NARCIS COMADIRA

NARCÍS COMADIRA. EL ARTE DE LA FUGA. ANTOLOGÍA DEL AUTOR. EDICIÓN BILINGÜE DE JAUME SUBIRANA. EDITORIAL CÁTEDRA. LETRAS HISPÁNICAS*

Fue en el libro Enigma publicado por Edicions 62 (1985) en traducción de Mireia Sabatés cuando este lector tomó contacto con la poesía de Narcís Comadira. Lamentablemente, más allá de algunos poemas publicados en la Red, su poesía se ha traducido con cuentagotas —Himnos («Un inmenso collage de otros textos») y En cuarentena son otros dos ejemplos— hasta esta amplia y necesaria antología de autor titulada El arte de la fuga, una edición de Jaume Subirana con una traducción coral a cargo de José María Micó, Dolors Oller, Vicente Molina Foix, Jordi Virallonga, José Corredor-Matheos, José Agutín Goytisolo, Félix de Azúa y Ferran Lobo. Esta insuficiencia ha mermado sus posibilidades de influir en la poesía escrita en castellano, algo que sí ha ocurrido, sin embargo, con la poesía de Joan Margarit (1938) que integra, junto con Francesc Parcerisas (1944) —otro gran desconocido—, el terceto de la mejor poesía escrita en catalán después de la postguerra.

Esta edición bilingüe recoge casi cincuenta años de producción poética (Comadira es también un pintor sobradamente reconocido —la ilustración de la cubierta es suya, así como las de las respectivas portadillas—, ha escrito seis piezas teatrales, es letrista de canciones y traductor, entre otras ocupaciones), desde La fiebre freda (1966), hasta Llast (2007) y Lent (2012), sus últimos libros, pasando por Àlbum de familia (1980), el ya citado En quarantena o Usdefruit (1995), sin embargo, la particular ordenación de los poemas, encuadrados temáticamente en seis apartados, hace de este volumen una antología atípica. Podríamos decir que nos encontramos ante un libro nuevo (lo es, para la mayor parte de los lectores) dividido en seis secciones: «In limine», conformada por un largo poema en el que aparecen algunos de sus devociones más permanentes: Leopardi, Tolstoi, Rilke, Ferrater o Vinyoli. «Lugares» es el título de la segunda sección que agrupa escenarios que han marcado la vida del poeta tanto ética como estéticamente, desde ciudades como Atenas, Venecia, Gerona o Londres a territorios más imprecisos, como una dehesa o una sierra. «Es a través de lugares y espacios vinculados al arte y a los artistas, a la escritura o a la historia —y a los países y las culturas que representan— cómo la poesía de Comadira ha ido dibujando a lo largo de los años un mapa que es el de su manera particular de mirar y de pensar a partir de lo que ve», escribe Subirana. La tercera sección, «Hechos» contiene alguno de los poemas más significativos de la obra de su obra, como los titulados «Álbum de familia», en el que las cenizas del pasado arden imperturbables en el mundo sin tiempo de las fotografías y su visión le lleva a preguntarse, sin encontrar una respuesta concluyente, «Por qué, engreído, quieres el perfume que abrasa,/ la horrible pesadilla que quiere amortajarte,/ los recuerdos disecados que no revivirán,/ los pasos, los sonidos, las palabras perdidas/ que tendrás que leer en labio secos, vacíos de voces,/ fríos, temblorosos, áridos, impertérritos?» o «Ferran Lobo. P. Restante. Johannesburg». Muchos de estos poemas están dedicados a amigos y personas cercanas. En «Emblemas», la cuarta sección, el autor, responsable último de la edición, ha agrupado poemas relacionados con la naturaleza, con las variaciones atmosféricas —el ojo del pintor tiene a buen seguro mucho que ver con los matices, con los cambios de color, con los claroscuros—, pero, como siempre, Comadira un poeta contemplativo por elección, no se detiene en la mera observación, ésta le lleva a reflexionar sobre lo visto, y la reflexión, como ha visto Molina Foix, le conduce a extraer «de la emoción estética una lección moral». Comadira siempre ha estado interesado por la forma, por la construcción del poema y por los extraños mecanismos que transforman la experiencia en leguaje, de ahí que haya agrupado los poemas que tratan de manera explícita este asunto en la quinta sección, «Poéticas», que comienza con un excelente poema de carácter simbólico, «Halconería» y continúa con una poética explícita, la que describen los versos de «El poema»: «Pasan palabras como nubes/ por el cielo blanco del pensamiento./ Un viento pertinaz las agrupa/ y forma un texto gris, como de borra./ Solo cuando acumula la carga suficiente/ nace el poema: un relámpago». Finaliza la antología con «Cuatro poemas largos», entre los que se encuentran los magníficos «Un paseo por los ardientes bulevares», escrito en Londres en 1973, «Cuarentena» y «Réquiem». El remate final a un libro imprescindible como éste lo pone un epílogo muy documentado de Dolors Oller que nos permitirá releer la poesía de Comadira con mayor capacidad analítica. Muchas son las influencias que Oller enumera —Eliot, Ferrater, Hölderlin, Donne, Auden o Larkin, entre otros— pero quizá, en un traductor de los Canti como él, sea la de Leopardi —como confiesa Eloy Sánchez Rosillo, coetáneo suyo y también traductor del poeta italiano— la que más ha determinado su forma de describir y de narrar, su, como escribe la propia Oller, «evidente capacidad de ver las cosas, objetos y relaciones transfiguradas por la razón visionaria» El arte de la fuga debería, por éstas y otras muchas razones que no caben este comentario, convertirse en libro de cabecera para cualquier amante de la poesía, para cualquier poeta.

*RESEÑA PUBLICADA EN EL NÚMERO 122 DE LA REVISTA CLARÍN

 

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