juan vicente piqueras

JUAN VICENTE PIQUERAS. LA OLA TATUADA. EDITORIAL YA LO DIJO CASIMIRO PARKER, 2015

 Es Juan Vicente Piqueras un poeta de raza que no desaprovecha ningún rapto de inspiración, lo que le hace poseedor de una obra amplia y variada de registros. Tienen cabida en su poesía poemas elegíacos de largo aliento marcadamente narrativos en los que el discurso se deja llevar por medio de recursos asociativos hacia un final de intención deductiva, junto a otros de factura más esencialista, de impulso contemplativo, de indagación irracional y metafísica, y ambas formas conviven generalmente en un mismo libro, pero Juan Vicente Piqueras (1960) frecuenta también otro tipo de poemas, unos de carácter didáctico no exentos de humor y otros incluso más lúdicos, menos trascendentes si se quiere, que no rehúyen el malabarismo semántico, aunque eso no les reste valor poético alguno ni transcendencia reveladora. A este último grupo pertenece, a mi parecer, la mayor parte de los poemas de La ola tatuada, un libro del que el autor, en un epílogo versificado nos informa que «nació de un sueño./ Un sueño que volvió durante tres noches seguidas/ y que escribí como pude durante varios días y luego reescribí,/ taché, rompí, tiré, salvé, olvidé, retoqué, retomé fiel/ en varias ocasiones en los años siguientes», para añadir, en la siguiente estrofa que «El poema quería ser libro y no podía. / No obtuvo respuesta de los editores/ ni ninguno de los premios a los que fue presentado». No las tengo yo todas conmigo sobre la conveniencia de este tipo de explicaciones finales (tienen evidentes riesgos y no es difícil caer en un victimismo contraproducente), porque el lector sabe valorar por sí mismo lo que está leyendo, sin necesidad de guiños o contraseñas nada inocentes, por otra parte. Juan Vicente Piqueras ha merecido reconocimientos de la importancia y la notoriedad del premio Loewe de Poesía, del Premio Antonio Machado o del Premio Jaén de Poesía, lo que lleva acarreado, además, la publicación en las más prestigiosas editoriales de poesía. Resulta, por tanto, un tanto pueril esta queja más o menos enmascarada.

Pero volviendo a lo que nos interesa, La ola tatuada es un libro en el que conviven la mejor poesía lírica con momentos de poesía dramática más hetereogéneos. Varios personajes tiene voz en estas páginas: La monja descalza, el marinero enamorado, el vigía avizor y su inventario, Dios dudando, etc. Además la acción se desarrolla «(en alta mar, en una nave/ o cama o celda o libro a la deriva)» y cada fragmento poético se encuadra en un escenario determinado, lo que confiere al conjunto un más que evidente carácter teatral. Para lograr este efecto Piqueras, ha sabido dotar, con su contrastada destreza, de modulaciones personales a cada uno de estos personajes, lo que demuestra una vez más la camaleónica fuerza poética del autor. Personalmente, son los sucesivos inventarios del vigía los que me parecen más logrados. Hay versos y estrofas magníficos, por ejemplo: «Hay mentiras amadas, llamadas necesarias,/ eras, naranjas, peces dibujados/ y mares donde suena nuestros pasos» de notable modulación irracional o «Busco en mí la derrota del regreso,/ la herida original, mi mal amargo/ donde, náufrago, niego/ mi nación y mi nave y mi destino», más realistas y que el lector pude leer a través de connotaciones biográficas. En cualquier caso, La ola tatuada ofrece un extraño conglomerado de variaciones poéticas, quizá inevitable teniendo en cuenta que el libro «Nació de una lectura, fundida, confundida, de Lorca y Santa Teresa». Dichas variaciones encontrarán, sin duda, el lector propicio, pero las predilecciones, como es lógico, no tienen por que ser unánimes. Cada uno elegirá aquellas que más se adecúen a su particular concepto estético. Lo que si resulta evidente es que, a pesar de ciertos altibajos comprensibles, el libro posee esos requisitos ineludibles en todo buen libro de poesía: originalidad, capacidad de riesgo, destreza formal y unas calculadas dosis de misterio, condiciones hoy en día no tan comunes como podría parecernos

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