LUIS GARCIA MONTERO

LUIS GARCÍA MONTERO. BALADA EN LA MUERTE DE LA POESÍA. ILUSTRACIONES DE JUAN VIDA. COLECCIÓN PALABRA DE HONOR. EDITORIAL VISOR, 2016

Regresa al escenario poético Luis García Montero (su último libro fue Almudena, una antología de poemas amorosos publicada por Valparaíso Ediciones), una de las voces más personales de la poesía actual que cuenta con numerosos seguidores tanto entre los lectores como entre los propios poetas, para muchos de los cuales es todo un referente, y lo primero que debemos decir de Balada en la muerte de la poesía es que el libro puede desconcertar a algunos de sus lectores, pero no, por supuesto, a aquellos que sigan de cerca además de su obra literaria su actividad social y política, en la que prevalece un carácter reivindicativo y solidario que en este libro colinda con lo poético con mayor intensidad de la que lo había hecho hasta ahora. «La poesía surge siempre de la intemperie, de la insatisfacción», declara García Montero. De esa insatisfacción por el empeoramiento de las condiciones sociales y económicas, pero también de la constatación del deterioro de la propia poesía en la actualidad: «Hay que negarse a pensar que sólo es bueno lo que se comunica con facilidad adolescente en los circuitos sentimentales de la sociedad de consumo» surgen estos poemas en prosa, aunque el verdadero origen se sitúe en un encuentro para comentar el estado de salud de la poesía contemporánea en la isla italiana tristemente famosa de Lampedusa, tierra de arribada de tanta desesperación. A algunos, quizá, podría parecerles el lugar menos indicado para hablar de poesía y, sin embargo, yo creo que es el más propicio, porque la muerte de la poesía (sino extintas, en peligro de extinción es obvio que está) supondría la muerte de una forma de ser y de estar en el mundo mucho más compasiva y solidaria que la que intentan imponernos el imperio de la usura y el atrincheramiento que produce el miedo a lo desconocido.

«La poesía ha muerto». Así, de forma contundente comienza este libro, y algo de verdad debe haber en ello porque quien lo afirma ha estado «muchas veces en la taberna donde servía café para las mañanas de invierno y alcohol para las noches sin salida», alguien que se ha manchado «con el delantal sucio de la misericordia». La televisión —hoy, lo que no se televisa es como si no hubiera existido— es la encargada de dar la noticia, de contarnos la tragedia, una tragedia más que acaso pase inadvertida ante la sucesión de desdichas y desastres que cada minuto nos vomita: «No fue un crimen —escribe García Montero— repite la televisión. Todo lo repite y lo hace viejo a los once segundos». El poeta se siente abandonado. Ya no están amigos como Rafael, como Jaime, como Ángel, Javier o José Emilio, por eso, aunque quiera «vivir la tarde sin el certificado de la melancolía», no puede evitar que «Utilidad, mercantilismo, demanda, eficacia, nuevos tiempos, caracteres, prosa, cambo de época, ayer: ese es el vocabulario de esta muerte», de la muerte de la poesía y de los viejos conceptos de igualdad, fraternidad y libertad, porque «Las políticas neoliberales son unas políticas de muerte», como podemos comprobar diariamente.

Este acta de defunción está lleno de homenajes más o menos explícitos. Garcilaso, Manrique o Quevedo alientan algunos versos, pero además, en el poema final aparecen encadenados una serie de títulos que remiten a Alberti, a Cernuda, a Gil de Biedma, a Rosales o a Ángel Gonzáles, por ejemplo, presencias tutelares en su poesía, una poesía profundamente enraizada en la tradición poética española, aunque no falten algunas concesiones al romanticismo europeo e incluso al surrealismo. Y, sin embargo, como resulta evidente, la poesía no está, todavía, muerta. En estos 22 poemas en prosa a los que acompañan dibujos y collages de Juan Vida hay mucha poesía, combinada eso sí, con una prosa coloquial, meramente informativa (poemas como «Réquiem» de José Hierro se dejan oír de vez en cuando, por ejemplo en este párrafo: «Nombre: Poesía. Nacionalidad: el tiempo y la palabra. Fecha de nacimiento: no se sabe, siempre se quitó años, pero nació seguro en los siglos de la hoguera y de las tribus») propia de las noticias periodísticas. Luis García Montero ha escrito, más que una balada (aunque el estribillo sea recurrente), una alegato en defensa de la poesía , pero también una diatriba en contra de quienes convierten al ser humano en una mera mercancía y la idea humanista del hombre en un vertedero de cosas inútiles. La palabra de García Montero, siempre cercana, cálida y amistosa incluso en cuando el dolor es insoportable no se deja, sin embargo, engatusar por la bondad de los sentimientos. No renuncia jamás al rigor y al uso, marca de la casa, de una imaginaría novedosa y arriesgada, como ésta: «Cierro los ojos, porque todo amor tiene un principio y un final, porque todo compromiso se cierra igual que una puerta, igual que una canción deteriorada, igual que las cenizas y las urnas». Las palabras, y bien lo sabe García Montero, tienen doble filo, por eso, en su vertiente social, sin dejar de ser poéticas, no ocultan su carácter de denuncia y se niegan a enmascarar la realidad con subterfugios o con merodeos sobre los acontecimientos. Nombrar es apropiarse del mundo. Quien tergiversa las palabras, hace trampas para construir una realidad a su medida en la que los otros son meros peones. En Balada para la muerte de la poesía, la palabra, en cambio, es solidaria, se desnuda para mostrar su esencia más verdadera, sin olvidar que la salvación de la poesía reside en la poesía misma, no en las buenas intenciones.

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