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NOTAS DE LECTURAS (1)

PAULA MENÉNDEZ GARCÍA-ARGÜELLES. AVE FÉNIX. HERACLES Y NOSOTROS, 14. GIJÓN, 2015

Nacida en Oviedo en 1996, esta joven poeta muestra, sin embargo, una madurez creativa poco habitual en personas de su edad. La cantera poética vinculada, de una forma a otra, a la universidad de Oviedo continúa dando unos frutos excelentes, y la poesía de Paula Menéndez es una buena prueba de ello. Ave Fénix, un hermoso cuaderno editado con un gusto tipográfico de “los de antes” por Heracles y nosotros, está integrado por dieciocho poemas. No son muchos, pero sí los suficientes para constatar la ambición literaria de la autora, una ambición que rinde tributo a Juan Ramón Jiménez desde el primer poema: «Los hombres y los dioses somos iguales, pero todavía no lo hemos descubierto»,  que no teme enfrentarse a uno de los topoi más recurrentes, la rosa, del que logra salir indemne: «Tú que has sido insaciable de/ tantos —tantos como yo y muchos otros—, que a tu belleza sucumbieron. Tú, risa eterna,/ símbolo de juventud y rebeldía. Perenne en / la Historia, inalterable:/ tú también morirás cuando te alcance el invierno». En éste y en otros poemas, como el titulado «Agapantos», se desarrolla de manera tangencial toda una teoría estética en la que la poesía se supedita a una realidad aún idealizada, aunque no carecen de una conciencia lingüística amplía (ciertas cacofonías y algunas ingenuidades se irán puliendo con el paso del tiempo) que limita esa idealización. La realidad se somete así a los límites que impone el lenguaje, unos límites que se irán expandiendo gradualmente. No nos cabe ninguna duda de ello.

FILIPPO TOMMASO MARINETTI. EL POEMA DESHUMANO DE LOS TECNICISMOS. EDICIÓN, TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO LLANOS GÓMEZ MENÉNDEZ. LIBROS DEL AIRE, 2015

Es la primera vez que se traduce al castellano una parte importante de El poema deshumano de los tecnicismos (1940), un hecho que no debería pasar desapercibido, porque Marinetti fue una de las figuras indiscutibles de la eclosión de las vanguardias del pasado siglo. Como se sabe, fue el fundador del Futurismo en 1909. El texto que anunciaba dicho movimiento, Manifeste du Futurisme, se publicó en la primera página del periódico francés Le Figaro el 20 de febrero de 1909 (para conmemorar el centenario de este evento, la Fundación Gerardo Diego realizó una edición facsimilar del manifiesto impreso en Milán, realizada a partir del ejemplar que se conserva en la biblioteca personal de Gerardo Diego) y contenía una serie de proclamas provocativas y violentas («Ya no hay belleza sino en la lucha. Ninguna obra que no tenga un carácter agresivo puede ser una gran obra. La poesía tiene que ser concebida como un violento asalto contra las fuerzas desconocidas para reducirlas a postrarse ante el hombre») que no tardaron en ser asimiladas por el fascismo. Otros manifiestos se sucedieron posteriormente, como el Manifiesto Técnico de la Literatura Futurista, publicado en mayo de 1912, con otras propuestas no menos llamativas, pero de carácter, en general, más prosódico que social, como la necesidad de suprimir la sintaxis disponiendo los sustantivos al azar, la pretensión de abolir la puntuación o la sugerencia de disponer las imágenes en un máximum de desorden (muchos poetas actualmente parecen seguir estas consignas al pie de la letra).

Además de estos manifiestos, el libor contiene fragmentos de El poema deshumano de los tecnicismos, como «Poesía simultánea de los trabajos en el puerto de Génova», «Poesía simultánea de la luz tejida» o «Poesía simultánea de un traje de leche». La gran mayoría de estos textos has perdido la vigencia de la que un día disfrutaron y no son más que una reliquia que interesará a unos pocos, pero no cabe duda de que su lectura es necesaria porque en ellos subyacen muchas de las inquietudes acerca de la relación del arte con la sociedad que nos ocupan hoy en día, pero también —y no es algo menor— para reducir las ansias de originalidad a cualquier precio que poseen los abundantes descubridores de mediterráneos.

ELÍAS MORO. MORERÍAS. EDICIONES LILIPUTIENSES, 2015

Soy de los que piensan que los aforismos hay que leerlos en pequeñas dosis, para no sufrir un vahído o para evitar que el aluvión de significados que —cuando son buenos, como es el caso de estas Morerías, publicadas tan exquisitamente por las Ediciones Liliputienses de José María Cumbreño—, te quitan casi hasta el aire. Elías Moro, un extremeño nacido en Madrid en 1959, ya había publicado otro libro de este género, Algo que perder (su bibliografía consta, además, de varios libros de poemas: Contrabando, Casi humanos [bestiario], La tabla del 3 o Abrazos, así como de libros de relatos o dietarios y otros volúmenes misceláneos). Todo aforismo que se precie debe dejar en el lector una reverberación, una resonancia, pero no de sonidos diáfanos, sino entremezclados de tal forma que no sea fácil distinguir unas notas de otras. Ahí es donde el oído del lector debe estar alerta para extraer no ya el sentido implícito o sugerido, sino su propia interpretación, porque lo que el aforismo invita a desvestir la realidad, a subirle la falda para verla desde otra perspectiva. No hay más que leer algunos de ellos para constatarlo, aunque este lector, tiene, como no podía ser de otra forma, sus predilecciones, y éstas se inclinan más por la ambigüedad de lo anecdótico que por la metafísica de la cotidianidad: «Con su ojo de cristal, el fotógrafo dispara la mirada sobre un recuerdo que aún no existe», «La hamaca tendida entre los árboles es la tela de araña de las siestas», «Por los volcanes se alivia el planetas el ardor de estómago» o «La procesión de un entierro vista desde lo alto: oruga vestida de luto». Como he dicho, cada lector podrá hacer su particular selección, pero, con todo, personalmente, lo que más me maravilla de los escritores de aforismos es su agilidad mental y su capacidad para trascenderla (de lo contrario, los aforismos se quedarían sólo en un bazar de ingeniosidades) y esa capacidad visual capaz de combinar objetos o situaciones antagónicas hasta hacerlas compatibles. Elías Moro es un buen ejemplo de lo que digo, porque cómo, si no, se puede escribir algo tan inquietante como esto: «Las ojeras son el luto por los sueños perdidos». Un ejemplo magnífico, sin lugar a dudas.

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