JOSÉ INIESTA

JOSÉ INIESTA. LAS RAZONES DEL VIENTO. CALLE DEL AIRE, 151. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2016

José Iniesta (Valencia, 1962) pertenece a lo que Sergio Arlandis ha dado en llamar escuela brinesiana, en la que están integrados poetas de la talla de Antonio Cabrera, Carlos Marzal, Vicente Gallego, Juan Pablo Zapater o José Luis Martínez, entre otros. Casi todos ellos son agraciados en Las razones del viento con dedicatorias. Pertenecer a este potente plantel de voces y conservar la propia identidad poética no resulta nada fácil y, sin embargo, Iniesta ha conseguido mantenerse, dentro de unos parámetros comunes, fiel a su escritura a lo largo de los años, una escritura que bebe también de las fuentes de la constancia gilalbertianas, de la angustia vital de César Simón y de la anécdota trascendida de Sánchez Rosillo, por citar a los referentes que creo le son más cercanos. La predilección por el poema breve, reducido a su esencia semántica, gobernado por la intuición -sin descuidar, por supuesto, la forma- más que por criterios metodológicos es la tónica general de unos poemas cuyos versos fluyen suavemente, sin alteraciones rítmicas llamativas. Acaso esa relativa calma que trasmiten sea engañosa, porque algo misterioso parece esconderse en la reverberación de las sencillas palabras con las que están construidos, como sucede en el poema “El hombre y el árbol”: “Un hombre/ cada día/ frente al árbol.// ¿Qué queda, por el aire, del mirar?” o este otros, “El río y las palabras”: “Dime, ¿cómo es posible, corazón,/ que este río y su furia/ se detengan de golpe/ vencidos por la luz y la palabra?”. Palabras sencillas, sí, pero eso no impide que tengan efectos duraderos en la memoria, una memoria que ha sabido amoldarse al fluctuante paso del tiempo: “Pasa rápido el tiempo, lentamente”, escribe José Iniesta en “Cantata y fuga” o “donde gira despacio/ muy deprisa la vida”, del poema “La sabina”, un árbol que resiste las más duras condiciones climatológicas y que Iniesta ha convertido en símbolo de su propia manera de ver el mundo, y es que la naturaleza, convertida a veces en paisaje, parece ser el mejor refugio del pensamiento poético, un pensamiento que se encarna en la palabra: “Ahora, que lo escribo, lo comprendo”.

“Estar en lo absoluto, como el árbol” es lo que ansía la mirada del poeta, desafiar al paso del tiempo, ganarse la inmortalidad de un instante minúsculo en la vida del universo, identificarse, en fin, con esa fuerza y esa tenacidad que nace de lo humilde, porque Iniesta parece encontrarse mejor en páramos, en roquedales, incluso en huertos, antes que en jardines, en contacto directo con la tierra viva, no domesticada. Muchos son los poemas en los que esa comunión con el origen queda manifiesta porque es el asunto central del libro, como ocurre con el poema titulado “Del sentir”: “El mundo se sostiene en la columna/ de todo mi sentir el mundo en torno./ Y entonces lo comprendo,/ y es materia real,/ y es ganancia y sentido en la pobreza,/ la vía que se acerca a su contento.// Lo mismo que la rama al conocerse/ mecida por la brisa de la mañana”. La indagación de orden metafísica sobre el ser, deja paso a una búsqueda de las raíces del propio yo, un yo agradecido que decide en algunos momentos de plenitud gozar sin más del milagro de vivir (recordemos que otro de sus libros se titulaba Arder en el cántico, publicado en el año 2008) y no hacerse preguntas que estropeen el mero deleite: “Si el sol te da en el rostro,/ y es tuya la mañana,/ niégate a las preguntas// en medio de la luz”, escribe en el poema “Mañana de sol”. Una declaración de intenciones que no tiene pretensiones didácticas salvo para ese otro yo al que los poemas van dirigidos. Una forma indolora de asumir la fugacidad, la inevitable extinción. Una existencia que se perpetúa en su disolución, como el agua del río en su desembocadura. “No anheles decir algo, corazón,/ cuando todo te nombra y es abrazo./ Hoy vives por amar los imposibles,/ y el mundo es todo gozo, / y es herida./ Mira en torno la luz sobre las cosas”. Una sabia lección, sin duda, pero en una sociedad mecanicista y vertiginosa como la nuestra, pocos estarán dispuesto a aprender, porque conocerse a sí mismo no es un camino fácil, está lleno de sacrificios, aunque nos entendamos mejor a nosotros mismos cuando alguien, en este caso José Iniesta, expresa con tanta belleza su idea del mundo.

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