JUAN LAMILLAR pg

JUAN LAMILLAR. LAS FORMAS DEL REGRESO (2005-2007). PRENSAS DE LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA, 2015

 

Las formas del regreso recoge poemas escritos entre los años 2005 y 2007, pero esta circunstancia pasaría seguramente inadvertida para la mayoría de los lectores si el propio poeta no lo hubiera significado en el título, porque los poemas que conforman cada una de las siete secciones del libro carecen de esas particularidades capaces de situarlos en una determinada época creativa del autor y, además, la voz personal de Juan Lamillar (1957) —se puede comprobar, entre otros lugares, en la reciente antología de su obra que ha publicado la editorial Renacimiento, que recoge una selección de su obra desde 1982 hasta 2009— se ha consolidado ya hace muchos años. La mesura, la contención verbal, el cuidado formal y la sensación de serenidad que trasmiten sus versos son marcas de la casa que todos los poemas de este libro sostienen sin altibajos, por eso disfrutamos leyéndolos, sin importarnos cuándo fueron escritos.

«El límite», el poema inicial del libro, nos desvela el secreto propósito que genera el libro. No el claroscuro que ilumina la débil frontera entre la claridad y la oscuridad, ni siquiera «en el centro de la luz» donde el poeta, contra todo pronóstico, resuelve las claves del regreso, porque, así lo sugiere, regresar tiene más que ver con un estado emocional, con una indagación en la memoria que con un proceso meramente físico. Lamillar, al que uno viene leyendo desde hace cuatro décadas, maneja con sabiduría las herramientas del lenguaje, por eso consigue hacernos partícipes, con muy pocas palabras, del misterio. Estos poemas no necesitan someterse a artificiales métodos de poda, porque su esencia procede de un proceso previo de destilación íntima que tiene más que ver con la propia manera de entender el mundo del poeta que con cualquier otra condición externa. Especulaciones filosóficas o doctrinas religiosas sobre la existencia son soslayadas aquí sigilosamente. La poesía de Juan Lamillar se adentra en lo profundo del ser sin necesidad de apoyarse en ese tipo de generalidades, sin embargo, sí se deja que sus sentidos se guíen por el lenguaje abstracto de la música: «La música, la música…/ Abro los ojos y solo veo la luz/ que ella ha creado», escribe en el poema «Con los ojos cerrados».

En otras secciones del libro, como las tituladas «Cuerpos» (integrada por siete hermosos sonetos), «Figuras» o «Estampas», los poemas son más descriptivos, aunque la intención de la que dimos cuenta al comenzar este comentario, siga siendo la misma, como queda de manifiesto en el poema «La hora oscura»: «Busco la claridad de tu desnudo/ en la hora oscura, en la costumbre/ pausada de la luz, incertidumbre/ que no consiente máscara ni escudo». La música del veneciano Caldara, las esculturas para el sepulcro de Julio II de Miguel Ángel o un bodegón de Sánchez Cotán ofrecen el escenario ideal para que las reflexiones del poeta trasciendan la mera anécdota personal, aunque esta conviva sin estridencias con ese deseo de mirar más allá de lo que la realidad aparenta, de encontrar en lo ajeno el desagravio a su propia imperfección existencial. Así parece hacerlo en el poema «Playa nudista», del que extraigo estos versos: «Miradas afanosas/ buscan en otros cuerpos/ unas líneas de rara perfección,/ un volumen que levante el deseo».

La poesía entendida como forma de luchar contra el paso del tiempo ocupa la última sección del libro (en realidad, está presente en toda la poesía de Juan Lamillar) titulada precisamente «Tiempo». «Las horas que son cauce del poema» van pasando, dejando su impronta en las palabras, en ese deseo frustrado de eternidad que, sin embargo, es razón de ser y que, sin necesidad de esoterismos ni de confusas metafísicas, toma cuerpo en la transparencia del poema, en su desnudez, como queda patente en este volumen, esmeradamente editado en la colección «La gruta de las palabras», dirigida con esa combinación de exquisitez y rigor y que solo personas como Fernando Sanmartín saben combinar.

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