NESTOR

NESTOR BRAUNSTEIN. JAVIER MARÍN. LA ENTEREZA DE LOS CUERPOS DESPLAZADOS. EDITORIAL VASO ROTO ARTE, 2015*

 Javier Marín nació en México, en Uruapan Michoacán en el año 1962 y es uno de los artistas con mayor proyección, no sólo en el ámbito hispanoamericano, sino mundial, como lo demuestran las innumerables exposiciones que ha realizado en México, Estados Unidos, Canadá y distintos países de Centroamérica, Sudamérica, Asia y Europa. Aunque ha frecuentado diversas facetas artísticas como el diseño de vestuario, el dibujo o la cerámica, la preeminencia de su obra, se centra, de modo particular, en la escultura, disciplina ésta donde ha alcanzado una maestría y una voz personal indiscutibles, algo que podemos constatar si visitamos museos el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, el Museum of Fine Arts de Boston, el Santa Barbara Museum of Art, la Blake-Purnell Collection o la Malba-Fundación Constantini en Buenos Aires, entre otras instituciones. En 2008 obtuvo el Premio de la Tercera Bienal Internacional de Arte de Beijing, China. En el 2010 se inauguró Retablo, el retablo central y presbiterio de la Catedral Basílica de Zacatecas (Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), obra monumental que concluyó tras ganar el concurso para su realización en el 2008. Recientemente ha exhibido su obra escultórica en Shanghái (World Expo 2010) y en Bruselas (Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica). Marín nació en 1962, en Uruapan, Michoacán. De 1980 a 1983 estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM (Academia de San Carlos) en la Ciudad de México, donde actualmente reside y trabaja.

Este sucinto párrafo dedicado a destacar algunos detalles tanto biográficas como curriculares, no tiene otro objeto que contextualizar a un autor prolífico y admirado mundialmente que, sin embargo, no goza de la misma difusión en España, aunque haya expuesto en varias ocasiones. Recordemos: en el año 2005, la galería barcelonesa GN2 acogió su obra (galería que ha contado con él en otras exposiciones colectivas); en 2007 expuso en la fachada de la madrileña Casa de América sus impresionantes círculos; en 2008 en el Palacio de los Serranos, en Ávila) y uno tiene la secreta confianza de que libros como el que ha escrito Néstor Braunstein contribuyan a paliar ese desconocimiento injustificado. Por su parte, el autor del ensayo es un médico y psicoanalista argentino (nació en Bell Ville, en 1941) que reside desde 1974 en México, país en el que actualmente es Profesor de Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y  Miembro del Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos de la UNAM. Sus trabajos han girado en torno a una variedad de temas que relacionan psicoanálisis y cultural, desde la filosofía a la literatura, pasando por el teatro, el cine, la ópera o el arte en general. Ha publicado decenas de libros y es asiduo conferenciante en universidades y simposios internacionales de enorme prestigio.

El libro que comentamos a continuación, La entereza de los cuerpos despedazados podemos enmarcarlo dentro de esos estudios sobre las relaciones del arte y el psicoanálisis, pese a que el autor nos prevenga diciendo que «el psicoanálisis no es un método ni una herramienta para la crítica de arte», algo que no debemos interpretar de manera concluyente, al margen de nuestra opinión al respecto, puesto que unos párrafos más adelante lo matiza cuando afirma que «Sin embargo, […] la experiencia clínica, el análisis del propio analista y las metamorfosis del material diurno —que acaban en una configuración imaginaria y en un relato que llamamos sueño— autorizan ciertas (e inciertas) tentativas para aproximarse a los procesos de elaboración artística». No podemos olvidar, además, que si el «Psychoanalytic criticism is a form of literary criticism which uses some of the techniques of psychoanalysis in the interpretation of literature»[1], dicho procedimiento sin duda también será apropiada para analizar el arte, la escultura, en este caso.

Es la primera sección del libro, por otra parte, profusamente ilustrado no sólo con la obra de Javier Marín, sino con obras referenciales que establecen determinadas influencias, Braunstein expone con precisión, sin necesidad de artilugios retóricos, con un afán metodológico y una necesaria propedéutica no exenta de humildad, los pros y los contras de su decisión y es que, como, desde mi punto de vista, con acierto afirma (y esta afirmación enojará a los post-estructuralistas) que «La obra no puede vivir aislada. Da que hablar. Es un tema: sujeto, sujet, subject. Sujeto sujetado a la subjetividad de los comentarios y sus autores. El psicoanálisis, ciencia del sujeto que habla y goza, sumergido él mismo dentro de esa cultura, es muchas veces invocado o convocado para manifestar su manera de valorar la obra y para inseminar con su vocabulario el espacio de la crítica». El propio artista se sabe objeto de observación a través de su obra, en tanto que ésta es producto de sus reflexiones, de sus contradicciones, de sus expectativas. «Para mí, hacer escultura es autoanálisis», dice Javier Marín.

«Los ángeles ausentes de Javier Marín», segunda sección del libro, se centra ya en la obra, en un aspecto concreto, como es el de analizar el soporte de la mesa de esa obra monumental, más propia de otra época, que es el retablo de la Catedral de Zacatecas. No son las colosales figuras que destellan en el altar, sin embargo, el objeto de su meditación. Paradójicamente, el crítico —y aquí demuestra que enseñar a ver es enseñar a pensar— se detiene en lo que no ve, en lo que no está. Cuatro alas soportan el peso de la encimera, pero Braunstein busca a los ángeles que han perdido las alas, unas alas formidables, realizadas en bronce con la técnica de la cera perdida —técnica que Marín domina como nadie—. «Javier Marín ha cercenado las alas de estas divinas criaturas […] y las ha destinado a sostener la mesa de la celebración eucarística. Suprimió así el componente humano del ángel, la parte grávida y no esencial que podría ser lo físico de cualquier criatura, y nos ha dejado tan solo esos fragmentos esculpidos como de carne y plumas, estos apéndices ornitológicos que producen la indecible extrañeza que nos deja todo lo mutilado». No son baladíes las alusiones al ángel rilkeano y ni al inquietante Angelus Novus de Paul Klee, con quienes estas alas seccionadas de un cuerpo etéreo comparten el enigma místico y una tradición que se arraiga en lo más hondo de la creatividad humana, y es que, como asegura A.O. Scott: «Every culture, every  class and tribe and coterie, every period in history has developed its own canons of craft and invention. Our modern, Cosmopolitan sensibilities graze among the objets they have left behind, sampling and comparing and carrying out the pleasant work of sorting and assimilating what we find».[2]

«Javier Marín. Inventor de cuerpos despedazados» ocupa la parte central del libro. En la representación de la figura humana —tema predominante en la obra de Marín, bien sea en barro, en bronce o en resina— no busca el escultor un canon de belleza clásica ni proporcionar al espectador una imagen ideal del cuerpo, sino todo lo contrario. El cuerpo, presentado en escorzos, en posturas forzadas, alienados, pero también en reposos, es objeto de una transformación que tiene más que ver con los conflictos interiores que con el aspecto exterior. «Su obra, dice Braunstein, es más bien un ataque abierto al clasicismo», ofrece «Una belleza renovada que apunta al tiempo futuro [que] surge a partir de la deformación de lo que se considera bello y armónico en el arte clásico». No creo que sea excesivamente aventurado sugerir que las teorías de Mario Perniola y la obra de pintores como Francis Bacon o Lucien Freud, con su falta de piedad hayan ejercido una influencia determinante en el resultado.

«¿Un escultor expresionista?». Si convenimos que el expresionismo posee como características «la disonancia, la acentuación de los contrastes, la distorsión, el desafío a las convenciones, al pudor, al “buen gusto”, a los sosegados hábitos de la burguesía», como afirma Braunstein, sin duda Javier Marín lo es, pero no creo que adscribirle a una determinada corriente estética importe demasiado. Lo realmente digno de señalar es la profunda sensación de inquietud, de —me atrevería a decir— desconfianza en el ser humano (en tanto que es capaz de cometer atrocidades con sus semejantes) que trasmiten las personalísimas obras de Javier Marín (González de la Vega, un escultor cántabro, parece seguir sus pasos). Su capacidad para mostrar la parte menos acomodaticia de la humanidad no desentona, como puede comprobar cualquier espectador atento al devenir cotidiano, con las imágenes que vemos día sí y día no en los medios de comunicación. El sufrimiento, la violencia, el hambre, la muerte imprimen en los cuerpos gestos imborrables que sólo una persona con un alto concepto del arte como Javier Marín sabe captar, y eso, en sí mismo, teniendo en cuenta la época de banalidad en la que vivimos, ya resulta admirable. Si al bisturí de la mirada unimos la maestría de su realización, el cóctel resultante será capaz de estremecer hasta a un cadáver, porque, Braunstein dixit, «En los trazos de esa escultura debemos leer nuestra historia».

*Reseña publicada en el número 122 de la Revista ARTE Y PARTE

[1] BARRY, PETER. Beginning Theory. An Introdution To Literary And Cultural Theory. 3ª edition. Manchester University Press, 2009

[2] SCOTT, ANTHONY O. Better Living Through Criticism. Penguin Random House Company, Literary HUB, 2016

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