MANUEL ANGEL GARCÍA SECO

MANUEL ÁNGEL GARCÍA SECO. CON PIES ALADOS, TIEMPO.

FUNDACIÓN BRUNO ALONSO

En la mitología griega los pies alados caracterizan a Hermes, heraldo de los dioses, pero también guía de los difuntos en el camino al inframundo. Es esta analogía la que nos interesa subrayar ahora —sin olvidar que un héroe homérico, Aquiles, fue señalado también como el de los pies alados —, la de levedad, no la de la agilidad. El tiempo es invisible —hablo, claro es, desde una perspectiva poética o artística, no siempre bien avenida con la científica—, pero su transcurso deja muestras evidentes en las personas y en las cosas, algo que podemos comprobar en la exposición de Manuel Ángel García Seco que se puede contemplar actualmente en la sede de la Fundación Bruno Alonso. La acertada combinación de autorretratos con dibujos al carbón delata influencias diversas. Si la paleta expresionista de los primeros nos recuerda el dramatismo de Francis Bacon, el trazo impreciso pero firme de los dibujos nos acerca a Gutiérrez Solana o a las cabezas grotescas de Leonardo da Vinci, aunque en ambas facetas se pueden rastrear innumerables homenajes a pintores de nuestro entorno, como Velázquez o Goya.

El paso del tiempo, las vanitas barrocas, la muerte y lo macabro son referencias constantes en la obra de García Seco (Carabeos, 1958) casi desde sus primeros trabajos, sin embargo, ahora, sin abandonar estos exploraciones, vuelca su mirada hacia dentro y, de esa privilegiada forma de mirar, surgen estos autorretratos no exentos de belleza (la belleza de lo deforme) y de verdad, dos conceptos que la posmodernidad ha arrinconado, pero que, para mí, siguen gozando de plena vigencia.

Todo autorretrato parece ser un recuento vital y, aunque sea de forma involuntaria, marca un antes y un después (me vienen a la memoria las continuas revisiones que que Rembrandt ejecutó a lo largo de los años) en la forma de verse a uno mismo. Y es que hay momentos en la vida en que uno deja atrás su pasado y mira hacia el futuro, sin importar cuántos años más se siga existiendo, con desconfianza, con incertidumbre y, para mitigar el dramatismo de ese desorden interior al mismo tiempo que se subrayan las grietas que el sufrimiento va dejando, tanto en la superficie como en lo más hondo de la conciencia, es necesario ponerse en la piel del otro que nos habita, ser objeto de la mirada de ese otro yo, un yo que no pretende representar con fidelidad al objeto —al ser, en este caso—, sino captar su esencia, su “espíritu”, una esencia que cambia con el paso del tiempo. Por esa razón algunos de estos autorretratos, tan matéricos, de pincelada gruesa pero precisa, nos muestran a un hombre de apariencia tranquila, mientras que otros reflejan las convulsiones interiores de alguien que vive atormentado. Los rasgos subrayados en rojo sangre describen la naturaleza humana, los sentimientos, las pasiones, el frenesí y o el desengaño. Nietzsche veía “el arte como redención del hombre del conocimiento, de aquel que ve el carácter terrible y enigmático de la existencia, del que quiere verlo, del que investiga trágicamente” y yo creo que esta afirmación puede sernos de extrema utilidad a la hora de mirar cara a cara estos inquietantes autorretratos.

Acaso haciendo labor de contrapeso, en los dibujos la presencia humana se multiplica, el yo de los autorretratos se convierte en un nosotros, pero el dramatismo, me atrevo a decir que no se atenúa. Los rostros, algunos cadavéricos, otros ya sólo calaveras, parecen sacados de un muestrario de horrores. No es difícil en el mundo en el que vivimos apresar un gesto dolorido, una expresión de terror o miedo, lo que no es tan fácil es convivir con la tragedia. La mejor manera de soportarla es, posiblemente, denunciarla, dar fe de ella, compartirla como hicieron Goya, Picasso o tantos otros, y Manuel Ángel García Seco despliega todo su enrome talento para llevarlo a cabo en estas figuras torturadas, mortificadas por innominadas causas que habitan el subconsciente colectivo. El trazo se adensa hasta convertir, en muchos casos, el rostro en una amalgama de sombras, en un intento de que el personaje anónimo asuma la identidad del espectador. De Hermann Broch, el autor de “La muerte de Virgilio” son estas palabras que considero ajustadas para sopesar en su justa medida el alcance de estas obras: “Siempre que el objetivo estético es incluido en la actividad ética, o en otras palabras, siempre que el efecto pasa a formar parte de la actividad ética y es arrastrado consigo por ésta, el efecto mismo se convierte en dogma y la actividad se pervierte, pero el resultado estético de ésta será, en el más amplio sentido de la palabra, deforme”. Los pies alados, por muy levitantes que sean, no pueden pasar sin dejar huella sobre la trágica experiencia del existir. Lo sabe bien García Seco, y de ello deja constancia en esta muestra turbadora y exigente, en la que ha sabido conciliar contemplación con empatía (o aversión, dependiendo de la circunstancia), algo, en todo caso, que debería revolver nuestras entrañas.

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