LEON MOLINA

LEÓN MOLINA. UN HOMBRE SENTADO EN UNA PIEDRA. COLECCIÓN TIERRA. EDICIONES DE LA ISLA DE SILTOLÁ, 2016

«Escribir, escribir otro poema/ siempre uno más buscando/ ese que nos aguarda/ con su derrota victoriosa/ ese en el que desfallecemos/ heridos de un final insuficiente». Este poema, incluido en la última sección del libro, la titulada «Un final insuficiente» puede sintetizar el sentido último de los poemas que integran Un hombre sentado en una piedra, un hombre, un poeta que observa cómo la vida transcurre, cómo se suceden las estaciones, cómo cambia la luz del cielo, como arrecia la lluvia o cómo el anochecer se trasluce en la pantalla opaca de la persiana con una finalidad, dejar por escrito constancia de ese transcurrir, de esas transformaciones, acaso porque León Molina ya sólo sea, como él mismo afirma, nada «más que palabras». Evidentemente, cualquier lector podrá comprobar que esta afirmación resulta exagerada, porque Molina es mucho más que eso, es un hombre que piensa, que reflexiona sobre lo que ve, que escruta en el horizonte de un espejo buscando la imagen de lo que fue, reconociéndose o no, según los casos, en la imagen que el azogue muestra. Pero no sólo la identidad y la manera de ser o el aspecto físico (propio y ajeno) sufren mutaciones a lo largo de la existencia, también experimentan variaciones los lugares, las emociones, los paisajes y un poeta de la estirpe de León Molina, que ha sabido convertir la naturaleza, el paisaje en cómplices de su sentir, no podía permanecer inmune a estos cambios: «Ahora veo mi pasado/ convertido en paisaje» leemos en el poema «Un lugar», en el que oímos a lo lejos el eco del Ocnos cernudiano.

Atento a los detalles más mínimos, el hombre sentado en una piedra es capaz de ensimismarse contemplando un reloj de pared que no funciona y que mide el tiempo inmóvil o de sentir el peso de la vejez que se aproxima en un accidente doméstico. De estas contingencias, Molina extrae consecuencias morales no exentas de un incipiente dramatismo, consecuencias, de momento, sólo sugeridas, porque el lenguaje de Molina, sencillo y preciso a partes iguales, no describe, sólo alude, dejando así en manos del lector la resolución del conflicto o el desenlace imaginativo. Quizá uno de los poemas más inquietantes del conjunto sea «Con las persianas bajadas». El yo poético se interna por unos derroteros más propios de un sonámbulo, actúa —o contempla, como en este caso— en otra realidad que se superpone a la realidad misma, la realidad más real: «Y yo que he visto el anochecer/ no sé qué anochecer he visto», dice el personaje, en primera persona, aunque en otras ocasiones utilice la tercera buscando un distanciamiento, por otras parte del todo imposible en los poemas amorosos que integran la segunda sección, «Lo que recuerdo de ti». Una presencia fantasmal se adivina en el fondo de estos versos. La persona que duerme en la reconstrucción verbal del instante ya no está. Ahora es una ausencia que las palabras intentan mitigar con ironía, parodiándose a sí mismo, incluso. El poema con el acaba la sección es magnífico, es un buen ejemplo de cómo la ambigüedad semántica no necesita de un vocabulario enfático o abstracto, algo que sabe muy bien León Molina, siendo como es, un excelente escritor de aforismos (la última sección del libro nos reserva unas excelentes muestras).

Al inicio de este comentario hemos hecho alusión al paisaje, a la naturaleza, aunque ésta esté domesticada, peo es en la tercera sección del libro donde más evidentes es su proyección. Montes, cielo, lluvia, sol, ramas, arroyos son vocablos que aparecen por doquier, haciendo habitable el entorno. Unos versos contundentes, sin subterfugios resumen un dolor verdadero: «El ser humano es/ un animal enfrentado al paisaje».

No podían faltar los homenajes a autores especialmente queridos por Molina. Así, de forma más o menos explícita, aparecen poetas de muy diversa ascendencia como Gil de Biedma, Ungaretti, Ángel González, José Corredor-Matheos, Margarit o Vallejo, lo que descubre la heterogeneidad de las fuentes en las que bebe Molina, lo que redunda en una poesía como la suya, no adscribible a parámetros cerrados. Encontramos sí, un carácter personal en el decir, pero plasmado en estructuras verbales diversas, como el impresionismo del haiku o el veredicto inapelable del aforismo, lo que, al fin y a la postre, redunda en el atractivo de un libro que nos deja con una selecto sabor de boca.

 

 

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