas, tras un preludio conforme con las pautas descriptivas al uso: «Las dos vacas junto al camino que bordeaba/ el acantilado, pacientes, mirando algo/ que escapaba de mi vista, masticando hierba», se suceden, sobre todo en los más fragmentados, una serie de analogías que buscan lo sorprendente, lo no común, algo del todo admirable pero que conlleva, sin embargo, algunos riesgos, riesgos que, a mi parecer, a veces no se han resuelto del todo. La sensación que asalta a este lector es la de que se busca con excesiva frecuencia la originalidad por encima de todo, sin atender a otras justificaciones de más o menos prescriptivas. En ocasiones, el verso se complace en su propia dicción, en su propio ingenio, sin lograr ninguna trascendencia semántica, como supongo que es el propósito del autor. «Perdimos el amanecer como se pierde el agua/ en el vaso de agua» creo que es un buen ejemplo de lo que expongo. Ese voluntarismo —elogiable, por otra parte— debe estar fundamentado por conclusiones que provengan de una reflexión verdadera sobre la realidad, no de un mero puzle semántico. Yo creo que Juan Bello es plenamente consciente de ello y lo ha evitado con maestría en la mayor parte de los casos, pero, desde mi punto de vista, debe afilar aún más y con mayor precisión el filo de la cuchilla.

Dejando al margen estos pequeños reparos, hay que decir que Nada extraordinario es un libro que apuesta por la poesía meditativa, una poesía que mantiene un continium discursivo muy logrado y que, en sus mejores momentos, es capaz de doblar los pliegues a la realidad para mostrarnos esos escondrijos en los que se multiplica la vida más vívidamente, en todo su esplendor, pero también con todas sus miserias. «Fíjate en todos esos aviones que caen al océano y desaparecen,/ llegan hasta el fondo de algo, no como nosotros,/ siempre viviendo en la superficie de las cosas,/ siempre sorprendidos/ por la belleza de aquello que no dura demasiado». Concebido como una unidad que cuenta con un poema pórtico de igual título al del libro, como si el autor quisiera recalcar con más firmeza el argumento de sus poemas, una realidad «donde no sucede nada extraordinario,/ o todo es tan común/ que no le dedicas demasiada atención», pero en la que, y de esta constatación nacen los poemas que integran el volumen, «Lo cotidiano/ lucha por vencer su transparencia». Es ésta una cotidianidad, una rutina contemplada desde una óptica variable y temporal: llueve, hace frío y luce el sol en los poemas de Juan Bello, pero hay además muchos amaneceres, muchas mañanas, muchos mediodías y puestas de sol, como si el poeta quisiera reflejar el óxido con el que el paso del tiempo recubre las cosas en su aparente inmutabilidad desde una luz distinta, pero también cuenta con un variado catálogo de escenarios propicios para contemplar esa cotidianidad: la cocina, el porche, un sofá, «los espacios vacíos, una plaza por ejemplo». Un pequeño mundo doméstico visto con los ojos inquisitivos y especializados de un naturalista y contado con la desenvoltura de un avezado explorador que sabe descifrar las huellas que lo real va dejando a su paso. El prodigio, muchas veces, está tan cerca de nosotros que no somos capaces de verlo. Juan Bello Sánchez sabe desvelar con palabras tensas y precisas las calves de ese misterio.

 

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