carlos sahagún

CARLOS SAHAGÚN. POESÍAS COMPLETAS (1957-2000). COL. CALLE DEL AIRE, 147. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2015

Como auténtica joya podemos considerar la edición de la obra de Carlos Sahagún (1938-2015), uno de nuestros más grandes poetas de las últimas generaciones y, también, uno de los menos conocidos, quizá por la renuencia a publicar del mismo autor, que dio a la imprenta su último libro, Primer y último oficio, en el ya lejanísimo 1979, obra que fue agraciada con el Premio Nacional de Poesía. Es, por tanto, oportunísima esta edición, para actualizar la vigencia de su obra, breve, pero de contrastada calidad (además de incluir 28 poemas inéditos) que despuntó ya en el año 1957.

Mucho se ha hablado de la genialidad de algunos poetas como Claudio Rodríguez o Pere Gimferrer, poetas que publicaron libros importantísimos —Don de la ebriedad y Arde el mar, respectivamente— a muy temprana edad, pero Profecías del agua, el primer poemario de Carlos Sahagún, publicado cuando el autor contaba sólo 19 años, no les va a la zaga. El año de nacimiento de Sahagún, 1938, ha provocado algún despiste crítico a la hora de encuadrarlo generacionalmente, algo que ha ocurrido también con Félix Grande, nacido en 1937 (no podemos olvidar que los poetas mayores, los seniors, de la llamada generación del 68, Vázquez Montalbán y Antonio Martínez Sarrión, nacieron en 1939 y que los más jóvenes de la generación del 50 —Francisco Brines (1932), César Simón (1932-1997), Rafael Guillén (1933), Ricardo Defargues (1933) o Manuel Padorno (1933-2002)—, lo hicieron en los primeros años 30. Hay, pues, unos años, 4 0 5, de diferencia que complican la categorización (los poetas nacidos entre 1918 y 1923 sufrieron alguna circunstancia similar), aunque, en el caso de Sahagún, la fecha de publicación de su primer libro, 1957 (no incluimos el conjunto de sonetos Hombre naciente de 1955, porque fue desechado por el mismo autor)— contemporáneo de A modo de esperanza (1955), primer libro de Valente, de Áspero mundo (1956), primer libro de Ángel González, de Conjuros (1958), segundo libro de Claudio Rodríguez, de Metropolitano (1957), segundo libro de Carlos Barral y anterior a los primeros libro de Brines (Las brasas, 1960) 0 Gabriel Ferrater (Da nuce pueris, 1960), así como el aire de época de su poesía, debería allanar el camino para la clarificación metodológica. El agua como metáfora un mundo regido por la justicia y la paz, por la generosidad y la alegría está presente en Profecías del agua desde el poema prologal: «el agua contraía matrimonio con el agua, / y los hijos del agua eran pájaros, flores, peces, árboles,/ eran caminos, piedras, montañas, humo, estrellas,+./ Los hombres se abrazaban, uno a uno, como corderos, las mujeres/ dormían sin temor, los niños todos/ se proclamaban hijos de la alegría, hermanos/ de la yerba más verde […]// Aquello era la vida,/ era la vida y empujaba,/ pero,/ cuando entraron los lobos, después, despacio, devorando,/ el agua se hizo amiga de la sangre». Una sutil crítica de la dictadura y de la represión de la posguerra —a veces no tan sutil: «Le llamaron posguerra a este trozo de río,/ a este bancal de muertos, a la ciudad aquella/ doblada como un árbol viejo»)— está presente en todos y cada unos de los poemas que integran este primer libro, poemas melancólicos, de añoranza de otra época, la de la inocencia, poemas de un hombre que sufre, que se solidariza con sus semejantes: «Te amo,/ quisiera no acordarme de la patria,/ dejar a un lado todo aquello. Pero/ no podemos insolidariamente/ vivir sin más, amamos, donde un día/ murieron tantos justos, tantos pobres./ Aun a pesar de nuestro amor, recuerda». Emocionantes versos que hoy, aunque por otras injusticias casi tan flagrantes, no dejan de ser un ejemplo de cómo la poseía, sin dejar de ser gran poesía, puede comprometerse con la realidad en un afán de denuncia y de transformación.

En Como si hubiera muero un niño (1961), el símbolo del agua no ha dejado de prestar servicio a la realidad, una realidad que se aborda con toda dureza, como ocurre en el poema «Canción de infancia», que comienza así: «Para que sepas lo que fui de niño/ voy a decirte toda la verdad./ Para que sepas cómo fui, aun guardo/ mi retrato de entonces junto al mar.// Playa de arena, corazón de arena/ hubiera yo querido en tu ciudad./ Que te faltase como me faltaba/ —le llamaron posguerra al hambre— el pan». La infancia es recreada no como un paraíso atemporal, sino como el lugar donde el autor toma conciencia de la realidad en la que vive, de las privaciones y de la miseria: «Si hubo un niño/ con algo de esperanza, ése eras tú, mirando/ los crucifijos solos y alrededor la noche». La infancia es, paradójicamente, el lugar en donde se pierde la inocencia: «Oh fatal población, la de la infancia». Pero con el paso del tiempo llega la juventud, el descubrimiento del amor, otra forma de infancia, de inocencia, de creencia en el porvenir.

Estar contigo ve la luz más de diez años después, en 1973, título que, según la opinión de Enrique Balmaseda Maestu «puede resultar paradójico pues, si de una parte remite a la veta amorosa antevista, de otra contiene una línea poemática, al margen o contracorriente de ciertas modas literarias, con claro sesgo ideológico y crítico, es decir, con evidentes implicaciones “sociales”». El libro no desentona en absoluto con los precedentes, por más que experimente con la estructura del poema en prosa, como en «Visión de Almería», del que extraigo este fragmento: «Lo que llamamos “visión del mundo” es algo impuesto desde fuera, una sucesión de acontecimientos que se desencadenan desde un origen: las experiencias de la infancia. El niño es sólo una mirada limpia y sin culpa, nacida para algo tan sencillo como ver». Pocos cambios se advierten, como no sea el de una mayor fluidez discursiva inducida por el particular ritmo de la prosa. La cuarta sección del libro es la que quizá presente un mayor sesgo ideológico, muy presente en los poetas homenajeados (Alberti, Vallejo, Machado) y en los acontecimientos históricos rememorados (la publicación de El capital, la guerra de Vietnam o el asesinato del Che Guevara.

Primer y último oficio es el último de los libros publicados por Carlos Sahagún, si obviamos las antologías o las reediciones, y data de 1979. El libro supone, y citamos de nuevo a Enrique Balmaseda Maestu y su magnífico estudio publicado en la revista de poesía Poesía en el campus de la Universidad de Zaragoza, «un repliegue hacia la intimidad del sujeto que, no obstante, no ceja en las mismas preocupaciones de fondo, personales y colectivas, pero de una dimensión tonal y expresiva alejada del entusiasmo, de la frescura y de la transparencia anteriores. Un sentimiento de derrota, una subjetivación y un adelgazamiento lingüístico tendentes a lo metafísico y a lo hermético son rasgos de este libro en que, en el plano conceptual, los tintes tenebristas, el mar y la noche unidos, parecen teñir un paisaje que evoca estados de ánimo y procesos de memoria atribulados.

Como hemos dicho al principio de este comentario, el libro aporta 28 poemas inéditos. En la nota editorial se puntualiza que «El poeta ha manifestado, en varias ocasiones, que no ha escrito poesía después del año 2000. Con esta fecha ha cerrado este libro». Disponemos por tanto del corpus poético completo de uno de nuestros poetas más relevantes. Esta edición —en la que echamos en falta, sin embargo, alguna aportación crítica que contextualice al poeta y a su obra— es una oportunidad inmejorable de ponerse al día y de redescubrir una voz que merece sin duda mucha mayor resonancia.

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