HENRI COLE

CIERVOS

 En algún instante después de que las ramas del cerezo florezcan de nuevo,

comienza a parir la primera, los cervatillos permanecen de pie una hora o dos

—su pelaje rojizo con lunares blancos— para beber del lago,

tendida para hacerlo, tímida por naturaleza pero agresiva protegiendo a sus crías;

y cuando el verde se torna rojo y castaño, el intenso berrido del ciervo

—habiendo pulido sur cuernos contra el tronco de los árboles y la tierra—

evidencia que están listos, y la batalla de los mejores comienza,

golpeando y corneando con su cornamenta y con toda su fuerza,

hasta que los victoriosos reúnen su harén, celosamente lo protegen

de los derrotados con los que han estado luchando, pero que están alerta para robar una cierva

que se extravíe; ahora el instinto es más fuerte, y los ciervos

tienen en poca consideración los desafíos humanos. Por esta razón,

en octubre, los enlazamos y los amarramos (con dificultad,

dada su corpulencia), y después serramos sus cuernos,

los ciervos —gimiendo por lo que han perdido— huyen al bosque cercano.

Esta ilusión de encontrar algo que es suyo y característico—

como la oscuridad o la luz, como un romance — trasmite a aquellos

que la han visto que un momento trascendental está próximo.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

Anuncios