ANTONIO RIVERO TARAVILLO

ANTONIO RIVERO TARAVILLO. EL BOSQUE SIN REGRESO. COLECCIÓN TIERRA. LA ISLA DE SILTOLÁ, 2016

La actividad que desempeña Antonio Rivero Taravillo resulta, en todos aquellos ámbitos que tienen que ver con la literatura, espectacular. Su labor creativa se extiende mucho más allá de la poesía, disciplina ésta en la que viene publicando en los últimos años, con una regularidad de metrónomo, libros a cada cual más interesantes. Frecuenta con acierto la no siempre grata labor de la crítica y es un magnífico autor de biografías —los dos volúmenes dedicados a Cernuda son inmejorables—, género en el que publicará de inmediato la dedicada a Juan Eduardo Cirlot (Cirlot: Ser y no ser de un poeta único). Por si esto fuera poco, ha escrito también novelas (Los huesos olvidados rememora algunos episodios no muy estudiados de la vida de Octavio Paz), libros de viajes (Viaje sentimental por Inglaterra, por ejemplo); colabora asiduamente en la prensa diaria con artículos de opinión; ejerce, como hemos dicho, la crítica en diferentes medios; es uno de nuestros mejores traductores (son famosas, entre otras, las dedicadas a Yeats, Shakespeare o Fann O’Brien) y urde, a buen seguro, muchos más proyectos que se me quedan en el tintero. Pues bien, como si todo este andamiaje fuera insuficiente, todavía le queda tiempo para coordinar una revista, Estación Poesía y para dictar cursos y conferencias allí donde se le solicite. Admirable, realmente admirable, esta capacidad de trabajo sobre todo, porque en cada una de las actividades que emprende, Rivero Taravillo se emplea a fondo. Con pasión, rigor y entusiasmo. Pero estas palabras no pretenden ser una apología del autor sino un comentario sobre su último libro, El bosque sin regreso, un extenso poemario dividido en tres partes que, como el mismo poeta aclara en la nota final, ha sido rescatado del anonimato en el que dormía hacia varios años.

Lo cierto es que cualquier lector de Antonio Rivero Taravillo puede advertir las diferencias entre este libro y, por ejemplo, La lluvia y Lo que importa, sus dos últimos títulos poéticos, aunque esas diferencias no tienen por qué deberse a la distancia temporal, puesto que en Rivero Taravillo conviven siempre múltiples voces y formas de corporizarlas. Desde luego, nadie podrá tachar a nuestro autor de monolitismo o estar apegado a una determinada fórmula estética. En un mismo libro podemos encontrar el poema descriptivo stricto sensu y el poema impresionista, a la manera del haiku, el poema irónico y el poema dramático, el poema metafísico y el poema amoroso. En El bosque sin regreso también ocurre, aunque el tono satírico sea el predominante., un tono cuyas raíces podemos encontrar desde la Antología Palatina y Catulo hasta Luis Alberto de Cuenca, Juaristi o Juan Bonilla. De hecho, un poema del libro (y título inicial de El bosque sin regreso) coincide con otro de L. A. de Cuenca, «Amour Fou», aunque el enfoque de la obsesión descrita sea distinto.

Hemos dicho que el humor y la ironía están muy presentes en este libro, y sus consecuencias se pueden rastrear en muchos de su poemas, como los titulados «Ecologista en acción»: «Me estoy desertizando porque tu no vienes./ Preveo inundaciones y desastres/ como consecuencia de este calentamiento global»; «Whisky con hielo» o «El bar», al que pertenecen estos versos: «… No supe/ qué licor pedir que me emborrachara más./ Temblándome la mano, te nombré./ Pero respondió: —No nos queda de eso», pero ambas coexisten con cierto tono épico —se oyen lejanos ecos de Borges y de Julio Martínez Mesanza—, muy perceptible en poemas como «El resucitado» o «Enésimo poema de los dones». Las arraigadas querencias de Rivero Taravillo también se transforman en poesía. Así, su dedicación a la traducción («Enviando un ejemplar de la Poesía Reunida de W.B. Yeats», uno de los poemas que prefiero), una particular forma de ejercer su tarea editorial en   «Editor» o «Biblioteca dispersa», otro de los que más estimo, un canto de añoranza, un lamento por aquellos libros ofrendados con un amor que ya es pasado, de los que se ignora su destino. Nos parecen muy certeras las palabras que Rivero Taravillo escribe en la «Nota del autor»: «En El bosque sin regreso el protagonista poemático es y no soy yo: en el converge mucho de lo que es mi mundo, pero también, porque aspira a ser poesía, se aparta de mí». Una sabia precisión que, sin embargo, al buen lector de poesía que un libro como éste se merece, poco debe importarle. El poema no es un auto judicial, por eso el que los hechos versificados sean o no verídicos resulta un asunto menor. La poesía verdadera, y la de Antonio Rivero Taravillo lo es —y de alto voltaje, además— se impone por encima de cualquiera otra consideración.

 

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